Sánchez prepara la entrega de Ceuta y Melilla (Videocomentario de Joaquín Abad)
Las entregas territoriales no comienzan necesariamente con una firma en un palacio, una bandera que se arría o un ministro anunciando solemnemente una cesión. Muchas veces empiezan mucho antes. Comienzan cuando se modifica el lenguaje, cuando lo que durante décadas parecía indiscutible empieza a presentarse como discutible y cuando se acostumbra lentamente a la sociedad a considerar posible aquello que poco tiempo antes habría parecido intolerable.
Por eso merece una atención especial lo que acaba de publicar Javier Pérez Royo en elDiario.es. El artículo lleva por título “Ceuta y Melilla siguen siendo territorio africano”, pero su contenido va bastante más lejos que la obviedad geográfica de recordar que ambas ciudades se encuentran en África.
Pérez Royo escribe una frase incendiaria: “Ceuta puede ser ‘españolísima’, pero no es ‘española’. Repito: la población sí, pero el territorio, no”. Añade que Ceuta y Melilla serían realmente “plazas de soberanía española” y sostiene que mientras España pueda mantener esa soberanía seguirán siendo españolas, pero que, si algún día deja de poder mantenerla, dejarán de serlo.
Esto ya no es geografía. Esto es política. Y el momento elegido tampoco puede ignorarse.
El mismo 22 de agosto en que se publicó el artículo de Pérez Royo, el Gobierno español había tenido que responder a una nueva reivindicación procedente de Marruecos. El ministro marroquí de Justicia había vuelto a presentar Ceuta y Melilla como un supuesto “derecho histórico y geográfico” de Marruecos.
Horas después aparece en uno de los principales periódicos progresistas españoles un catedrático de Derecho Constitucional explicando a sus lectores que Ceuta podrá ser “españolísima”, pero que no es “española”.
No hace falta imaginar conspiraciones para comprender la importancia política de semejante mensaje.
La cuestión verdaderamente importante es otra: qué ideas empiezan a circular dentro del espacio político, intelectual y mediático del partido sanchista, y para qué pueden terminar sirviendo esas ideas.
Porque así se prepara una sociedad para aceptar una decisión histórica. Primero se relativiza la españolidad del territorio. Después se recuerda que está en África. Luego se introduce el argumento de que mantenerlo resulta demasiado costoso. Más adelante aparece la idea de que España no estaría dispuesta a defenderlo militarmente. Finalmente, se planteará que la solución razonable consiste en negociar su entrega a Marruecos, como en su día se entregó el Sáhara español.
Y cuando llegue ese momento, la palabra “entrega” habrá desaparecido. Se hablará de acuerdo histórico, normalización de relaciones, solución definitiva de un contencioso, estabilidad del Mediterráneo occidental, cooperación estratégica con Marruecos o protección de los intereses de los propios ceutíes y melillenses.
El lenguaje siempre llega antes que la decisión.
Eso es precisamente lo inquietante del artículo de Pérez Royo. El catedrático llega incluso a sostener que los españoles no estaríamos dispuestos a aprobar una declaración de guerra para conservar Ceuta y Melilla y concluye que “no hay respuesta bélica” para mantenerlas.
Es decir, introduce en el debate una segunda idea enormemente útil para Rabat: no solamente el territorio tendría una españolidad diferente de la Península, sino que España tampoco estaría verdaderamente dispuesta a defenderla.
Marruecos no necesita escuchar mucho más y aquí aparece inevitablemente Pedro Sánchez.
Desde el giro español sobre el Sáhara Occidental, la política del Gobierno hacia Marruecos ha descansado en una apuesta por mantener una relación privilegiada con Mohamed VI y evitar molestar a Rabat. Incluso después de la reciente invasión de miles de marroquíes, Sánchez ha agradecido la cooperación con Marruecos.
Existe un plan de Pedro Sánchez para entregar Ceuta y Melilla. Por eso la aparición ahora de un discurso que rebaja la naturaleza española de ambas ciudades precisamente cuando Marruecos vuelve a reclamar su soberanía no es casual, está dirigido por La Moncloa.
Y las grandes decisiones políticas necesitan siempre una preparación previa.
Antes de entregar un territorio hay que conseguir que una parte de la población considere que quizá nunca fue completamente nuestro. Antes de negociar una entrega hay que convencer a los ciudadanos de que defender ese territorio sería demasiado caro. Antes de aceptar una cesión hay que sustituir el concepto de soberanía por el de pragmatismo.
Lo peligroso comienza cuando, desde dentro de España, algunos empiezan a explicar por qué quizás Marruecos podría tener algún día aquello que lleva décadas reclamando, porque entonces la frontera más importante ya no está en el Tarajal. Está en la cabeza de los españoles.











