El precio de la indiferencia
Fraguas.- Treinta y tres mil euros. Once mil litros de Ecofire. Un hombre con una pala en la mano mientras ardía la Sierra Oeste de Madrid. Esta es la historia que los grandes medios y los políticos de siempre preferirían que no contásemos.
El incendio que consumió 27.000 hectáreas en la Sierra Oeste de Madrid, que dejó 55.000 personas afectadas, cien casas destruidas y una herida abierta en el territorio, tuvo un protagonista inesperado: Luis Alvise Pérez, presidente de Se Acabó la Fiesta, estaba en el terreno. Con una pala. Trabajando. Mientras España ardía.
Mientras tanto, ¿dónde estaban los demás? ¿Dónde estaban Sánchez, Ayuso, Feijóo, y todos esos nombres que suenan en las noticias cada día? Unos en fotografías institucionales que nadie recuerda. Otros, simplemente desaparecidos. Se fueron de vacaciones. O peor aún: nunca se movieron de sus despachos, dejando que otros cargaran con el peso de la crisis.
LA MATEMÁTICA DEL DESASTRE QUE PUDO EVITARSE
Los números son implacables. Con los treinta y tres mil euros que Se Acabó la Fiesta invirtió en once mil litros de Ecofire, se habría podido estabilizar un kilómetro de frente de fuego en la Sierra Oeste. Un kilómetro. Un solo kilómetro de los cien que ardieron en total.
Extrapolando esta cifra: cien kilómetros de frente habrían requerido tres millones de euros en producto extintor. No trescientos millones. Tres millones. Una inversión que, comparada con lo que después ha costado la reconstrucción, las pérdidas turísticas, las ayudas de emergencia y la depresión económica que ahora asola la región, es literalmente calderilla.
Pero aquí viene lo verdaderamente escandaloso: España gastó 3.275 millones de euros solo en labores de extinción durante 2025 y 2026. En lo que va del año, se han quemado más de 172.000 hectáreas. La inversión en prevención ha caído a la mitad en la última década: de 364 millones de euros en 2009 a apenas 175,8 millones en 2022. Es decir, mientras el dinero para apagar fuegos se multiplica, el dinero para evitarlos se desmorona.
¿Y qué ha hecho la clase política española ante esto? Nada. Absolutamente nada. No hay pacto de Estado. No hay plan de prevención real. No hay líderes dispuestos a meterse en una zona de guerra civil que es un incendio forestal. Excepto uno.
EL COSTE OCULTO QUE NADIE QUIERE HABLAR
El impacto económico de los incendios va mucho más allá del humo y las llamas. El turismo rural español pierde entre 5.700 y 9.600 empleos por temporada tras un incendio de esta magnitud. Los negocios que dependen de la naturaleza —hoteles rurales, casas de turismo de naturaleza, restaurantes, guías turísticos— ven cancelaciones masivas. La gente ve fuego a sesenta kilómetros de distancia y cancela su viaje. Algunos no vuelven en años.
La agricultura sufre daños incalculables. Las explotaciones ganaderas pierden ganado, pierden acceso a pastos, pierden futuro. La ganadería es la base económica de pueblos enteros en la Sierra Oeste, y Madrid ha tenido que aprobar líneas especiales de avales para que no desaparezcan.
El patrimonio natural desaparece. Y con él, la identidad de los pueblos. La depresión psicológica que sigue a un incendio de estas dimensiones no aparece en los informes oficiales, pero está ahí: desesperación, suicidios, abandono de territorios. Gente que después de toda una vida en un pueblo se va porque ya no reconoce su tierra.
Tres mil millones de euros en extinción. Treinta millones en ayudas de emergencia. Cientos de millones en pérdidas de turismo, agricultura y empleo. Cifras que no cierran porque no es un sistema sostenible: es un sistema de fracaso permanente.
CON LAS MANOS LIMPIAS Y LOS DESPACHOS LLENOS
Mientras Se Acabó la Fiesta compraba Ecofire y Luis Alvise cogía una pala, ¿qué hacían los demás?
Pedro Sánchez hizo una declaración institucional. Nada más. Isabel Díaz Ayuso renunció a dirigir la gestión de los incendios el 27 de julio, justo cuando la situación se volvía imposible de contener, y se conformó con las fotografías. Alberto Núñez Feijóo, líder de la oposición, fue a un puesto de mando a dar las gracias a los bomberos. Muy institucional. Pero sin propuesta de prevención real. Los demás, literalmente, desaparecieron. Se fueron a descansar y a veranear.
Mientras tanto, Luis Alvise estaba ahí. Cogiendo una pala y trabajando.
¿Por qué España sigue gastando más dinero en apagar fuego que en evitar que arda? La respuesta es incómoda: porque la prevención es trabajo invisible, mientras que la extinción es espectacular y rentable electoralmente.
El coste de esa indiferencia son 27.000 hectáreas quemadas, 55.000 personas afectadas, cien casas destruidas, empleos desaparecidos, pueblos con depresión. Y en el próximo verano, cuando vuelva a arder, ¿quién volverá a coger la pala?
He ahí la pregunta que debería avergonzar a toda una nación.











