750 camiones con setenta y cinco mil personas a bordo hasta la frontera de Ceuta (Videocomentario de Joaquín Abad)
Pretenden que creamos que lo ocurrido en Ceuta fue una travesura de las redes sociales. Unos mensajes en TikTok, una interpretación falsa de una sentencia del Tribunal Supremo y miles de jóvenes marroquíes que, de manera espontánea, decidieron abandonar sus ciudades, recorrer cientos de kilómetros, concentrarse junto a la frontera y lanzarse al mar casi al mismo tiempo. Es una explicación insultante.
Las redes sociales pueden difundir un rumor, pero no organizan por sí solas el desplazamiento de decenas de miles de personas. No ponen vehículos, no abren carreteras, no eliminan controles policiales, no apartan a los gendarmes y no garantizan que una multitud pueda llegar hasta una frontera internacional sin ser detenida. Y tampoco sirve culpar a las mafias.
Las mafias de la inmigración clandestina trabajan por dinero. Cobran una plaza en una patera, utilizan embarcaciones neumáticas, organizan salidas nocturnas y, en algunos casos, emplean barcos nodriza para acercar inmigrantes hasta Canarias. Ese es su negocio: grupos controlados, trayectos concretos y beneficios económicos. Lo de Ceuta fue otra cosa.
Cuando decenas de miles de jóvenes aparecen concentrados en un punto exacto, a una hora precisa y frente a una frontera que de pronto ha dejado de estar vigilada, ya no estamos ante una simple operación de traficantes. Estamos ante una movilización de dimensiones extraordinarias.
Mover a setenta y cinco mil personas exige una capacidad logística enorme. Si se transportaran cien personas en cada camión, serían necesarias setecientas cincuenta cargas completas. Eso no significa que todos viajaran de esa manera, pero permite comprender la magnitud del desplazamiento.
Se han visto imágenes de camiones cargados de jóvenes. Se han visto carreteras ocupadas. Se han visto concentraciones masivas. Y, sobre todo, se ha comprobado que los controles marroquíes, tan eficaces cuando Rabat quiere impedir una salida, desaparecieron precisamente cuando aquella multitud se dirigía hacia Ceuta.
Eso es lo que el Gobierno español no quiere explicar.
Marruecos dispone de policía, gendarmería, fuerzas auxiliares, servicios secretos y una extensa red de confidentes. Controla sus carreteras, sus costas, sus poblaciones fronterizas y cualquier movimiento que pueda alterar el orden público. En Marruecos no se desplazan decenas de miles de personas hacia una frontera sensible sin que las autoridades lo sepan. En marruecos no pasan desapercibidos setecientos cincuenta camiones cargados de jóvenes. Es materialmente imposible.
Por eso solo existen dos posibilidades: o el Estado marroquí sufrió un colapso de seguridad de proporciones históricas, o determinados sectores de su aparato organizaron su desarrollo.
Una frontera internacional no es desbordada por decenas de miles de personas únicamente porque circule un mensaje por WhatsApp. Para que algo así suceda hace falta organización, información previa, transporte, concentración, ausencia de controles y una decisión política de mirar hacia otro lado.
No es necesario encontrar una orden escrita con membrete del Gobierno marroquí para entender lo ocurrido. Basta aplicar el sentido común.
Si setenta y cinco mil personas se movilizan, alguien lo sabe, si llegan hasta la frontera, alguien lo permite, si los agentes desaparecen, alguien lo ordena, y si después se culpa a las mafias y a las redes sociales, alguien está intentando ocultar la verdadera dimensión de la operación.
Detrás del silencio, de los camiones y de los controles desaparecidos está un poder mucho más importante que cualquier mafia. No seamos ingenuos.











