Empresarios versus funcionarios: el país que ha dejado de admirar a quien crea riqueza
Manuel Recio Abad.– España está enferma de miedo al riesgo, a emprender, a competir y a fracasar. Cuando una sociedad tiene miedo, deja de crear empresarios y empieza a fabricar tristes opositores.
Hoy miles de jóvenes españoles terminan sus estudios universitarios con un único objetivo entre ceja y ceja: conseguir una plaza fija en la Administración. Son incapaces de soñar con levantar empresas, crear empleo, innovar o conquistar mercados. Sueñan con aprobar una oposición asegurándose un sueldo y con no complicarse la vida.
Ese cambio cultural es devastador para el futuro de un país porque las naciones prósperas no se levantan sobre la burocracia. Se levantan sobre empresarios, sobre personas capaces de asumir riesgos, generar actividad económica y crear riqueza para todos.
El funcionario administra mientras que el empresario crea y esa es la diferencia esencial.
Sin empresarios no hay impuestos y sin impuestos no hay Estado y sin Estado tampoco habría funcionarios.
Sin embargo, en España parece haberse invertido la admiración social. Durante décadas se ha demonizado al empresario como sospechoso habitual, se le ha visto como un explotador, un egoísta o un privilegiado de la vida. Mientras tanto, se ha elevado la figura del funcionario público como símbolo de éxito. El resultado está a la vista.
España tiene una de las tasas de emprendimiento más bajas de Europa. Según diversos informes recientes, apenas un 11% de los españoles contempla seriamente emprender, muy por debajo de lo que sucede en otras economías desarrolladas.
Mientras tanto, las oposiciones viven un auténtico boom. Cada vez más jóvenes e incluso profesionales del sector privado, abandonan cualquier aspiración empresarial buscando estabilidad, horarios cómodos y seguridad laboral.
El problema no es que existan funcionarios. Un Estado moderno necesita del desempeño profesional de jueces, policías, médicos, profesores o inspectores. El problema es cuando el talento más ambicioso de una generación deja de querer construir y pasa únicamente a querer protegerse, una actitud ante la vida tan egoísta como absurda.
Un país donde los mejores cerebros aspiran masivamente a depender del presupuesto público acaba convirtiéndose en una economía subsidiada, burocrática y mediocre.
Las grandes transformaciones que históricamente se han sucedido nunca nacieron de la ventanilla administrativa del “ vuelva usted mañana”. Nacieron de empresarios.
Estados Unidos no lidera el planeta gracias a sus funcionarios. Lo lidera porque siempre ha admirado históricamente al emprendedor. Silicon Valley no nació de oposiciones, ni Tesla, Amazon, Microsoft, Inditex o Mercadona. Estas grandes empresas no surgieron de academias para preparar exámenes públicos, pues nacieron de personas que asumieron riesgos gigantescos. Amancio Ortega no pidió estabilidad, Juan Roig no buscó comodidad, ni Elon Musk se dedicó durante cuatro años a memorizar temarios. Ellos supieron construir y al hacerlo sus empresas generaron miles de empleos, pagaron millones en impuestos y elevaron el nivel de vida de millones de personas.
Eso es de lo que muchas veces nos olvidamos en España pues el empresario no solo gana dinero para sí mismo, hace ganar dinero a toda la sociedad.
Cada pyme que abre sus puertas sostiene a familias enteras. Cada autónomo paga sus impuestos y eso sirve para financiar hospitales, puentes y autovías. Por eso resulta preocupante que en España se haya instalado casi como dogma la idea de que “lo inteligente” es buscar refugio en el Estado.
No es casualidad que el 85% de los españoles considere difícil emprender en nuestro país debido a la burocracia, la presión fiscal y las trabas administrativas.
Abrir un negocio en España implica enfrentarse a licencias eternas, regulaciones cambiantes, cuotas, impuestos y una inseguridad jurídica que asfixia especialmente a pequeñas empresas y autónomos.
En cambio, el mensaje dominante para muchos jóvenes es claro: busca una plaza fija, evita riesgos y asegúrate un sueldo para toda la vida, pero las sociedades que renuncian al riesgo terminan renunciando también al progreso.
Europa empieza a sufrir precisamente ese problema frente a economías mucho más dinámicas como Estados Unidos o algunos países asiáticos. Mientras allí se premia la innovación y la ambición empresarial, aquí se castiga fiscalmente al que prospera.
España necesita volver a dignificar la figura del empresario.Necesita enseñar a los jóvenes que ganar dinero honradamente no es algo vergonzoso, sino admirable y que crear empleo tiene más mérito que vivir permanentemente del presupuesto público. Un empresario no solo trabaja para sí mismo. Sus principales funciones consisten en tomar decisiones, arriesgar, construir, innovar y ….liderar, convirtiéndose en el único dueño de su destino.
Claro que emprender implica incertidumbre y claro que existe la posibilidad de fracasar, pero también existe la posibilidad de triunfar, crecer y transformar la vida propia y la de muchísimas personas.
La oposición garantiza estabilidad y la empresa ofrece libertad. Cuando los pueblos dejan de valorar la libertad económica terminan empobreciéndose.
España no necesita menos funcionarios útiles, sino muchísimos más empresarios valientes. Necesita jóvenes que quieran conquistar mercados en lugar de esperar a final de cada mes una triste nómina pública. Necesita creadores arriesgados, llenos de ambiciones, no solo administradores. Necesita volver a creer en quien produce riqueza.
Porque ningún país se hizo grande soñando con sellar papeles. Los países grandes se construyen soñando a lo grande.











