La Inteligencia Artificial pone a prueba la autenticidad de las evidencias digitales
Un mensaje de WhatsApp, un correo electrónico, una fotografía o una grabación de audio pueden convertirse en pruebas relevantes en un procedimiento judicial. Pero en un momento en el que la Inteligencia Artificial permite generar imágenes, clonar voces o alterar documentos con un nivel de realismo cada vez mayor, surge una pregunta difícil de ignorar: ¿cómo demostrar que una evidencia digital es auténtica?
La cuestión adquiere especial importancia cuando el contenido puede ser decisivo para acreditar unos hechos. Una captura de pantalla puede existir realmente y, sin embargo, no demostrar que la conversación que reproduce haya tenido lugar. Un audio puede reproducir fielmente la voz de una persona y haber sido generado artificialmente. Una fotografía puede parecer perfectamente real y no corresponder a ningún acontecimiento ocurrido.
La digitalización de las relaciones personales, profesionales y empresariales ha hecho que este tipo de evidencias sean cada vez más habituales en los tribunales. Al mismo tiempo, la facilidad para manipularlas obliga a prestar mucha más atención a su origen, integridad y contexto.
La IA cambia las reglas de la prueba digital
La manipulación de archivos digitales no es nueva. Desde hace años existen programas capaces de modificar fotografías, documentos o grabaciones. La diferencia es que las herramientas de inteligencia artificial generativa han reducido las barreras técnicas y han elevado considerablemente la calidad de los contenidos falsificados.
Los llamados deepfakes permiten crear vídeos en los que una persona parece realizar declaraciones que nunca hizo. La clonación de voz puede generar audios que imitan con gran precisión a una persona real. También es posible crear imágenes sintéticas o modificar determinados elementos de una fotografía sin que el resultado presente necesariamente señales evidentes de manipulación.
El problema para la justicia no consiste únicamente en detectar una falsificación evidente. El verdadero desafío aparece cuando un contenido artificial resulta suficientemente convincente como para que no pueda determinarse su autenticidad simplemente observándolo.
Por eso, la pregunta ha dejado de ser únicamente qué muestra un archivo y pasa a ser también de dónde procede, cómo se obtuvo y si ha sido alterado en algún momento.
Un mensaje o una captura no cuentan toda la historia
Las conversaciones mantenidas a través de aplicaciones de mensajería son un buen ejemplo. Una captura de pantalla puede mostrar nombres, fotografías de perfil, fechas y mensajes aparentemente reales. Sin embargo, la imagen no permite por sí sola reconstruir todas las circunstancias en las que se produjo esa conversación.
También pueden existir aplicaciones o herramientas capaces de generar interfaces que imitan conversaciones reales. Por ello, cuando el contenido tiene relevancia judicial, resulta importante conservar la evidencia original y, cuando sea posible, analizarla directamente en el dispositivo o sistema del que procede.
Lo mismo ocurre con los correos electrónicos. La apariencia de un mensaje no demuestra por sí misma quién lo envió ni garantiza que su contenido no haya sido modificado. Determinados datos técnicos, registros de servidores, mecanismos de autenticación del correo y otros elementos, pueden ayudar a reconstruir su procedencia, aunque ninguno de ellos debe interpretarse de forma aislada La evidencia digital debe analizarse en su conjunto.
¿Cómo se puede comprobar si una prueba ha sido manipulada?
No existe una única prueba universal que permita determinar si cualquier archivo es auténtico. La metodología depende del tipo de evidencia y de las circunstancias en las que fue obtenida.
El análisis puede incluir el estudio de metadatos, registros de actividad, fechas y versiones, características técnicas del archivo y otros elementos que permitan reconstruir su origen. También pueden utilizarse funciones hash para comprobar que un archivo analizado posteriormente mantiene exactamente el mismo contenido que tenía cuando se realizó una determinada copia o adquisición.
En el caso de fotografías, audios o vídeos, pueden analizarse aspectos relacionados con su estructura, compresión, edición y coherencia técnica. Cuando existe sospecha de contenido generado por IA, también pueden buscarse indicios compatibles con procesos de generación o manipulación artificial. Sin embargo, los detectores automáticos de contenido generado por IA no deben considerarse una prueba infalible: sus resultados deben interpretarse dentro de un análisis técnico más amplio.
Por eso resulta fundamental conservar el archivo original y documentar correctamente cómo se obtuvo. Cuantas más transformaciones haya sufrido una evidencia, más difícil puede resultar reconstruir su historia.
El papel del perito informático en un procedimiento judicial
Cuando la autenticidad o integridad de una evidencia digital es relevante para un procedimiento, la intervención de un perito informático puede aportar el análisis técnico necesario para estudiar su procedencia, conservación y posibles alteraciones.
Su función no consiste en decidir si una prueba debe ser admitida por un tribunal ni en sustituir la valoración judicial. Su cometido es analizar técnicamente la evidencia y plasmar sus conclusiones en un informe que pueda ser comprendido y, cuando corresponda, defendido ante el órgano judicial.
Esto puede implicar examinar dispositivos, archivos, registros, sistemas informáticos o conversaciones digitales, siempre en función del caso concreto. También resulta importante documentar las actuaciones realizadas sobre la evidencia para que pueda conocerse qué se obtuvo, cómo se preservó y qué metodología se siguió posteriormente.
En un escenario en el que una imagen, un audio o un documento pueden haber sido manipulados con Inteligencia Artificial, esa trazabilidad adquiere una importancia todavía mayor.
La cadena de custodia sigue siendo fundamental
La tecnología utilizada para fabricar contenidos puede cambiar, pero existe una cuestión que continúa siendo esencial: preservar correctamente la evidencia desde el momento de su obtención.
Manipular innecesariamente un archivo, trabajar sobre la única copia disponible o no documentar adecuadamente cómo se consiguió, puede dificultar posteriormente la defensa de su integridad. Por el contrario, una adecuada preservación permite mantener una referencia sobre la que realizar los análisis posteriores.
Las metodologías de informática forense contemplan procedimientos para identificar, recoger, adquirir y preservar evidencias digitales. Normas como ISO/IEC 27037, ofrecen directrices para estas fases, aunque su aplicación concreta debe adaptarse a las características de cada investigación.
El cálculo de una huella hash es una de las técnicas que pueden utilizarse para controlar la integridad de una copia digital. Si el contenido cambia, la huella obtenida posteriormente será diferente. Pero el hash no demuestra por sí mismo que el archivo sea auténtico: debe formar parte de un proceso de adquisición y preservación correctamente documentado.
Más incidentes digitales, más importancia de conservar las evidencias
El contexto de ciberseguridad ayuda a entender por qué la evidencia digital tiene cada vez más relevancia. Según el balance de 2025 de INCIBE, durante ese año se gestionaron 122.223 incidentes de ciberseguridad en España, un 26 % más que en 2024. Entre ellos, se contabilizaron miles de casos relacionados con fraude y otros tipos de delitos digitales.
Estas cifras no equivalen a un dato sobre la contratación de servicios de peritaje informático, pero sí reflejan un entorno en el que empresas y particulares están cada vez más expuestos a incidentes que pueden generar evidencias digitales relevantes. Cuando esos hechos terminan en una reclamación o procedimiento judicial, conservar y analizar correctamente la información puede resultar determinante.
La creciente presencia de contenidos generados o manipulados mediante IA, añade una dificultad adicional: no solo hay que preservar una evidencia, sino que en determinados casos también habrá que analizar si el contenido que contiene corresponde realmente a un hecho ocurrido.
La prueba digital entra en una nueva etapa
La Inteligencia Artificial no ha restado valor a las pruebas digitales, pero sí ha cambiado las condiciones en las que deben analizarse. Una imagen ya no es necesariamente la representación de un hecho. Una voz no demuestra por sí sola que una persona pronunciara determinadas palabras. Y una captura de pantalla no acredita automáticamente que la conversación que reproduce sea auténtica.
La respuesta no pasa por desconfiar de cualquier evidencia digital, sino por exigir más contexto, trazabilidad y análisis técnico cuando las circunstancias lo requieran.
En los procedimientos judiciales, la cuestión será cada vez menos si un archivo parece real y más si existen elementos suficientes para explicar su origen, la preservación de su integridad y determinar si ha sufrido algún tipo de manipulación. En esa nueva batalla por la autenticidad, la informática forense se convierte en un elemento cada vez más relevante para conectar la evidencia digital con los hechos que se pretenden demostrar.












