Objetivo de la selección española en la final del Mundial: que Argentina, como en las Malvinas, vuelva a quedar segunda
AD. La selección española afronta la final del Mundial de fútbol con una serenidad que contrasta vivamente con el clima que rodea a la marrullera selección albiceleste. España, aunque muy superior técnicamente al combinado sudamericano, debe evitar en caer en el juego sucio y marrullero propio de los argentinos.
Mientras España mantiene esa mezcla de hidalguía, oficio y respeto por el rival que ha caracterizado históricamente a nuestro deporte, buena parte de la afición argentina —incluida la que reside en nuestro país desde hace años— parece empeñada en convertir cada partido en una batalla identitaria, un ajuste de cuentas perpetuo, una exhibición de marrullerismo emocional que nada aporta al fútbol y mucho resta a la convivencia.
No es casualidad que el objetivo español, dicho con ironía pero también con intención, recuerde a aquel episodio histórico en el que Argentina, pese a su empeño, terminó segunda. La referencia a la guerra de las Malvinas no busca reabrir heridas, sino subrayar un patrón: la diferencia entre la sobriedad española y la tendencia argentina a envolverse en banderas y agravios incluso cuando el contexto no lo exige.
Resulta llamativo —y no poco ingrato— que muchos de los hinchas más vociferantes de la albiceleste vivan hoy en España, país que les abrió las puertas, les ofreció estabilidad, trabajo y un futuro digno. Sin embargo, lejos de mostrar agradecimiento, algunos parecen disfrutar de denigrar lo español, como si la prosperidad que aquí encontraron les otorgara licencia para despreciar a la nación que les permitió dejar atrás la miseria.
No se trata de exigir pleitesía, sino de recordar que la lealtad y el respeto son virtudes universales, especialmente cuando uno ha sido acogido con generosidad.
Frente a ese ruido, la selección española se presenta como un ejemplo de equilibrio. No necesita recurrir a gestos grandilocuentes ni a victimismos de ocasión. Su fuerza reside en la disciplina, en la técnica, en la nobleza competitiva. España juega, no insulta, ni dramatiza: compite. No convierte cada falta en un drama nacional: se levanta y sigue. Esa actitud, tan poco estridente y tan profundamente eficaz, es la que incomoda a quienes prefieren el grito y la provocación.
Por eso, el verdadero objetivo de España no es solo ganar el partido. Es demostrar, una vez más, que la hidalguía vence al estrépito, que la elegancia derrota al resentimiento y que el fútbol, cuando se juega con nobleza, coloca a cada uno en su sitio.
Y si ese sitio, como en las Malvinas, vuelve a ser el segundo puesto para Argentina, será simplemente porque la historia —y el deporte— tienen una lógica que ni la marrullería ni el ruido pueden alterar.











