No es un gato, es un tigre
Un día, un hombre encontró en el bosque un cachorro de tigre.
Era pequeño, torpe y todavía no sabía rugir. Sus ojos parecían inocentes y sus patas, más que amenazantes, resultaban incluso graciosas. El hombre lo llevó a casa.
—Es un gato —dijo.
Los vecinos, al verlo, intentaron advertirle.
—Eso no es un gato. Es un tigre.
Pero el hombre sonrió con suficiencia.
—¿Un tigre? No exageréis. Es un gato un poco grande, nada más.
Al principio, la diferencia no parecía importante. El animal dormía junto al fuego, jugaba con una pelota y se dejaba acariciar. Cada día, sin embargo, crecía un poco más.
—Ya ves —decían los vecinos—. Cada vez se parece más a un tigre.
—No —respondía él—. Es simplemente un gato que ha crecido demasiado.
Llegó un momento en que el animal ocupaba casi todo el salón. Sus colmillos eran enormes, sus garras podían desgarrar un tronco y, cuando rugía, las ventanas temblaban.
—¡Por Dios! —le dijeron—. ¡Eso es un tigre!
Pero el hombre seguía obstinado.
—Un gato grande. Eso es todo. No voy a dejarme llevar por prejuicios.
Hasta que una tarde el tigre, obedeciendo a su naturaleza, se abalanzó sobre él.
El hombre apenas tuvo tiempo de comprender lo que ocurría. El animal lo derribó y lo mató a zarpazos.
Después, los vecinos encontraron el cuerpo y al tigre alejándose tranquilamente hacia el bosque.
Entonces uno de ellos dijo:
—No lo mató por ser un tigre. Lo mató porque él se empeñó demasiado tiempo en creer que no lo era.
Moraleja: No hay ceguera más peligrosa que aquella que convierte los hechos en opiniones para no tener que aceptar la realidad. Las cosas no dejan de ser lo que son porque nos neguemos a llamarlas por su nombre. Y cuando la evidencia crece junto con el peligro, confundir obstinación con lucidez puede salir muy caro.











