Pegasus vuela sobre España
Nació, según la mitología griega, de la sangre de Medusa cuando Perseo le cortó la cabeza. Surcó los cielos, sirvió a Zeus y llevó sobre sí el trueno y el relámpago. Belerofonte consiguió domarlo y, montado sobre él, derrotó a la Quimera.
Miles de años después, Pegaso ha vuelto a volar.
Pero ya no tiene alas blancas ni galopa entre las nubes del Olimpo. Ahora se llama Pegasus, habita silenciosamente dentro de un teléfono móvil y sus armas no son el trueno y el relámpago, sino algo probablemente mucho más poderoso en nuestro tiempo: la información.
Pegasus es uno de los programas de espionaje más sofisticados jamás desarrollados. Creado por la empresa israelí NSO Group, puede convertir un teléfono móvil en una ventana abierta a la vida de su propietario: mensajes, fotografías, conversaciones, contactos y otros datos pueden quedar al alcance de quien controla el sistema.
Y Pegasus entró en España. No es una especulación.
El teléfono del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, fue infectado. También fueron atacados teléfonos de varios ministros. Del terminal del presidente llegaron a extraerse grandes cantidades de información.
Eso lo sabemos. Lo que no sabemos es mucho más inquietante. ¿Quién ordenó espiar al presidente del Gobierno de España? ¿Qué información obtuvo? ¿Para qué la quería? ¿Y qué hizo después con ella?
La Justicia española ha intentado averiguarlo sin conseguir llegar hasta el final. La investigación ha terminado nuevamente archivada de manera provisional ante la imposibilidad de determinar la autoría.
Y ahí comienza el misterio.
Porque aquel espionaje no ocurrió en cualquier momento.
España atravesaba entonces una gravísima crisis diplomática con Marruecos. Brahim Gali, líder del Frente Polisario, había entrado en España para recibir asistencia hospitalaria y Rabat reaccionó con enorme dureza. Poco después, miles de personas cruzaron la frontera de Ceuta ante la pasividad de las autoridades marroquíes.
Las relaciones entre Madrid y Rabat estaban prácticamente rotas.
Y entonces voló Pegasus.
Tiempo después sucedió algo igualmente extraordinario.
Pedro Sánchez modificó la posición histórica española sobre el Sáhara Occidental y respaldó la propuesta marroquí de autonomía como la opción que su Gobierno consideraba más seria, realista y creíble para solucionar el conflicto.
Aquello provocó una pregunta que nunca ha desaparecido completamente de la política española.
¿Por qué?
Puede existir una explicación diplomática perfectamente legítima. Los Estados cambian sus políticas exteriores cuando consideran que sus intereses lo aconsejan.
Pero existe otra pregunta que tampoco puede prohibirse en una democracia:
¿Tuvo alguna relación aquel cambio con el espionaje sufrido por el presidente?
No lo sabemos. Y conviene escribir estas tres palabras con mayúsculas imaginarias: NO LO SABEMOS.
No existe una prueba pública que permita afirmar que Marruecos espió el teléfono de Pedro Sánchez. Tampoco sabemos qué documentos, conversaciones, fotografías o mensajes fueron sustraídos. Y mucho menos existe una prueba conocida de que determinada información haya sido utilizada para chantajear al presidente del Gobierno.
Pero precisamente por eso el asunto resulta tan grave.
Porque cuando el teléfono del presidente de una nación ha sido penetrado por un sistema de espionaje extranjero, la ausencia de respuestas no tranquiliza.
La ausencia de respuestas inquieta.
Durante años Marruecos negó haber utilizado Pegasus. Sin embargo, nuevas investigaciones internacionales publicadas en 2026 han aportado elementos que relacionan directamente a sus servicios de inteligencia con la utilización del programa.
Y mientras tanto las preguntas españolas siguen suspendidas en el aire.
¿Qué se llevaron del teléfono de Pedro Sánchez? ¿Quién lo tiene? ¿Dónde está? ¿Quién conoce su contenido? ¿Puede existir información capaz de condicionar decisiones del Gobierno español?
No afirmo que exista.
Pregunto si España puede permitirse no saberlo.
Porque estamos hablando del presidente del Gobierno, de secretos de Estado y de decisiones que afectan directamente a nuestra política exterior y a territorios españoles especialmente sensibles como Ceuta y Melilla.
La cuestión, por tanto, ya no pertenece únicamente a Pedro Sánchez. Pertenece a España.
Quizá algún día conozcamos toda la verdad. Quizá descubramos que detrás del espionaje no había ninguna operación destinada a condicionar la política española. O quizá descubramos algo muy diferente.
Pero mientras ese día llega, queda una sombra.
La mitología cuenta que Belerofonte quiso utilizar a Pegaso para alcanzar el Olimpo. Se creyó capaz de llegar hasta los dioses. Zeus castigó su soberbia y el jinete terminó precipitándose desde las alturas.
Los griegos llamaban hybris a esa arrogancia del hombre que cree que puede desafiar todos los límites sin pagar las consecuencias.
Dos mil quinientos años después seguimos sin aprender demasiado.
Solo hemos cambiado los caballos por algoritmos, las lanzas por teléfonos móviles y los dioses por servicios secretos. Pegaso continúa volando.
Y esta vez vuela sobre España.
Lo verdaderamente inquietante no es verlo pasar.
Lo inquietante es que todavía no sabemos quién lleva las riendas.
¿O quizá sí?
¿Puede ser Mohamed VI?











