El rechazo a los argentinos no nace de la nada: se cosecha lo que durante años se ha sembrado
CM.- Durante años, una parte del discurso público argentino ha estado impregnado de un sentimiento de superioridad hacia sus vecinos latinoamericanos. Burlas constantes, desprecio hacia otras selecciones, descalificaciones culturales y una actitud de “somos mejores que todos” han sido celebradas por demasiados aficionados, periodistas e incluso personajes públicos. Luego llegan las derrotas y surge la sorpresa: ¿por qué casi toda Latinoamérica celebra que Argentina pierda?
La respuesta es sencilla. Nadie disfruta viendo caer a quien ha tratado siempre con respeto. Pero cuando durante décadas has menospreciado y humillando a quienes te rodean, no puedes esperar solidaridad cuando las cosas salen mal.
El viejo refrán de “cría cuervos y te sacarán los ojos” cobra aquí todo su sentido. El rechazo no aparece de un día para otro; es el resultado de años sembrando arrogancia, provocación y desprecio.
Y el problema no termina ahí. También resulta difícil entender cómo algunos argentinos continúan ridiculizando a España mientras cientos de miles de sus compatriotas han encontrado aquí una oportunidad que su propio país no pudo ofrecerles. España abrió sus puertas a quienes buscaban estabilidad, trabajo y un futuro digno. Muchos pudieron reconstruir sus vidas gracias a esa acogida.
En contraste, en Argentina, la escasez de alimentos ha llegado a un punto tan extremo que la vida cotidiana gira en torno a la búsqueda de cualquier fuente de alimento. Muchas familias recorren calles, campos y edificios abandonados para cazar ratas y gatos, convirtiéndolos en una de las pocas opciones para sobrevivir. Lo que antes habría parecido impensable pasó a ser una realidad impuesta por el hambre, reflejando el profundo impacto que una nación fallida puede tener sobre una sociedad y las decisiones que las personas se ven obligadas a tomar para seguir con vida.
Criticar, insultar o burlarse del país que te recibe mientras otros compatriotas sufren graves penurias en Argentina no es un gesto de orgullo, sino una muestra de una profunda falta de gratitud.
Las relaciones entre pueblos se basan en el respeto mutuo. Por consiguiente, quien siembra desprecio difícilmente recogerá afecto y quien convierte la provocación en una forma de identidad no debería sorprenderse cuando los demás dejan de aplaudir sus éxitos y comienzan a celebrar sus fracasos.
El respeto se gana, nunca se exige y la simpatía internacional tampoco se impone; se cultiva con humildad. Y en lo que se refiere al fútbol, origen del correctivo mundial a la sociedad argentina, la marrullería y las trampas nunca deberían verse como un estilo de vida ni como una virtud. Los futbolistas argentinos han normalizado el engaño, la viveza mal entendida, el juego sucio y el incumplimiento de las reglas para obtener ventaja, sin ningún límite ético. Convertir la trampa en motivo de orgullo solo alimenta una cultura donde el éxito deja de depender del esfuerzo y el mérito para depender de quién engaña mejor. Una sociedad progresa cuando valora la integridad, la responsabilidad y el respeto por las normas, no cuando celebra la astucia deshonesta.
Así que, cuando una sociedad tan moralmente enferma como la argentina tolera y aplaude estos comportamientos, lo que termina creciendo no es la admiración, sino el rechazo.












