Europa envejece, se endeuda y busca en la inmigración una solución a un problema que sigue creciendo
Pierre Claire.- “Después de mí, el diluvio” es una frase famosa en Francia, atribuida a Luis XV, o a Madame de Pompadour, que resumía la indiferencia fatalista de una corte que disfrutaba del presente sabiendo inevitable la catástrofe. Esta frase resume a la perfección el egoísmo imperante y la difícil situación que atraviesa actualmente el occidente europeo.
De las pensiones (en Francia y en otros países europeos), a la inmigración, hasta la historia económica o monetaria, el mismo mecanismo democratizado traslada la factura a quienes nada decidieron.
Luis XV fue, de hecho, el penúltimo rey de Francia antes de la Revolución Francesa de 1789 y del fin de la monarquía en 1792. Su nieto, Luis XVI, pagaría muy caro ese egoísmo ruinoso de su abuelo. La generación de la posguerra quería anteponer de forma sistemática la gratificación individual e inmediata a cualquier obligación hacia quienes vendrán después. Votaron por quienes les prometían más, por los progresistas que han endeudado a nuestros países para financiar sus políticas ruinosas, pero ahora no quieren pagar ni reformar un sistema que es una estafa, pero que les beneficia a ellos.
Las pensiones que nadie quiere refinanciar
Ante la reforma de 2023, que retrasó la edad de salida de los 62 a los 64 años, varios meses de huelgas y manifestaciones masivas buscaron ante todo preservar los derechos adquiridos de las generaciones ya cercanas a la jubilación, mientras la natalidad francesa sigue retrocediendo y el número de activos por cada jubilado no deja de bajar, año tras año, sin que ninguna reforma invierta de verdad la tendencia de fondo.
En 1970, había 3,8 personas en activo por cada jubilado y el sistema funcionaba; hoy en día, hay 1,7 personas en activo por cada jubilado, lo cual es insostenible y explica el aumento de los impuestos y de las deudas.
Disfrutar del sistema ahora y dejar que lo pague una generación más pequeña y ya más endeudada o “después de mí, el diluvio”.
Francia no es el único país europeo que sufre este egoísmo de las generaciones mayores.
La inmigración como parche demográfico
Una de las soluciones que se encontraron fue la inmigración, y eso no es nada sostenible. Enfrentada al hundimiento de su propia natalidad (una decisión individual repetida millones de veces, de personas que querían disfrutar de la vida sin tener hijos), Europa importa mano de obra de forma masiva para tapar los agujeros de sus sistemas de pensiones y de su mercado laboral, sin atacar nunca las causas reales de ese hundimiento.
Los beneficios económicos inmediatos los cobraron los gobiernos en función de poder mantener la estafa gigante. No obstante, esto no empezó ahora pero si se ven los costos.
Pero los costes de integración y de cohesión social y cultural, que empezamos a ver hoy, se trasladan de peor manera a las generaciones siguientes, que no han decidido absolutamente nada de todo esto y tendrán que asumir solas sus consecuencias.
Es interesante ver que Luis XV murió en 1774, en su cama, sin ver jamás el diluvio que él mismo había anunciado. La Revolución tardó quince años más en llevarse a su sucesor que tenía que pagar la cuenta.
Pero no es seguro que los baby boomers y los políticos a los que han elegido tengan el beneficio de Luis XV de esperar tanto tiempo para ver el resultado de sus decisiones egoístas.











