Silencio oficial atronador ante la pitada al himno español en La Cartuja frente a la respuesta histérica tras los cánticos en Cornellà
La reciente pitada al himno de España por parte de miles de aficionados de la Real Sociedad en la final de Copa en La Cartuja, vuelve a abrir una herida ya conocida: la incapacidad de los aficionados energúmenos (no todos) vascos y catalanes para respetar símbolos que, gusten más o menos, representan a millones de ciudadanos. Pero lo verdaderamente preocupante no es solo el gesto, sino la reacción —o la ausencia de ella— por parte de quienes tienen la responsabilidad de liderar.
El presidente Pedro Sánchez y buena parte de la izquierda institucional han optado, una vez más, por dar la callada por respuesta. Un silencio que contrasta de forma evidente con la rapidez con la que se condenaron los gritos coreados en el estadio de Cornellà contra un determinado colectivo. Esta asimetría en la indignación alimenta la percepción de que, para la mafia gobernante y sus terminales mediáticas, el respeto a un determinado colectivo prevalece sobre el que merecen tanto el Rey como el himno de todos los españoles. Es decir, que hay ciudadanos de primera y de segunda según el relato dominante.
Hay momentos que retratan a un país. No por lo que ocurre, sino por cómo reaccionan quienes mandan. La pitada al himno de España no es nueva; lo que sí empieza a ser insoportable es la rutina del silencio cómplice. Otra vez, el presidente Pedro Sánchez y buena parte de la izquierda han optado por esconder la cabeza, como si ignorar el problema lo hiciera desaparecer.
Porque cuando interesa, como tras los gritos en Cornellà, la condena llega en minutos, con declaraciones solemnes, horas en los informativos y gestos grandilocuentes. Pero cuando es el pueblo español quien recibe la ofensa de un puñado de cabrones, se activa un mutismo casi quirúrgico. Esa doble vara de medir convierte los principios en mercancía electoral.
Muchos se preguntan a diario por qué crece el odio al sanchismo. La respuesta la podrían encontrar en lo ocurrido ayer en el estadio de La Cartuja, en quienes se escandalizan por cánticos como “musulmán el que no bote”, pero luego aceptan sin demasiados reparos que se pite el himno nacional o que se ridiculice símbolos católicos en la televisión sanchista.
No se trata de defender un cántico concreto ni de justificar comportamientos que puedan resultar excluyentes o de mal gusto, sino de señalar la incoherencia y la hipocresía, ya que si el criterio es el respeto, debería aplicarse en todos los casos, no solo cuando encaja con la propia sensibilidad ideológica o cultural.
El himno nacional, por ejemplo, representa un símbolo compartido del Estado. Silbarlo en estadios de fútbol no es un gesto inocente: es una forma de rechazo que muchos ciudadanos perciben como ofensiva. Sin embargo, en sectores importantes de la izquierda se ha normalizado o incluso defendido como una expresión legítima de libertad.
Algo similar ocurre con las creencias religiosas, particularmente la católica. En programas de la televisión pública y en TV3 no es raro encontrar bromas, parodias o comentarios que, de dirigirse a otros colectivos, generarían una reacción inmediata de condena. Pero aquí, de nuevo, la indignación parece depender de quién sea el objeto de la crítica.
¿Dónde están entonces los guardianes de la convivencia? ¿Dónde queda esa sensibilidad exquisita que se activa con tanta rapidez en otros casos?
La respuesta es incómoda, pero evidente: no les molestan las ofensas, les molesta quién es la víctima. Ni tampoco les preocupa la exclusión, sino el relato. No defienden principios, defienden posiciones.
Así es como la moral se convierte en una herramienta de uso selectivo. Se condena con contundencia lo que encaja en el guión ideológico propio y se minimiza —o directamente se ignora— lo que lo contradice.
Este doble rasero no solo es intelectualmente deshonesto; es profundamente corrosivo, porque nos lanza el mensaje de que hay ciudadanos cuya dignidad merece protección inmediata y otros cuya deshumanización puede pasar como folklore de grada. Hay ofensas intolerables y ofensas asumibles, dependiendo de a quién incomoden.
No es entonces extraño que, frente a esa moral oficial tan quebradiza, aumente el hartazgo y el asco de los españoles hacia la casta dirigente.












