La degradación política de un presidente que ha convertido el poder en adicción
Hay líderes que gobiernan y hay líderes que se gobiernan a sí mismos. Y luego está Pedro Sánchez, cuya relación con el poder ha alcanzado un nivel tan desorbitado que parece más un reflejo narcisista que un proyecto político. No hablamos ya de ambición —legítima— sino de una fijación casi claustrofóbica, un pulso permanente contra la posibilidad misma de dejar de mandar.
La presidencia, para Sánchez, se ha convertido en una cámara de aire artificial: algo que debe mantener funcionando a toda costa porque parece ser lo único que lo sostiene políticamente. Cada gesto, cada giro, cada sacrificio estratégico transmite una misma obsesión: permanecer. No liderar, no transformar, no convencer… permanecer. Como si el país fuera un atrezo, y él, el actor que se niega a abandonar el escenario incluso cuando ya han apagado las luces y el público se ha ido.
Lo más inquietante no es su capacidad para cambiar de rumbo, sino la ausencia casi total de límites. La flexibilidad ideológica ha dejado de ser táctica para convertirse en elasticidad absoluta, una especie de goma política que puede estirarse hasta el ridículo con tal de sostener el mobiliario del despacho presidencial.
Principios, compromisos, coherencias: todo parece diluirse en un mismo ácido, el del cálculo personal.
Su narrativa, esa mezcla de victimismo épico y autosalvacionismo, ha degenerado en una opereta desgastada, una representación donde solo importa una cosa: que él siga en escena. El país puede tensarse, las instituciones pueden resentirse, la ciudadanía puede fracturarse, pero el monólogo continúa. Siempre continúa.
Lo más devastador es la sensación creciente de que España se ha convertido en un tablero que existe únicamente para que él pueda seguir jugando. Como si todo lo demás fuese prescindible: la credibilidad, la estabilidad, el consenso, la dignidad institucional. El poder ya no es un instrumento; es un espejo, y Sánchez parece incapaz de apartarse de él.
La democracia necesita líderes que sepan marcharse. Que no confundan el Estado con su figura. Que entiendan que la legitimidad no es eterna ni hereditaria. Pero el actual presidente parece empeñado en demostrar lo contrario: que su voluntad personal pesa más que la respiración del país que gobierna.
Y esa pretensión —esa mezcla de obstinación, miedo y narcisismo político— es, sencillamente, insostenible. No para él, que seguirá aferrándose. Para España.













Fratelli d’italia:
https://lespresso.it/c/attualita/2025/12/11/pedro-sanchez-persona-anno-lespresso/58843
Desgraciadamente, no han parado de hacer cosas; malas cosas. Como le dijo en la entrevista con Pepa Bueno, él creía que no se debía parar; y ese es el peligro; no la inactividad, que siempre sería mejor que la actuación perjudicial. Se sigue gastando dinero a manos llenas, incrementándose la deuda, y continúan todos esos proyectos tecnológicos para que quizá unos cuantos vivan bien (quizá no llegue ese momento, ya que en cuanto no pueda salvarse nadie eternamente, no creo que esto siga dando vueltas), a costa de quizá la vida de muchísimos, etc.
Un tío tan listo que no se entera de lo que le roban sus hombres de más confianza, una de dos, o es un perverso y está dejando hacer aposta -no se olvide que en política “nada” es casual- o es un psicópata, cuyo único sitio es un manicomio. O quizá las dos cosas, pues destruir la nación más vieja de Europa regalando multimillones a todos los komunistas del planeta y destrozando todo lo que toca, no, no es casualidad. Es imposible que sea casualidad. Matemáticamente imposible. Así que a ver a quien le toca actuar: al Jefe del Estado,… Leer más »
El manicomio no es para psicópatas, los que, distinguiendo perfectamente el bien del mal, optan por lo segundo compelidos por las oscuras pulsiones de su deforme personalidad, sino para psicóticos y demás enfermos mentales que merecen el más esmerado y humano cuidado hospitalario por su bien.
Porque los psicópatas, donde deberían estar aislados recibiendo el tratamiento que merecen, es en otro “sitio”, y, en este caso, para nuestro bien.