Los pueblos los mueven los emprendedores, no los políticos
Ignacio Loring.- Existe una obviedad que los políticos de izquierda tienden a simplificar. Quienes impulsan la economía, crean empresas, gestionan recursos, generan empleo y resuelven problemas cotidianos suelen mantenerse alejados de la política. Mientras tanto, la actividad política queda frecuentemente ocupada por personas cuya principal experiencia profesional es la propia política, convirtiéndola en una carrera y, en ocasiones, en un medio de vida más que en un servicio público.
Los pueblos, las ciudades y las naciones no avanzan únicamente gracias a los discursos o a las promesas electorales. Avanzan porque existen gestores capaces de organizar proyectos, emprendedores que asumen riesgos, profesionales que dirigen equipos, agricultores que producen alimentos, industriales que generan riqueza y trabajadores que sostienen la actividad económica. Son ellos quienes, con su esfuerzo diario, crean las condiciones materiales que permiten el progreso colectivo.
Sin embargo, una gran parte de estas personas evita participar en la vida política. Las razones son diversas: la falta de tiempo, el desgaste personal, la exposición pública, la polarización creciente o la percepción de que la política se ha convertido en un terreno poco atractivo para quienes están acostumbrados a medir los resultados por hechos y no por discursos.
La consecuencia de esta abstención es preocupante. Cuando los mejores gestores, los profesionales más capacitados y quienes conocen de primera mano cómo funciona la economía deciden permanecer al margen, dejan un vacío que otros ocupan. Y no siempre lo hacen los más preparados ni los más comprometidos con el interés general. En demasiadas ocasiones, la política termina atrayendo a quienes encuentran en ella una forma de asegurar su sustento, prolongar una carrera personal o acumular poder.
No se trata de despreciar la actividad política. Una sociedad democrática necesita instituciones sólidas y representantes dedicados a la gestión pública. Pero también necesita que las personas con experiencia real en la creación de riqueza y empleo participen en la toma de decisiones. La buena política requiere visión social, pero también conocimiento práctico, capacidad de gestión y cultura de resultados.
La historia demuestra que los periodos de mayor prosperidad suelen coincidir con etapas en las que las instituciones han sabido incorporar talento procedente de la empresa, la ciencia, la educación, la administración eficiente y la sociedad civil. Cuando la política se cierra sobre sí misma y se convierte en un circuito profesional desconectado de la realidad productiva, aumenta el riesgo de que las decisiones respondan más a intereses partidistas que a las necesidades de los ciudadanos.
Por ello, una de las grandes tareas de nuestro tiempo consiste en recuperar el prestigio de la participación pública. No para que los gestores abandonen sus responsabilidades económicas, sino para que aporten su experiencia al gobierno de los asuntos comunes. Porque los pueblos los mueven los gestores, los creadores de oportunidades y quienes saben transformar los recursos en bienestar. Y cuando estos renuncian a participar, la política corre el riesgo de quedar en manos de quienes la entienden únicamente como una profesión y no como un servicio.
Una democracia sana necesita políticos competentes y que los mejores ciudadanos no renuncien a influir en el destino colectivo. Allí donde los capaces se apartan, otros ocupan su lugar. Y las consecuencias, para bien o para mal, terminan afectando a todos.











