Tendido 7: la última conciencia crítica de la plaza de toros de Las Ventas
AD.- Mientras la uniformidad amenaza con devorarlo todo, el Tendido 7 de la plaza de Las Ventas se mantiene como uno de los últimos reductos de exigencia, memoria y verdad dentro de la tauromaquia. De cara a la Feria de San Isidro, su papel no solo debe preservarse, sino intensificarse. Hoy más que nunca, urge que extreme su capacidad crítica frente a toreros, ganaderos y empresarios.
La llamada “fiesta nacional” atraviesa una crisis que no es únicamente de público o de relevancia social, sino también —y quizá sobre todo— de autenticidad. Durante años, se ha ido consolidando un ecosistema endogámico donde intereses cruzados entre figuras del toreo, apoderados, ganaderos y empresas han generado un circuito cómodo, previsible y, en demasiadas ocasiones, complaciente. En ese contexto, la crítica independiente no es bienvenida. Es, sin embargo, imprescindible.
Los medios de comunicación especializados, en gran parte, han dejado de ejercer ese papel fiscalizador. Muchos dependen directa o indirectamente de los mismos actores a los que deberían analizar con rigor. El resultado es una narrativa dulcificada, cuando no directamente propagandística, que distorsiona la realidad del ruedo y desarma al aficionado.
Ahí es donde el Tendido 7 adquiere una relevancia capital. No como mero foco de protesta, sino como conciencia colectiva que recuerda que el toro debe ser íntegro, que la lidia debe tener emoción y que el triunfo debe responder a la verdad, no a la conveniencia. Su exigencia incomoda, sí, pero también dignifica.
Sin esa voz crítica, la tauromaquia corre el riesgo de convertirse en un espectáculo vacío, sostenido por inercias y protegido por silencios interesados. Y ese camino conduce, inevitablemente, a la irrelevancia. O peor aún: a una corrupción estructural comparable a la que tanto se critica en otros ámbitos de la sociedad.
La Feria de San Isidro no puede ser una sucesión de tardes complacientes ni de triunfos inflados. Debe ser el termómetro real del estado del toreo. Y para ello, el Tendido 7 debe ejercer su función sin concesiones: señalando lo que no funciona, denunciando la falta de casta, cuestionando decisiones empresariales y exigiendo respeto al toro y al aficionado.
No se trata de destruir, sino de depura, ni de imponer un criterio único, sino de mantener viva la pluralidad desde la exigencia. Solo desde la crítica honesta y exigente puede regenerarse un espectáculo que, cuando es verdadero, sigue siendo único.
Si el Tendido 7 calla o se modera, pierde la tauromaquia. Si resiste y se fortalece, aún hay esperanza.











