Ceuta huele a mierda
RV.- Ceuta no huele a mar, ni a sal, ni a ciudad abierta al Mediterráneo. Huele, sencillamente, a mierda.
A mierda de verdad. De esa que se mete por la nariz, se queda en la garganta y convierte un paseo por determinadas calles en una prueba de resistencia. Un olor nauseabundo que obliga a caminar deprisa, cerrar las ventanas y preguntarse cuánto tiempo más piensa una ciudad soportar semejante situación como si fuera normal.
Lo verdaderamente insoportable sin embargo no es solo el olor sino la sensación de abandono que transmite.
Una ciudad no puede acostumbrarse a que sus vecinos tengan que convivir con malos olores persistentes y espacios públicos que degradan la vida cotidiana. No hablamos de una molestia anecdótica. Hablamos de que cuando el olor se convierte en parte del paisaje, el problema deja de ser anecdótico y pasa a ser político.
Miles de ceutíes se preguntan una y otra vez: ¿quién está haciendo algo para solucionarlo? Lo mínimo que pueden exigir al Gobierno es algo tan elemental como poder respirar sin que la ciudad huela a vertedero.
Ceuta merece que alguien se tome en serio un problema que puede resultar repugnante para cualquiera que tenga que padecerlo a diario.
Lo que no sirve es esconder el problema debajo de la alfombra —aunque, visto el olor, quizá ni siquiera haya una alfombra capaz de ocultarlo— y confiar en que el viento haga el trabajo del Ejecutivo.
El olor no entiende de discursos, presupuestos ni comunicados de prensa. Huele. Y huele fatal.
Si existe un problema de saneamiento, hay que meter el bisturí a fondo. Si la suciedad lo inunda todo, hay que acicalar a fondo las calles. Si hay plagas de roedores por todos los rincones propagando enfermedades, hay que fumigarlos. Porque mientras unos discuten quién tiene la culpa, los vecinos siguen respirando.
Y estos días, en Ceuta, respirar se convierte en una auténtica putada.












