El mundo no odia a los argentinos: se burla de ellos porque priorizan el fútbol antes que poder comer
CM.- Argentina lleva décadas siendo un país acostumbrado a convivir con crisis económicas recurrentes, inflación, pérdida de poder adquisitivo y millones de ciudadanos en permanente roce con el hambre. Sin embargo, cada Mundial vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto una sociedad puede justificar sacrificar su estabilidad económica por noventa minutos de pasión?
Mientras miles de familias reconocen dificultades para llenar la nevera, pagar el alquiler o afrontar gastos básicos, resulta inevitable llamar la atención sobre quienes están dispuestos a endeudarse durante años, vender bienes o asumir préstamos para viajar a un Mundial. Cada uno es libre de gastar su dinero como quiera, pero también es legítimo preguntarse qué mensaje transmite un país cuando el mayor sacrificio económico no se hace para mejorar la calidad de vida, sino para seguir a una selección de fútbol.
El problema no es el fútbol. El problema es convertirlo en una religión que justifica cualquier decisión, por irracional que sea. Ningún título mundial paga una hipoteca, llena una despensa o garantiza un futuro mejor para los hijos.
A ello se suma otro aspecto que tampoco ayuda a la imagen internacional del país: un sector de la afición argentina parece incapaz de celebrar sus éxitos sin menospreciar a los demás. Las burlas constantes, los insultos a otras selecciones y la necesidad permanente de demostrar una supuesta superioridad convierten muchas celebraciones en un ejercicio de arrogancia más que de orgullo deportivo.
Ser campeón debería ser motivo de admiración. Sin embargo, cuando el triunfo se acompaña de desprecio hacia otros países, el prestigio deja paso al rechazo. La grandeza deportiva se mide tanto por las victorias como por la forma en que se respetan los rivales.
Por supuesto, sería injusto atribuir este comportamiento a todos los argentinos, pero existe un fenómeno social que merece ser señalado: la tendencia a situar el fútbol por encima de casi cualquier otra prioridad colectiva y la costumbre de convertir la rivalidad deportiva en una batalla cultural.
Un país se gana el respeto internacional por la fortaleza de sus instituciones, la calidad de su educación, la innovación de su economía y el civismo de sus ciudadanos. Los Mundiales generan recuerdos imborrables, pero no sustituyen el desarrollo de una nación.
Quizá el mayor triunfo de Argentina llegue el día en que la misma pasión que despierta una final del Mundial se dedique a exigir mejores salarios, una economía estable, educación de calidad y oportunidades para todos. Ese será un campeonato que durará mucho más que cuatro años.
Así que no, el mundo no odia a los argentinos: se burla de ellos porque priorizan el fútbol antes que pod











