Los sindicatos dan la espalda a los trabajadores y se convierten en escudo político del sanchismo
Fredi Martín.- La credibilidad de los sindicatos se mide por la coherencia de sus actuaciones. En ese sentido, cada vez son más los trabajadores que se preguntan por qué determinadas organizaciones sindicales muestran una enorme capacidad de movilización cuando gobiernan unas administraciones y una llamativa pasividad cuando los problemas proceden de otras.
Resulta difícil entender que se convoquen protestas con gran despliegue mediático contra gobiernos autonómicos del Partido Popular mientras apenas se escuchan críticas de la misma intensidad hacia la corrupción del sanchismo o hacia cuestiones que afectan de forma directa a millones de españoles: el encarecimiento de la vivienda, las dificultades de acceso al empleo de calidad, la pérdida de poder adquisitivo de los salarios o el deterioro en determinados servicios públicos por la regularización masiva de ilegales.
La sensación que se extiende entre una parte de la sociedad es que algunos sindicatos han sustituido la defensa de los trabajadores por una lógica de alineamiento político. Así, las reivindicaciones parecen depender más del color del gobierno que de la gravedad de los problemas. De esta forma, el sindicalismo pierde fuerza cuando deja la impresión de que aplica un doble rasero.
También existe una percepción crítica respecto al silencio o la tibieza mostrados ante diversas polémicas que han afectado al Gobierno central. Para muchos ciudadanos, si los sindicatos aspiran a representar a todos los trabajadores, deberían mantener la misma exigencia frente a cualquier administración, independientemente de quién la dirija. La independencia respecto al poder político no es un detalle secundario: es la base de su legitimidad.
En materia de vivienda, por ejemplo, el acceso a una casa digna se ha convertido en una de las principales preocupaciones de los jóvenes y de las familias trabajadoras. Sin embargo, las movilizaciones sindicales no siempre parecen reflejar la magnitud de esta crisis. Lo mismo ocurre con otros debates relacionados con la capacidad de los servicios públicos para absorber el crecimiento de la demanda o con las consecuencias de determinadas políticas migratorias, asuntos sobre los que existe una intensa discusión pública y que afectan directamente a recursos, infraestructuras y prestaciones.
Ficen los dirigentes sindicales que su misión no es otra que defender los intereses de los trabajadores frente a cualquier poder político, económico o institucional. Lamentablemente, la realidad es otra bien distinta cy han pasado a convertirse en actores integrados en una estrategia partidista.
El problema no es que un sindicato critique a un gobierno autonómico o al Gobierno central. El problema surge cuando parece criticar solo a unos y proteger a otros. El sectarismo ideológico en los sindicatos constituye una grave desviación de su razón de ser. Cuando una organización sindical antepone la fidelidad a una doctrina política a la defensa efectiva de los trabajadores, deja de actuar como una herramienta de representación colectiva para convertirse en un instrumento de propaganda. Cuanto más se encierran los sindicatos en posiciones sectarias, más se alejan de los trabajadores españoles a quienes dicen representar. Tal vez ahí hallemos una de las razones de que cada vez más trabakadores españoles abominen de la izquierda y opten por el voto a opciones conservadoras.











