¿Por qué perder el tiempo con Puente si fue Sánchez quien posibilitó su criminal reincidencia?
Francisco Rosell.- Cuando un presidente como Pedro Sánchez ratifica como ministro al responsable político como poco de dos mayúsculas catástrofes ferroviarias con 115 muertos en el mismo trazado en sólo nueve meses muestra su psicopatía. Si entiende además que la permanencia de Óscar Puente no perjudica sus aspiraciones de proseguir en La Moncloa, entiende, como Trump, que podría disparar contra sus votantes sin que ello le penalice en las urnas como tampoco haber convertido la línea de alta velocidad entre Madrid y Sevilla en un corredor de la muerte.
No obstante lo cual, Sáncheztein lleva su malicia al extremo de que su ministrín anuncie, en vez de su dimisión, que se está pensando en clausurar un par de años la arteria Madrid-Barcelona por la que no ha mucho prometió que circularía a más 350 kilómetros por hora el futuro tren bala español, grabándose a tal fin un vídeo en el que regalaba pines en el Consejo de Ministros a modo de anticipado éxito, por si hay que pasar a la oposición tras el 29-N y qué mejor cosa que endilgar aviesamente cualquier descarrilamiento en esa línea al Gobierno venidero. En ese brete, ¿para qué perder el tiempo este martes con la comparecencia ante la Diputación Permanente del Congreso de bla, bla, bla Puente, quien debiera estar cesado desde la mortandad de Adamuz, en vez de que acuda quien es el consentidor de su criminal reincidencia en Urda haciéndose cómplice de la misma?
Lo cierto es que, después de los siniestros de Adamuz y Urda, Sánchez sostiene al balandrón Puente que, con los cadáveres aun calientes de aquel domingo 18 de enero, se ufanaba de que sus críticos no le perdonaban que fuera tan buen ministro. Debe ser porque le renta –ese verbo del que tanto abusa fingiendo ser un juvenil tiktoker– su connivencia con aquel que tildó de «verdugo» al dimitido presidente valenciano, Carlos Mazón, aunque no quepa equiparar una tragedia originada por la naturaleza como la Dana a otra causada por la negligencia criminal.
No en vano, la degradación ferroviaria se debe a un degenerado ministro que, al alimón con su presidente, se arroga el rol de víctima expropiando de esa circunstancia no deseada a quienes ha quitado la vida. Sí, porque hay que decirlo alto y claro: «Los muertos que vos matáis NO gozan de buena salud», hecha esa salvedad a los versos mal atribuidos a don Juan Tenorio y que se corresponden con La verdad sospechosa, del español Ruiz de Alarcón o con El mentiroso, del francés Corneille, cuyo título tan bien cuadra a «Noverdad» Sánchez.
Mucho más después de la vil escena del jueves cuando, al acudir al Centro de Coordinación Operativa Integrado (CECOPI) en Toledo, Puente fuera recibido a brazo tendido por su sosias de Interior, Fernando Grande-Marlaska, junto al resto de la guardia de corps de Sánchez, como si hubiera protagonizado una hazaña inusitada. Menos mal que el presidente castellanomanchego, Emiliano García-Page, supo conservar el decoro tras ingerir tal buen antiemético contra las náuseas.
Tal cohorte sanchista celebraba la permanencia del zote al que Sánchez escogió como ministro de Transportes, no por sus dotes técnicas, como tampoco lo hizo con el hoy preso Ábalos, sino tras superar la prueba de fuego como matón suyo en la investidura fallida de Feijoo al delegar en él –por primera vez en democracia– a la hora de darle réplica al ganador de los comicios de 2023. Agradecido por hacerle ministro aquel al que llama «Puto Amo», la prioridad de Puente nunca fue evitar los choques de trenes, sino entrar al choque con todo quisque del Rey abajo todos soñando tal vez ser César en vez del César en un PSOE fanatizado que ha consumado este nuevo cataclismo en el 44º aniversario de la arribada al poder de aquel otro que cifró el cambio en que España funcionara con el AVE como mascarón de proa.
En este sentido, la decadencia del AVE ha marchado en paralelo a la destrucción de España mediante una común corrosión que, hasta que no se produce el desplome, propicia la misma letargia que a la rana que se echa en agua tibia elevándole gradualmente la temperatura hasta fenecer cocida sin avizorar su defunción. Así ha sido desde que suprimió su compromiso de puntualidad por el que se reintegraba el importe del billete al demorarse cinco minutos hasta que la realidad se ha vengado cruelmente pagando justos por pecadores.
Entretanto, Puente ameritaba figurar en el Club de la Comedia. Como cuando, en agosto de 2025, se burlaba a mandíbula batiente de «esos Pacos» que, usando la alta velocidad desde su inauguración en 1992, le afeaban que hundiera aquel proyecto de bandera que asombró al mismísimo Obama exportándose a terceros países. Pero no sólo de ‘los Pacos’ usuarios contra los que embestía con su despótico «usted no sabe con quién habla», sino igualmente de los maquinistas para quienes tal deterioro no permitía la alta velocidad trasladándole unas incidencias que, en su borrachera tuitera, arrojaba a la papelera.
Diríase que el declive del AVE abona el pesimismo de quienes opinan que España siempre ha querido ser más de lo que era en un fatalismo que sólo se justifica cuando entrega su gobernación a los peores, esto es, cuando prima la selección adversa en favor de quienes se enrolan en los partidos a falta de mejores atributos para que, a cambio de su servidumbre y obediencia debidos, medren para hacer acopio del botín electoral. Por esa trocha, estos estampillados sin más graduación que el carnet de militante colonizan el Estado suplantando a funcionarios y servidores públicos. Luego, una vez alcanzada la cota, tiran de amigos y parientes a los que enchufan preservándoles un sueldo vitalicio al socaire incluso de un cambio de color político en el Gobierno.
Basta repasar el estado mayor de ADIF y, por ende, de Renfe, en uno de cuyos consejos de Administración asentó sus posaderas el aizcolari Koldo García por la merced de Ábalos, para certificar como, en pos de «enrojecer» su escala de mandos, el sanchismo ha teñido de sangre el ferrocarril. Es más, atendiendo al aserto romano de que el pez comienza a pudrirse por la cabeza, los de cola ya no distinguen el botón de encendido y el de apagado. Todo ello en medio del expolio fiscal y de una lluvia de millones europeos –tantos que una parte han debido devolverse por incapacidad en la gestión– dilapidados a manos llenas. Asignados a modernizar el país, han tornado en maletines para coimas y en lápidas para los extintos a causa de sus latrocinios.
Ante ello, un ministro que confunde dar la cara con echarle cara y que, en reciprocidad con Sánchez, ultraja la memoria a sus difuntos inquiriendo infamemente: «¿Dimitir para reconfortar a las víctimas? Buff… Cuánto reconfortaría de cero a cien a quien ha perdido un hijo, un padre o una pierna». ¿Cabe mayor sinvergonzonería? Empero, Sánchez se dirá cínicamente: ¡Qué buen ministro para una nueva calamidad, pardiez! Luego de manifestar cínicamente que «no es asumible para España sufrir dos accidentes ferroviarios de alta velocidad en un mismo año».
Si ya obró así hace tres meses tras la invasión de Ceuta por parte de Marruecos cuando denunció en primera instancia la violación del territorio español para luego acabar dándole las gracias a Mohamed VI, ¿por qué no volverlo a hacer manteniendo en el cargo a los dos ministros que lo consintieron y se fundieron en un abrazo en Toledo? Como han acreditan trágicamente en Adamuz y Urda, así como dramáticamente en Ceuta, los sanchistas prototípicos Puente y Marlaska, tanto monta, monta tanto el uno como el otro, ejemplifican ser esos grandes canallas que Samuel Johnson le pronosticó que sería aquel futuro gobernador de Escocia que temía no estar a la altura de su encomienda. Negando lo que afirma por medio del doble lenguaje, el líder del partido del Hamor está revelándose mortífero tanto para la seguridad física de los españoles como de sus fronteras, mientras se jacta de que España «va mejor que bien».











