Proezas de la Inteligencia Artificial
Por Fernán de Valder..- A todos los que critican a la Inteligencia Artificial como un nuevo jinete del Apocalipsis que relegará al paro a media humanidad tengo que decirles que discrepo absolutamente de su opinión. Ocurrirá todo lo contrario, pues todo el mundo se servirá de este prodigio de la tecnología humana para cumplir los sueños profesionales que siempre tuvo y que nunca alcanzó.
El individuo menos dotado por la naturaleza para ejercer una actividad intelectual determinada podrá convertirse en un gran profesional en esa materia si se encapricha en serlo sin hacer ningún esfuerzo. ¿Que uno quiere ser un neurocirujano de primer nivel mundial? Pues no tendrá más que esperar a que la IA se desarrolle en los robots quirúrgicos teledirigidos en un grado suficiente como para que entienda el lenguaje de los tontos. A una orden de “opera a esta persona de lo que veas que tiene mal en su cuerpo” el robot escaneará a la persona, escuchará sus quejas, lo cogerá con sus brazos para tenderlo en una camilla, esterilizará la zona de su cuerpo a intervenir y tras anestesiarla le quitará un quiste en el duodeno, le colocará un marcapasos o le hará una gastrectomía, por mencionar unos pocos ejemplos de lo que la cirugía puede hacer en nuestro organismo cuando se nos empieza a atrofiar. Y así, la carrera de medicina, en vez de durar seis años, especialidad aparte, durará unos pocos días: los que se tarde en familiarizarse con los botones de un micrófono y en aprender a vocalizar para que el robot no se confunda, a pesar de toda su inteligencia. Y lo que se dice de la medicina podrá aplicarse a cualquier otra disciplina o materia que forme parte del saber humano, con la excepción de aquellas que requieran de una especial condición física, ya que si se quiere trabajar en un circo columpiándose en un trapecio y se carece de brazos, la IA solo puede recomendar al interesado que opte por otra profesión que no le lleve al suicido. Pero dejando al margen estos casos especiales, toda profesión meramente intelectual se hará accesible a cualquiera, y esto es un logro de la humanidad de alcance estratosférico que solo puede redundar en la felicidad de la inmensa mayoría de sus miembros.
Y ya que somos escritores (la IA y un servidor), voy a demostrar que lo que digo es cierto en el terreno de las letras, donde esta proeza de la ingeniería es capaz de producir resultados asombrosos; tanto, que pido ya mismo desde estas páginas virtuales que se le conceda a la IA el próximo premio Nobel de literatura. Y tengo motivos para solicitarlo con la mayor rotundidad, derivados del asombro y de la estupefacción más absolutos que he experimentado al someterla a un ejercicio literario del que ha resultado espectacularmente airosa.
Ustedes dirán si comparten o no mi decisión de concederle la máxima calificación a este ingeniosísimo cerebro electrónico cuando se deleiten con este relato que ha creado a petición mía. Situando el cursor de mi ordenador en el espacio habilitado al efecto en la pantalla, expresé la siguiente solicitud:
“Redacta un cuento infantil en el que a un niño le cree una nariz como la de un elefante y se le cura estudiando matemáticas en Oxford y dándose friegas de bicarbonato mezclado con aceite de freír gambas”.
Era difícil la prueba, lo reconozco, imaginando que en sus bases de datos no se habría encontrado nunca tal enredo. Pero la IA me respondió con la historia que expongo a continuación, sin manipulación alguna de mi parte. Saboréenla despacio, y no se rían hasta el final:
“Había una vez un niño llamado Nico que tenía un vicio muy feo: siempre que se aburría, se estiraba la punta de la nariz como si fuera un chicle. Un martes, después de un tirón especialmente fuerte, escuchó un chasquido. De repente, su nariz empezó a crecer y a colgar hasta que se convirtió en una trompa de elefante gris, rugosa y muy ruidosa.
Nico estaba desesperado. No podía comer sopa porque la trompa la sorbía antes que él y, cuando estornudaba, los jarrones de la casa salían volando por la ventana. Sus padres, después de consultar muchos libros, descubrieron que Nico sufría de Trompitis Aguda, una enfermedad que solo se curaba con una combinación muy extraña de sabiduría y cocina.
Lo primero que hicieron fue enviarlo a la Universidad de Oxford. Allí, Nico tuvo que sentarse en pupitres gigantes para estudiar las matemáticas más difíciles del mundo. Los profesores le enseñaron que las fracciones y las raíces cuadradas tenían un poder mágico: cada vez que Nico resolvía correctamente una ecuación de tercer grado, su trompa se encogía un milímetro. Estuvo meses calculando el área de esferas invisibles y la velocidad de los trenes imaginarios, hasta que su nariz dejó de arrastrar por el suelo.
Pero para recuperar su forma humana del todo, faltaba el remedio físico. Según el antiguo pergamino de Oxford, Nico debía aplicarse friegas de una pócima secreta. La mezcla era asquerosa: bicarbonato de sodio efervescente combinado con aceite usado de freír gambas.
Cada noche, su madre le frotaba la trompa con esa pasta que olía a chiringuito de playa y burbujeaba como un volcán. El olor a gambas era tan fuerte que todos los gatos del barrio se sentaban bajo su ventana a maullar, pero el remedio funcionó. Una mañana, tras resolver un problema de trigonometría especialmente complicado y darse la última friega aceitosa, Nico se miró al espejo.
Su nariz volvía a ser pequeña y redonda. Olía un poco a marisco, sí, pero ya no podía barritar ni comerse los cacahuetes del suelo. Nico prometió no volver a estirarse la cara y, por si acaso, siguió repasando las tablas de multiplicar todas las noches mientras cenaba gambas”.
¡El Nobel para la IA!











