La principal amenaza para los toros no son los antitaurinos… ¡está dentro de la plaza!
Fraguas.- Durante años se ha repetido hasta la saciedad que la gran amenaza de la tauromaquia son los antitaurinos, las campañas políticas o los cambios culturales de una sociedad cada vez más distante del campo y de la liturgia taurina. Pero quizá convenga empezar a decir una verdad incómoda: el peor enemigo de los toros no está fuera, sino dentro. Está sentado en los despachos, en los corrales, en determinados callejones y, demasiadas veces, también en la resignación del propio público.
Porque lo verdaderamente letal para la Fiesta no son las pancartas de protesta, sino las infames bueyadas que se lidian cada tarde en plazas de primera. Lo que mata la emoción no es el debate moral, sino el toro descastado, inválido, manipulado y sin alma que se ha convertido en norma. Ahí está el ejemplo reciente de la Feria de San Isidro, escaparate mundial del toreo, convertida demasiadas tardes en un desfile de animales impropios de una plaza de semejante categoría. Toros sin fuerza, sin fiereza, sin presencia y, lo más grave, sin capacidad para emocionar. Y, sin embargo, el público aguanta.
Aguanta mansedumbres intolerables, simulacros de lidia, faenas eternas ante animales que hace décadas habrían provocado un escándalo monumental. El aficionado de hoy parece anestesiado. Donde antes rugían los tendidos, ahora apenas se escuchan protestas aisladas. Han desaparecido las broncas terribles que hacían temblar las plazas cuando el toro no daba la talla. Madrid era un tribunal severo; hoy demasiadas veces parece una sala de espera resignada. La infame bueyada bíblica de este jueves es el mejor ejemplo. En otra época no tan lejana en Madrid se hubiera montado la de San Quintín y más de uno hubiera salido escoltado o reventado a almohadillas. Ahora salen andando y lanzando besos. A El Viti, grande entre los grandes, y con 14 puertas grandes se las montaban gordas con los Lisardos.
Ahora se ha instalado la cultura del “todo vale”. Vale el toro sin poder. Vale el cambalache empresarial. Vale la corrida escogida para determinadas figuras. Vale el silencio cómplice de muchos sectores que prefieren mantener el negocio antes que defender la verdad del espectáculo.
Porque de eso se trata: de negocio. La tauromaquia se está convirtiendo peligrosamente en una prolongación de la corrupción institucional española, un ecosistema cerrado donde unos pocos hacen y deshacen a conveniencia mientras el aficionado paga, calla y traga. Ganaderos protegidos pese a criar auténticos borregos con pitones, empresarios atrincherados en ferias monopolizadas, figuras que imponen hierros cómodos y rehúyen cualquier atisbo de integridad, sin olvidarnos de los organismos que miran hacia otro lado mientras se degrada la esencia misma de la Fiesta.
No es menos grave la actitud silente de los medios dopados por los mismos responsables del desastre. Los cronistas taurinos de hoy han dejado de ejercer la crítica para convertirse, demasiadas veces, en notarios complacientes de la decadencia. Han sustituido el rigor por la propaganda y la independencia por la obediencia al sistema que vive de adulterar la tauromaquia mientras finge defenderla. Se concede categoría de hazaña a faenas previsibles, se bendicen toros sin casta ni integridad y se presenta como normal lo que cualquier aficionado honesto reconoce como una falsificación del rito. Lo más grave sin embargo es que no puede alegarse ignorancia: saben perfectamente lo que ocurre. Saben cuándo se rebaja el trapío, cuándo se manipula el comportamiento del toro y cuándo se vacía de verdad el espectáculo, pero aun así otorgan su silencio o su aplauso para mantener intacto el negocio.
Al menos aquellos antiguos cronistas severos, incluso temidos, conservaban un sentido de responsabilidad hacia la Fiesta y hacia el público; podían equivocarse, pero se hacían respetar porque no estaban dispuestos a llamar grandeza a la mediocridad. Hoy demasiados prefieren engañar conscientemente al aficionado antes que incomodar a las figuras, las empresas o los despachos.
La tauromaquia ya no parece una lucha entre hombre y bestia, sino una representación adulterada, previsible y domesticada. El toro bravo era el eje moral de la tauromaquia. Sin toro íntegro no hay épica, ni riesgo, ni autenticidad. Solo queda una coreografía hueca sostenida por intereses cruzados.
La tragedia es que todavía hay aficionados fieles que siguen llenando plazas, soportando carteles mediocres y ganaderías infames con una paciencia casi religiosa. Son ellos quienes mantienen vivo el edificio mientras algunos de sus supuestos defensores lo vacían por dentro.
Y quizá por eso conviene recordar hoy más que nunca aquella frase antigua, brutal y certera que resume toda la verdad de este mundo: “En la tauromaquia, el más honrado es el toro”.












