Bardem, Almodóvar y Aitana, el fondo de buitres
Mayte Alcaraz.- Ayer Sánchez volvió a hacerlo. Una trolita por aquí, otra por allá. Con sus artes de trilero, aprobó dos decretos sobre vivienda para contentar a todos y que, por lo menos, uno sea convalidado el viernes. Pero realmente lo importante no se despachó en Moncloa, con Yolanda y Mónica pidiendo las sales porque atisban su ruina electoral: «Mira Pedro, que cogemos la puerta… y nos quedamos», gritan las chachiprogres. Pero la salsa estaba a seis kilómetros de ese palacio burgués de la carretera de La Coruña. Estaba en la Puerta del Sol, como el año que fue, otra vez –no «el champán y las uvas»– pero sí el alquitrán con el que la izquierda quiere parchear Ceuta y las corrupciones de Pedro, montando una acampada. ¿Y quién se dejó ver por allí? No podían faltar Carlos Bardem (era lo más parecido a Javier que encontraron las del Sindicato de Inquilinas), Aitana Sánchez-Gijón y Pedro Almodóvar, el del holding inmobiliario de 50 millones.
El fondo de estos buitres era dejarse ver y que nos creyéramos que les importa Maricarmen. Así que, en lugar de poner sus abultadas cuentas y propiedades a disposición de estos chicos, dictaron, así como quien no quiere la cosa, un decreto de vivienda que debería incluir alquileres indefinidos, prohibición de los desahucios y expulsión de los fondos buitre. El hijo de la actriz, un rapero de pro, cantó una canción con versos como «inversores y rentistas, dan miedo como dentistas». Luego llegaron Las Petunias –por caridad, relévenme de la obligación de presentarles a estas florecillas del campo–, que corearon un «uh, ah, Ayuso criminal» y todos se vinieron arriba. Un rato para la foto y para clamar contra la ultraderecha y luego cada uno a sus asuntos: Carlos a las redes sociales donde desarrolla toda su carrera de actor –o de hermano de actor, más bien–, Aitana a la peluquería y a los vestidos de lujo para los saraos progres y Pedro a recoger el último Armani al barrio de Salamanca y a contar sus caudales, desperdigados por paraísos mucho más sugerentes que el kilómetro cero.
Y todo por Maricarmen Abascal, la buena mujer que se le escapó decir que la culpa de lo de la vivienda la tiene Pedro Sánchez. Así que bien por Maricarmen que, aunque le ha gustado verse utilizada para que la izquierda tenga un argumento electoral que tape todos sus escándalos, es más sabia que los 609 asesores monclovitas que creían haber encontrado la piedra filosofal para que no se hablara de otras ancianas, estas habitantes de una ciudad española en el norte de África que hace ya más de un mes que no pueden ni salir a la puerta de su casa a tomar el fresco.
Más de ocho años después de que Pedro Sánchez llegara a Moncloa con una agenda de vivienda, resulta que no ha movido un dedo. Ha anunciado 180.000 casas; lo que pasa es que construir lleva su tiempo y no es rentable cuando uno lo único que busca es cortar una cinta y salir en la tele. Así que ha decretado que el problema se lo solucionen los particulares: solo el 8 % de los pisos están en manos de grandes tenedores; el resto, un 92 %, son propiedad de pequeños propietarios y muy repartidos, según el Banco de España. Es decir, lo que pretende el politburó sanchista es que esos contribuyentes, que han ahorrado a través de la compra de un pisito, sean los encargados de solucionar la papeleta de los que cobran un sueldo por hacerlo.
No parece que muchos jóvenes se hayan tragado la patraña de Pedro. Algunos, seguro que manipulados, creen que con las tiendas de campaña enclavadas en la Puerta del Sol amargan la existencia a Isabel Díaz Ayuso que, oh qué casualidad, tiene el despacho en la mismísima plaza. Como ahora al inquilino de Moncloa, ya le pasó lo mismo a otra cumbre de la indecencia, José Luis Rodríguez Zapatero. Tras llegar al gobierno –solapado por el humo, dolor y lágrimas del 11-M–, arruinó a España a la vez que la dividía. Cuando Obama, para evitar que arrastráramos al euro, le obligó a hacer el mayor ajuste económico de la democracia –que se lo digan a pensionistas y funcionarios– aguantó haciéndose el tonto (acto que le dejó viciado, como se ve en sus declaraciones sobre la posesión de sus joyas). Y ahí aparecieron los listos de Podemos que, parapetados en el 15-M, terminaron cosechando cinco millones largos de votos y 69 escaños en el Congreso. Solo cuando la situación fue insostenible, ZP le trasladó el marrón electoral a Rubalcaba. Él ya tenía el ajuar en su caja fuerte.
Especialmente la izquierda capitalizó aquellos campamentos y ese descontento entendible por la feroz crisis de 2008 se concretó en dos partidos, Podemos y Ciudadanos, que tocaron la gloria. Hoy el primero es una pyme familiar y el segundo, solo un recuerdo. Entonces nacieron formatos televisivos que empezaron a llevar los métodos y puesta en escena de las tertulias del corazón a la política, hasta derivar en los quilombos que son hoy. Pero, desde entonces, ni una solución, ni una reforma, ni un acuerdo. Las tareas ahí siguen: la vivienda se ha encarecido un 50 % en estos años y es más inaccesible para los jóvenes que nunca, muchos de ellos alérgicos al ahorro. Todo hay que decirlo. El único que solucionó sus problemas habitacionales fue Pablo Iglesias, quizá por aquello de predicar con el ejemplo.
«No hay pan para tanto chorizo», orquestaban en Sol. En algo tenían razón: fue la chistorra –recuerdos para Jose y Koldo, que Soto tiene en maduración– la que triunfó para quitar el hambre a la izquierda. Mientras tanto, como reclamó ayer el alcalde de Madrid, a desalojar Sol, y, si acaso quieren seguir de acampada, Almodóvar seguro que encuentra algunos metros cuadrados de su propiedad para albergarlos.











