El PP debe frenar en seco a Esperanza Aguirre y sus alocadas declaraciones, el mejor argumento de campaña para el PSOE
Cuando el PP necesita explicar su proyecto para España, Esperanza Aguirre prefiere hacer de altavoz de Milei y regalar a los socialistas una imagen que pueden explotar políticamente.
Esperanza Aguirre es una de esas políticas que, incluso cuando pretenden ayudar a su partido, terminan abriendo un frente que sus adversarios estaban deseando encontrar. Eso es precisamente lo que está ocurriendo con Esperanza Aguirre y sus declaraciones sobre Javier Milei.
La expresidenta madrileña tiene todo el derecho a expresar su admiración por el presidente argentino, a defender sus políticas y a aplaudir sus intervenciones. Faltaría más. El problema comienza cuando parece olvidar que no habla una ciudadana anónima, sino una figura histórica del Partido Popular, con una trayectoria, un peso público y una capacidad de generar titulares que hace que sus palabras nunca sean interpretadas como un comentario cualquiera.
Aguirre no parece calibrar el efecto político de sus declaraciones. O, al menos, no parece concederle la importancia que merece. Una cosa es lo que alguien piensa en la intimidad de un acto político y otra, muy distinta, es convertirlo en una declaración pública que puede terminar funcionando como munición para el adversario.
No basta con tener razón en lo que uno piensa
Aguirre ha reconocido que aplaudió cuando Milei calificó a Pedro Sánchez de «dictador» y «ladrón» y ha justificado esos insultos por las descalificaciones que, a su juicio, el presidente del Gobierno dirige contra Isabel Díaz Ayuso. El episodio ha sido recogido ampliamente por los medios de comunicación.
Uno puede compartir dichas críticas a Sánchez o que expresa sin demasiados filtros una indignación que otros prefieren manifestar de otra manera. La cuestión que parece no haber entendido la ex presidenta madrileña es que el actual y polarizado panorama político español exige comprender el contexto, medir las consecuencias y saber qué mensaje reciben los ciudadanos.
Aguirre parece pasar por alto esa diferencia elemental. Cuando anuncia públicamente que aplaudió las palabras de Milei contra el presidente del Gobierno, no solo habla de sus preferencias personales, sino que vuelve a situar al PP en una controversia que sus dirigentes tienen razones para abordar con prudencia.
Entre tanto, el PSOE no necesita demasiadas explicaciones para aprovechar una escena así. Le basta con mostrar las imágenes, reproducir las declaraciones y plantear una cuestión que muchos interiorizan como la prueba de que el PP, al apoyar los recortes de Milei en las cosas del comer, lo que está dispuesto es a hacer lo mismo. Y no hace falta que dicha afirmación sea radicalmente falsa, ya que hace tiempo que en la política española pesa más el relato que los hechos. O dicho de otra forma, en la política española gana quien mejor consigue contar su versión de la realidad.
El relato del adversario también se construye con regalos
Uno de los errores más frecuentes en política consiste en creer que los mensajes propios se interpretan exclusivamente según la intención de quien los pronuncia. No es así. Los adversarios seleccionan las frases, las imágenes y los episodios que mejor encajan en su discurso. Después los repiten, los simplifican y los convierten en símbolos.
El PSOE puede utilizar las palabras de Aguirre para reforzar su asociación entre el PP y Milei y ya está presentando los aplausos a los insultos contra Sánchez como una muestra de la forma de hacer política que atribuye a la derecha. ¿Qué necesidad había de que esa escena sea llevada a sus actos públicos, entrevistas y materiales de campaña?
El PP no puede controlar todos los titulares, pero sí debería ser consciente de que cada declaración de una figura reconocible contribuye a configurar la imagen pública de la organización. En plena precampaña, ese efecto adquiere todavía más relevancia.
Milei no puede sustituir al proyecto económico del PP
La defensa de determinadas reformas argentinas puede formar parte de un debate legítimo sobre liberalización, gasto público, impuestos, inflación y tamaño del Estado. Pero España no es Argentina, ni sus estructuras económicas, sus instituciones, sus problemas ni sus circunstancias sociales son idénticos.
Por eso resulta discutible que el debate sobre las propuestas económicas del PP quede desplazado por una celebración general de la experiencia argentina. ¿Qué medidas concretas propone el Partido Popular para España? ¿Cómo pretende mejorar la productividad, facilitar el acceso a la vivienda, aumentar los salarios reales, reducir la presión fiscal y garantizar la sostenibilidad de los servicios públicos? ¿Qué resultados espera obtener y a qué costes?
Esas son las preguntas que deberían ocupar el centro de la discusión, no las salidas de banco de una mujer mayor fuera de control.
Aguirre contribuye a personalizar el debate alrededor del dirigente argentino y de sus gestos más provocadores. El foco se desplaza así desde las propuestas que el PP quiere defender ante los españoles hacia una discusión sobre los insultos, los aplausos y la admiración que despierta Milei ante la decrépita señora.
Aguirre debería preguntarse si sus declaraciones ayudan a que se conozca el programa de su partido o si, por el contrario, contribuyen a que el adversario marque la agenda. Es una pregunta política, no personal, y puede formularse sin negar su libertad de expresión ni su derecho a defender sus convicciones. En política no basta con tener un micrófono, una opinión y ganas de expresarla. También hay que comprender cómo funcionan los mensajes, qué imágenes permanecen y quién termina sacando partido de ellas.
Lo peor sin embargo es la constatación de que mientras el PP no disponga de una maquinaria de propaganda tan eficaz y coordinada como la de la izquierda, capaz de imponer los temas de debate, marcar la agenda de la campaña y condicionar el marco en el que se interpreta cada mensaje, no puede permitirse determinadas licencias políticas sin medir sus consecuencias.
Admitir una cercanía con Milei, por ejemplo, puede convertirse en un flanco de ataque que la izquierda explotará a su favor, desplazando el debate de las cuestiones que más le interesan al PP hacia aquellas en las que sus adversarios se sienten más cómodos. Y esto resulta especialmente relevante en un contexto en el que una parte mayoritaria del electorado se muestra receptiva a los marcos discursivos de la izquierda. Sin capacidad para contrarrestar eficazmente esa influencia, el PP corre el riesgo de acabar jugando en el terreno que le marcan sus adversarios, reaccionando a sus mensajes en lugar de fijar su propia agenda. Más o menos lo que ya vimos en las elecciones generales de 2023.










