Vinícius Jr. ya no es una estrella: es un lastre para el Real Madrid
Lo que empezó como rebeldía juvenil hoy es simple irresponsabilidad. Vinícius Jr. ha cruzado una línea peligrosa: la de creer que el Real Madrid le pertenece. Y cuando un jugador confunde el escudo con su ego, el problema deja de ser deportivo y pasa a ser institucional.
El partido frente al Levante marcó un antes y un después en la relación entre el brasileño y la afición del Santiago Bernabéu, que castigó al extremo con una pitada constante durante los 90 minutos.
El brasileño llevaba varias jornadas en el foco por su actitud sobre el terreno de juego. Los pitos, cada vez más recurrentes, ya habían acompañado al jugador en partidos anteriores, pero ante el Levante la situación alcanzó un punto de no retorno. La afición le señaló definitivamente como uno de los responsables de la salida de Xabi Alonso, algo que la grada no perdona.
El castigo comenzó antes del pitido inicial. Durante las alineaciones, el nombre de Vinicius no fue recibido con júbilo y el grito de ‘Junior’, sino con una sonora pitada que dejó tocado al futbolista, tal y como captaron las cámaras de Real Madrid Televisión. A partir de ahí, cada intervención del brasileño fue acompañada por una pitada monumental, generando un ambiente irrespirable alrededor de la figura del tercer capitán del Real Madrid.
El brasileño vive instalado en el conflicto. No juega partidos: juega batallas personales. No desborda ni al arcoíris. Cada balón dividido es una excusa para protestar, cada falta es un drama, cada grada rival un enemigo imaginario. Mientras tanto, el equipo se parte, el ritmo se rompe y el Madrid se autoboicotea con un jugador más pendiente del ruido que del fútbol.
No es carácter. Es indisciplina emocional.
Los grandes del Real Madrid dominaron el juego y el contexto. Vinícius no domina ninguno. Se desquicia, contagia nerviosismo y obliga al equipo a adaptarse a su caos. El rival ya no necesita frenarlo con fútbol: le basta con provocarlo cinco minutos.
Y aquí viene lo verdaderamente incómodo: Vinícius juega peor cuanto más se siente protegido. Intocable para el club, intocable para parte de la prensa, intocable para un sector de la afición que confunde crítica con traición. Esa protección lo ha convertido en un futbolista inmaduro con licencia para perder el control.
El Real Madrid no puede permitirse una estrella que resta más de lo que suma en los partidos grandes. No puede permitirse a alguien que acumula tarjetas por protestar mientras el equipo se juega títulos. No puede permitirse que su imagen internacional esté siempre asociada al escándalo, la bronca y el victimismo constante.
Porque sí: hay provocaciones externas, hay contextos injustos, pero los verdaderos cracks trascienden eso. Vinícius se hunde en ello.
La pregunta ya no es si Vinícius tiene talento. La pregunta es si el Real Madrid puede seguir creciendo con un jugador que no ha crecido mentalmente en años. Y la respuesta empieza a ser evidente.
Venderlo no sería traición. Sería higiene competitiva. Sería recordar una verdad básica del madridismo: ningún jugador está por encima del club. Ni siquiera uno que un día prometió ser leyenda y hoy amenaza con convertirse en advertencia.
El Real Madrid no necesita mártires. Necesita futbolistas que ganen partidos. Y Vinícius, hoy, hace demasiado ruido y demasiado poco fútbol.











