Vidas Privadas: Irina Panasyuk, la sonrisa en la penumbra
David Espriu.- El Teatre Principal de Palma en penumbra es una criatura distinta.
Sin el bullicio del público, el silencio se hace material, denso y aterciopelado. Las hileras de butacas de terciopelo rojo—un rojo pasado de glorias, desgastado en los reposabrazos por siglos de aplausos contenidos—se despliegan hacia la oscuridad del patio.

Arriba, los palcos dorados, como joyas vacías, observan. El único resplandor, tenue y polvoriento, cae del óculo de la cúpula, iluminando el telón de boca con su águila bicéfela y su lema: Sic vos non vobis. Aquí, para vosotros, pero no para vosotros.
Me acomodo en la primera fila, donde el cuero cruje con un suspiro antiguo. La atmósfera no es de abandono, sino de espera; el teatro contiene su respiración.
Y entonces, ella aparece.
No surge del escenario, sino de un lateral, de entre las sombras de un pasillo.
Irina Panasyuk avanza con una elegancia silenciosa que parece deslizarse sobre la moqueta. Su esbeltez, natural y grácil, se recorta, majestuosa, contra el fondo oscuro, y por un instante, la penumbra le hace de aura. Lleva un abrigo sencillo, de líneas puras. Se sienta a mi lado en la butaca vecina, y el rojo intenso del terciopelo parece avivarse con su presencia. Al saludarme, su sonrisa—ancha, luminosa, desarmante—es como si alguien encendiera, de repente, una lámpara en el corazón de la oscuridad.
Huele ligeramente a jazmín y a aire fresco.
David: (En un susurro casi involuntario, que el silencio absorbe) Irina… Este escenario. Me dijiste que te sentías cómoda aquí, pero esto es otra cosa. No estás frente al teatro, estás dentro de su secreto.
Irina: (Su voz, un contralto suave en la quietud, llena el espacio a su alrededor sin esfuerzo) Es mi lugar favorito del mundo cuando está así. Vacío. Todas las salas de conciertos tienen dos almas: la del bullicio y la del silencio preparado. Esta es la verdadera. Aquí se escucha el eco de todo lo que ha sido y de todo lo que podría ser. (Mira hacia el telón) Es íntimo, ¿verdad? Como la sala de estar más bella y terrible del mundo.
David: Terrible, ¿por qué? Por la responsabilidad, ¿la página en blanco?
Irina: Exacto. Esa inmensidad vacía te observa. Te pregunta: ¿qué vas a poner aquí? ¿Merece la pena llenar este silencio? Cuando canto aquí con la Capella, en ese momento antes de que suba el telón, siento ese vértigo. Y luego, la primera nota… y todo se transforma.
David: Hablas como si el teatro fuera un ser vivo. Y tú, creciendo entre óperas en Rusia, con una abuela soprano… ¿Sentías esto mismo de niña, en los teatros de Ekaterimburgo o Moscú?
Irina: (Deja escapar una risa que rebota suavemente en los palcos) ¡Sentía mariposas en el estómago y asombro! Mi padre me llevaba. Yo era tan pequeña que mis pies no tocaban el suelo de la butaca. (Apoya los brazos en el reposabrazos, tocando la madera desgastada) Veía a esos gigantes en el escenario, con sus voces que lo inundaban todo, y pensaba: ‘Esto es magia’. La magia más seria y difícil del mundo. No sabía que estaba aprendiendo el lenguaje de mi propia vida.
David: Es un viaente largo desde esa niña con los pies colgando hasta la mujer que hoy sube a este escenario. Con una carrera de abogada, cuatro hijos, una migración continental por medio… La música siempre estuvo ahí, pero callada. Hasta que despertó.

Irina: (Asiente, mirando sus propias manos, como si contuvieran la memoria) La guitarra fue un refugio precioso. Pero la voz… la voz propia es otra cosa. La descubrí tarde, a los cuarenta, tras tener a mi hijo pequeño. Fue como si, de pronto, mi cuerpo me devolviera un regalo que había estado guardando para el momento justo. Una potencia que no sabía que albergaba. Aquí, en Mallorca fue donde por primera vez esa voz llenó un espacio así de grande. Y no se perdió. (Hace un gesto amplio, abarcando el patio de butacas) Resonó.
David: Abogada y soprano. La lógica y el éxtasis. ¿No se pelean?
Irina: (Su sonrisa se vuelve picarona) ¡Se necesitan! La abogada organiza la partitura de la vida: los horarios, los contratos, la práctica. La soprano se lleva la emoción, el riesgo, la verdad desnuda que va más allá de las palabras. Una me mantiene con los pies en la tierra. La otra… bueno, la otra me permite tocar esta cúpula. (Señala hacia arriba, hacia la bóveda dorada) Una sin la otra sería incompleta. Como un teatro sin música, o música sin el silencio que la precede.
Se hace un nuevo silencio, cómplice ahora. En la penumbra, su perfil elegante se recorta contra el rojo. Parece, más que una invitada, la dueña natural de este reino de sombras y ecos.
David: Para terminar, Irina, en esta butaca, en esta penumbra… si tuvieras que definir lo que la música—esta vida doble tuya—ha puesto en tu vaso, que dices siempre estar medio lleno, ¿qué sería?
Irina: (Lo piensa un momento, y su respuesta llega clara y serena) La valentía. La música me enseñó que hay que tener valor para afinar la primera nota ante el silencio. Valor para sostenerla aunque tiemblen las piernas. Valor para callar cuando toca, y dejar que resuence el eco. La vida es igual. El vaso está medio lleno, sí, pero no de algo estático. Está lleno de esa posibilidad, de ese aliento, de ese sonido que estás a punto de hacer. Y eso… eso es todo.

Al despedirnos, no encienden las luces. Irina se funde de nuevo en la sombra del pasillo, desapareciendo como había llegado: una presencia espectral y poderosa. Me quedo un instante más en la butaca roja. El teatro ya no está vacío. Lo ha llenado, con su mera presencia y sus palabras, de una resonancia nueva. El silencio ya no es de espera, sino de plenitud. Sic vos non vobis, para vosotros pero no para vosotros.
Quizás el lema hable de artistas como ella, que guardan su don para regalarlo en la penumbra, convirtiendo un escenario vacío en un confesionario íntimo, y una entrevista, en un dueto a media voz.











