El fiasco ganadero de San Isidro: la mayor amenaza no son los antitaurinos, sino la propia gente del toro

El diestro Javier Cortés da un pase a su segundo toro durante el trigésimo festejo de la Feria de San Isidro.
Diego Fuentes.- La Feria de San Isidro, escaparate de la tauromaquia y referencia mundial del toreo, ha dejado este año una sensación difícil de ocultar: el fracaso ganadero ha sido demasiado evidente como para atribuirlo a la mala suerte o a circunstancias puntuales. Cuando una plaza de primera categoría ofrece, jornada tras jornada, con alguna loable excepción, toros faltos de casta, fuerza, emoción o transmisión, el problema deja de ser anecdótico para convertirse en estructural.
La tauromaquia siempre ha defendido que el toro es el eje sobre el que gira todo el espectáculo. Sin un toro íntegro, bravo y con personalidad, no existe emoción posible. Sin embargo, cada vez resulta más verosímil pensar que el sistema económico actual no incentiva a las ganaderías a criar ese tipo de animal para las plazas de máxima exigencia. La selección, el coste de mantenimiento y el riesgo de perder animales durante años de crianza hacen que la rentabilidad sea cada vez más cuestionable.
A ello se suma una realidad incómoda: la tauromaquia no es ajena a la picaresca que afecta a otros ámbitos de la sociedad española. La búsqueda de la comodidad, el conformismo o los intereses particulares pueden terminar imponiéndose sobre la defensa de la autenticidad del espectáculo. Cuando eso ocurre, el prestigio de la Fiesta se resiente y el aficionado percibe que se le ofrece un producto muy inferior al que merece.
Durante demasiado tiempo se ha señalado a los movimientos antitaurinos como la principal amenaza para el futuro de la tauromaquia. Sin embargo, el mayor riesgo quizá no venga de quienes la critican desde fuera, sino de quienes, desde dentro, permiten que se rebaje el nivel de exigencia. Una tradición centenaria no desaparece únicamente por la oposición externa; también puede deteriorarse por la pérdida de credibilidad y de calidad.
La autocrítica es imprescindible. Ganaderos, empresarios, toreros y responsables de las plazas deben preguntarse si el modelo actual garantiza la selección del toro que exige una plaza de primera como Las Ventas. Si la respuesta es negativa, es necesario abordar reformas profundas antes de que el público pierda definitivamente la confianza.
La conclusión resulta tan dura como inevitable: el principal peligro para la tauromaquia no procede de los antitaurinos, sino de la propia gente del toro cuando renuncia a la exigencia, la autenticidad y la bravura que han dado sentido a este espectáculo durante siglos.











