María Jesús Montero, el peor accidente laboral de Sánchez
Mayte Alcaraz.- Los andaluces han puesto fin a la escapada hacia ninguna parte de María Jesús Moreno Cuadrado (Sevilla, 1966), la mujer más poderosa de la historia democrática de España, como ella misma dice, pero también la que se ha dado el testarazo más duro en consonancia con la altura desde la que se ha precipitado: dos escaños por debajo del suelo histórico de Juan Espadas. Hoy, tiene por delante cuatro años en el banco de la oposición del Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla. O volver a Madrid: para ello se ha guardado el escaño en el Congreso.
Acompañada por Zapatero y Sánchez, no ha parado durante toda la campaña de dar saltos en los mítines y arrojar pedradas dialécticas contra los andaluces. Hasta que rizó el rizo de la ignominia: a cuatro días de la cita con las urnas, la exvicepresidenta ofendió a los 30.000 guardias civiles y policías que prestan servicio en Andalucía al calificar en un debate electoral en Canal Sur como «accidente laboral» la muerte de dos agentes del Instituto Armado cuando perseguían una narcolancha en Huelva. Ya había hecho algo parecido cuando dijo que tenía que cambiarse la legislación para que las 46 víctimas de Adamuz también fueran declaradas accidentados profesionales.
De nada sirvió que rectificara en las redes sociales o que echara la culpa a Antonio Maillo, el candidato comunista, porque durante el debate había hablado en genérico de los accidentes laborales. Son las cosas de esta licenciada en Medicina, que no médico de profesión. Las mentiras tienen las patas tan cortas que pronto desenmascararon a la exvicepresidenta. Cuando hace un mes largo abandonó el Gobierno para encabezar la candidatura al Palacio de San Telmo justificó que no dejaba el escaño en el Congreso para blindar su puesto de médica en el hospital Virgen del Rocío, cuya excedencia estaba ligada a que se mantuviera en un cargo institucional. Su mentira, como tantas veces le ha pasado a la dirigente andaluza, se topó con la verdad y perdió. Resulta que, pillada en el embuste, María Jesús ha terminado contando que a lo que se dedicaba realmente era «a ordenar la accesibilidad de la llegada de los pacientes a los servicios de admisión, el tráfico y el tránsito del paciente por el sistema sanitario». Una labor fundamental en un hospital, sin duda, pero más ligada a llevar manguitos que bata blanca.
La hoy candidata perdedora fue durante ocho meses técnico de función administrativa y luego ascendida a subdirectora del Hospital Universitario Virgen de Valme en Sevilla, hasta que dio el salto para asumir la Gerencia del Virgen del Rocío, buque insignia de la sanidad andaluza. En poco tiempo pasó a la Junta, consecutivamente a los equipos de tres presidentes socialistas: Manuel Chaves, José Antonio Griñán y Susana Díaz. Primero fue en 2002 viceconsejera de Salud de Chaves para terminar de titular de Hacienda, puesto en el que permaneció con Griñán y después con Susana Díaz. Cuando dio el salto a la política nacional, no era sanchista, sino todo lo contrario. Un caso inédito, dado que Pedro buscaba entonces perfiles de lealtad inquebrantable: léase Ábalos, Cerdán y Salazar, e incluso Carmen Calvo. Inopinadamente Marisu, como la llaman en Triana, barrio en el que vivió su infancia, empezó a acumular poder al lado del actual presidente. Primero, en su primer Ejecutivo en 2018, como ministra de Hacienda, después, como portavoz, seguidamente de vicepresidenta cuarta y, para terminar, como primera de las vicepresidentas y vicesecretaria del PSOE, hasta que el 27 de marzo pasado abandonó el Gabinete. Todo se lo debe a Sánchez. No en vano, el presidente sabe que no necesita abuela teniendo a María Jesús cerca. Llegó a decir de él que es «el hombre más valiente que conozco, y sé de lo que hablo», «el hombre que siempre gobierna España pensando en el bien común y no perdiendo el rumbo de cuál es la tarea que el PSOE asume cuando está a cargo de las instituciones. Una persona, lo sabéis, que nunca se ha puesto de rodillas».
La exministra que llegó al Gobierno a lomos de la moción de censura y a la que Sánchez calificó en su despedida como «la mejor política» que ha conocido nunca, es la misma que no ha presentado presupuestos desde 2023 incumpliendo el artículo 134 de la Constitución; ha subido los impuestos de manera confiscatoria -los españoles pagan a Hacienda un 17 por ciento más que los ciudadanos del resto de la UE-; ha tenido de número tres a un investigado por cobrar mordidas a cambio de archivar pleitos fiscales; ha nombrado a un amigo de la fontanera Leire Díez que fue detenido, como presidente de la SEPI; ha compartido despacho en Ferraz primero con Ábalos y luego con Cerdán; ha impulsado la financiación privilegiada de Cataluña y ha dejado a España al borde de un expediente de la UE por el coste de los decretos anticrisis de Irán.
La trianera hija de profesores conoció al que fue su marido, 4e el hoy abogado de CC.OO., Rafael Ibáñez Reche, en la Universidad, cuando este militaba en las juventudes comunistas y ella en las cristianas andaluzas -dualidad matrimonial. Tuvieron dos hijas, pero la pareja terminó separándose. Recientemente, Montero contó que Rafael, militante de Sumar, es su actual «mejor amigo». La exvicepresidenta gasta un desparpajo verbal inversamente proporcional a la claridad de los conceptos con que trata de adoctrinar. Ahora, Montero arrastra los pies a una de las plazas más difíciles para Sánchez desde que los Gobiernos socialistas perdieron el poder tras un régimen de casi 40 años, emponzoñado por el clientelismo, el paro endémico y la corrupción de los ERE.
Así es la reina de la gesticulación y la verborrea, la que más bulos ha propagado contra la derecha, la que estuvo dispuesta a desvelar datos protegibles del novio de Ayuso, la que defiende con denuedo la amnistía, el pacto fiscal y la condonación de deuda -a mayor gloria de los separatistas- y la que aplaude que el Constitucional haya borrado los delitos de Chaves, Griñán y Magdalena Álvarez. Ellos la han acompañado en una campaña que ha sido un monumento a la derrota. La doctora en sanchismo, a la vista de los resultados de anoche, ha terminado siendo el peor accidente laboral de Pedro Sánchez.











