Donald Trump: potus en su etapa anal terminal (Jugando con mierda ante el ventilador)
Andrés Palomares.- Lo bueno de la política estadounidense de los últimos diez años es que nunca te decepciona. Cada día trae su dosis de sorpresas y giros inesperados, sin que se pueda prever jamás cuál será el próximo arrebato de locura del presidente de turno. De nada sirve consultar a expertos, geopolíticos o profesores: por muy capacitados que estén, no aclaran nada. No, para orientarse en este caos, nos es de gran ayuda asomarse a la historia de Roma, que siempre está ahí para echarnos una mano para entender ciertas cosas del presente con el recuerdo de situaciones y personajes similares a los actuales. Podemos releer a los Antiguos: las “Vidas paralelas” de Plutarco, la “Vida de los 12 Césares” de Suetonio, así como “Anales” y las “Historias” de Tácito. Para empezar, ya nos alcanza.
Los presidentes estadounidenses han acumulado tanto poder desde la caída del imperio soviético que se comportan como tiranos a la manera de los emperadores romanos más dementes y desenfrenados. Atrevámonos a la comparación. Tomemos a Calígula: completamente impredecible, alternaba generosidad extrema con crueldad salvaje y se creía un dios vivo. Le encantaba humillar a su entorno y a sus visitantes; para mostrar el poco respeto que les tenía, nombró cónsul a su caballo. Heliogábalo no se quedaba atrás: se hacía llamar Sol Invicto (sol invictus) y violaba todas las normas habituales del poder romano, ya fueran políticas, sexuales o religiosas. El megalómano Nerón se imaginaba gran artista y tocaba la lira ante las ruinas humeantes de Roma, a la que él mismo había incendiado. Y Cómodo, comparándose con Hércules y preso de delirios de grandeza, quiso rebautizar Roma y los meses del año…
¿No les recuerda nada todo esto? ¿Acaso no hay en la Casa Blanca un inquilino que evoca —e incluso acumula— los vicios y delirios de esos emperadores? Cuando el jefe de la primera potencia mundial se cree Jesucristo e insulta al papa, cuando se enfurece porque un subordinado se atreve a decirle que no, cuando oscila entre el delirio narcisista y la demencia senil, todas las naciones de la Tierra tiemblan, como temblaban los pueblos antiguos ante como temblaban los pueblos antiguos ante un César especialmente desquiciado que sepultaba a sus invitados bajo una avalancha de pétalos de rosa hasta asfixiarlos (Heliogábalo).
Eso era Roma. Pero es también lo que ocurre ante nuestros ojos en Washington desde hace treinta años. Dos mil años no han cambiado esta ley humana: el poder enloquece, y el poder absoluto enloquece de forma absoluta.
Esta tendencia lamentable comenzó de forma subrepticia con Bill Clinton, que quiso extender la pax americana a todo el planeta mientras se burlaba de sus adversarios y se entregaba en el Despacho Oval a juegos que la moral reprueba con su secretaria. La hybris presidencial pronto adquirió una dimensión violenta y trágica con George W. Bush, quien creyó poder desatar impunemente las llamas del infierno sobre Irak y Afganistán. Los resultados fueron, como era de esperar, catastróficos. Todo porque se sintió humillado por los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Por reacción, el período Obama-Biden pareció volver a una mayor cordura. Sólo fue apariencia. En realidad, supuso una enorme regresión: desligó la política de la acción y la redujo a un puro ejercicio de la palabra, a un parloteo desconectado de cualquier realidad concreta. Inauguró lo que podría llamarse el estadio oral-bucal de la política, que consiste en hablar para no decir nada y, sobre todo, para no hacer nada.
Para Sigmund Freud, el estadio oral se caracteriza por el uso de la boca como principal fuente de satisfacción. Se tragan alimentos, riquezas, territorios e influencia sin molestarse en transformar o hacer evolucionar las sociedades. Consagra el triunfo de la bulimia y de la logorrea frente al esfuerzo. Un ejemplo claro son las revoluciones de color: apoderarse de países y recursos ajenos sin pagar el precio, provocando cambios de régimen y vuelcos geopolíticos mediante simples agitaciones callejeras, apostándolo todo a la palabra y a la pura oralidad.
Manejando el verbo con maestría incomparable, multiplicando discursos pomposos pero falsos sobre democracia, derechos humanos y libertad de mercados —a base de eslóganes, palabras performativas y comunicación emocional—, el tándem Obama-Biden llevó la política a la era de la ideología y de la moral sin acción. Los bellos discursos ocultaban en realidad una política inmadura, centrada en el consumo, la dependencia y la satisfacción inmediata, en lugar de la construcción a largo plazo, la mediación paciente y la responsabilidad de los actos.
Este entusiasmo por la palabra vacía y el discurso grandilocuente pero hueco se extendió a los dirigentes europeos, que se han convertido en auténticos maestros en el arte de decir sin hacer, o de decir lo contrario de lo que se hace y hacer lo contrario de lo que se dice. Emmanuel Macron encarna a la perfección al político incapaz de superar la etapa oral. La expresión macronear, inventada por los rusos para describir a este tipo de dirigente (o más bien no-dirigente), le rinde un homenaje bien merecido. Y las diarreas verbales de Merz, Starmer, Kaja Kallas, Mark Rutte y Ursula von der Leyen lo imitan de cerca.
Con Donald Trump se cae todavía más bajo. Bajamos un peldaño más hacia el abismo. Freud veía el estadio anal como el momento en que el bebé aprende a controlar sus esfínteres, ya sea reteniéndose o soltándose: una etapa clave para adquirir disciplina, sentido del orden y respeto al otro. Traspuesto a la política, este estadio debería significar una acción centrada en el dominio, el control y la regulación. Algo positivo, en principio.
Pero Trump ha decidido aplicar sólo la segunda fase del proceso: la de la eyección, la expulsión, la defecación pura y dura. Ha tirado por la borda la función de control para concentrarse exclusivamente en el relajamiento total de los esfínteres, lo que conduce directo al caos, al descontrol y a la inestabilidad global. La función anal-retentiva la reserva sólo para los demás —aliados, vasallos o enemigos, poco importa—: todos merecen, en mayor o menor medida, el castigo de sus imperiales truños: su dosis de desprecio, sanciones, aranceles punitivos, bloqueos, boicots y, para los más desafortunados, secuestros, bombardeos e incluso genocidios.
Trump actúa como un bebé tiránico sentado en su orinal, gritando a los cuatro vientos: «¡Mirad qué caca más hermosa he hecho! “¡Mis zurullos son los más grandes del mundo!» mientras patalea de rabia si no se admira lo suficiente su obra maestra o si alguien se tapa la nariz con asco. Se ha convertido en un virtuoso del arte de “echar mierda al ventilador”, salpicando a todo el planeta y arremetiendo furiosamente contra quienes tienen el mal gusto de no aplaudir sus fechorías. Amigos o enemigos, todos acaban, tarde o temprano, sepultados bajo aranceles, insultos, humillaciones y, para los menos afortunados, bombardeos punitivos y bloqueos mortíferos.
Esta histeria pedorra, esa ansia excremental, este placer infantil en el arte de enmerdar a lo grande, siembran el pánico, la desolación, la devastación y la muerte entre las víctimas del día, que ven caer el rayo sobre ellas mientras el resto del planeta aparta cobardemente la mirada fingiendo que no ve ni huele nada.
He aquí dónde estamos hoy. Nadie sabe cuándo ni dónde acabará todo esto, sobre todo porque el tirano sentado en su escupidera del Despacho Oval todavía tiene el botón nuclear al alcance de la mano. El hecho de que le queden dos años y medio más de mandato antes de que, tal vez, reciba una buena azotaina, sólo ofrece un consuelo escaso y muy relativo.











