Ese expresidente del que usted me habla
Lo que ZP le ha contado al juez, ciertamente, se lo podría haber contado el mismo día que declaró después del registro que hizo aflorar su joyero. Si ha esperado tres meses –y lo ha hecho cuando el juez se ha hartado de esperar– ha sido porque buscaba la versión que menos pudiera perjudicarle. No la que más le beneficiaba, porque eso no es posible; la que menos le perjudique. Y en una confesión muy calculada, con tiralíneas, le ha dicho al instructor: «Esto me lo regaló en el 2007, en España, un Rey árabe que ya ha muerto». Queda como un trapo pero esquiva el delito fiscal –por haber prescrito– y el de contrabando. Y le dice al juez que pregunte él a Arabia Saudí a ver si le contestan y con eso se dilata el proceso. Todo lo que declara no está sustentado por documento alguno y es, evidentemente, un mal menor: su figura política queda hundida pero se libra de cualquier repercusión penal.
No es el asunto de las joyas el que más consecuencias puede acarrearle, ni mucho menos, pero es el más vistoso y se ha llevado por delante el arrobo que provocaba en muchos de sus seguidores con su continuo voto de pobreza y todos esos cuentos socialistas. La investigación en torno a las comisiones derivadas de su gestión para obtener el rescate de la compañía Plus Ultra tienen una envergadura infinitamente superior, como también la estructura de negocio de Análisis Relevante –están siendo investigadas sus hijas, cosa que lógicamente lo tiene maltrecho–, caso en el que sus allegados están colaborando con la Justicia. Ahí reside su principal preocupación. Pero las joyas son vistosas, resplandecientes, e invitan a todo tipo de suposiciones, incluidas las que tienen que ver con un pago en especie. No obstante, incluso ese relato remitido al juez requiere observaciones.
Un antiguo responsable de Protocolo de Presidencia del Gobierno me recalca detalles interesantes. Los regalos a presidentes se intercambian por los departamentos de protocolo, rara vez se realizan en mano. Es posible pero no probable. Los regalos se negocian en la preparación de los viajes, incluso se adelanta el contenido del obsequio para evitar desequilibrios, y, por supuesto, se insiste en que no sean costosos. ZP legisló, además, en este sentido. Regalos como cualquier tipo de joya no se entregan a pelo, van debidamente guardados en estuches y no es normal ni habitual entregar más de uno. En el caso de la supuesta generosidad del extinto Rey Abdalá y todo el catálogo intervenido a ZP, deberían haber sido varios, muchos estuches, y eso no es contemplable. De haber comunicado previamente la naturaleza del regalo nunca se habría aceptado por la sencilla razón de no haber podido corresponder.
Sea lo que fuere, ZP está a dos metros de ser definido por Sánchez como «ese expresidente del que usted me habla».











