¿Prioridad nacional, caraduras?
Hay un partido que ha hecho de la “prioridad nacional” su bandera, su eslogan y su martillo. Golpean con él en cada intervención y en cada negociación con el PP. Prometen proteger al trabajador “de aquí”, blindar el empleo “de los nuestros”, levantar un muro simbólico contra todo lo que huela a competencia extranjera. El mensaje es sencillo, emocional y, sobre todo, rentable: primero los de casa.
Hasta que uno rasca un poco. Porque resulta que, cuando se apagan los focos, algunos de los cargos públicos y dirigentes de esa misma formación gestionan negocios donde la teoría se evapora. Empresas que, lejos de aplicar esa supuesta preferencia nacional, contratan trabajadores extranjeros. No uno ni dos casos aislados, sino un patrón que empieza a oler menos a excepción y más a costumbre.
Y entonces la pregunta se vuelve incómoda: ¿la prioridad nacional es un principio… o un eslogan de usar y tirar?
La respuesta, a juzgar por los hechos, parece bastante clara. Cuando toca hacer política, se invoca la patria. Cuando toca cuadrar cuentas, se impone el pragmatismo. Y en ese tránsito, el trabajador “de aquí” deja de ser una causa para convertirse en un recurso retórico.
Porque si realmente creyeran en lo que predican, sus empresas serían el primer laboratorio de ese modelo. Serían ejemplo, escaparate, demostración práctica. Pero no lo son. Y no lo son porque, en el mundo real, las decisiones se toman con criterios que poco tienen que ver con los discursos inflamados: costes, disponibilidad, flexibilidad. Exactamente los mismos factores que utilizan para criticar a otros.
La incoherencia es sobre todo moral. Denuncian un sistema del que, en privado, se benefician. Señalan con el dedo una práctica que, en cuanto les conviene, reproducen sin pestañear. Y lo hacen confiando en algo que, hasta ahora, les ha funcionado: que su electorado no mire demasiado de cerca.
Pero la doble moral tiene un problema: tarde o temprano se ve. En el lugar donde resido está a la vista de todos. Porque no hay nada que erosione más la credibilidad que exigir sacrificios a otros mientras uno mismo juega con reglas distintas.
Al final, la “prioridad nacional” queda reducida a lo que siempre fue en estos casos: un lema eficaz para ganar votos, pero demasiado incómodo para aplicarlo cuando afecta al propio bolsillo.
Y ahí, en ese choque entre discurso y realidad, es donde se mide de verdad a un partido. No en lo que dice, sino en lo que hace cuando nadie mira… o cuando cree que nadie lo hace.











