Groenlandia: ¿Está Dinamarca cediendo terreno a China en el Ártico?
Álvaro Galán.- En los últimos años, Groenlandia ha pasado de ser un territorio periférico del Reino de Dinamarca a convertirse en una pieza clave del tablero geopolítico global. El deshielo del Ártico, el acceso a minerales estratégicos y las nuevas rutas marítimas han despertado el interés de grandes potencias, entre ellas China. Este creciente interés plantea una pregunta incómoda: ¿está Dinamarca protegiendo adecuadamente sus intereses y los de Groenlandia, o está permitiendo una influencia extranjera que podría resultar irreversible?
China se ha autodefinido como un “Estado cercano al Ártico”, una categoría inexistente en el derecho internacional pero útil para justificar su presencia económica y científica en la región. A través de inversiones, proyectos de infraestructura, minería y cooperación académica, Pekín ha buscado establecer una posición estable en Groenlandia. Aunque estas iniciativas se presentan como puramente comerciales o científicas, numerosos analistas advierten que forman parte de una estrategia más amplia de proyección de poder.
La preocupación no radica únicamente en China, sino en la respuesta —o la falta de ella— por parte de Dinamarca. La aprobación o tolerancia de ciertos proyectos chinos en el pasado ha generado inquietud entre aliados occidentales, especialmente Estados Unidos, que considera Groenlandia un punto crítico para la seguridad del Atlántico Norte. Cuando decisiones estratégicas se justifican únicamente en términos económicos a corto plazo, el resultado puede ser una pérdida de control político a largo plazo.
Groenlandia goza de un alto grado de autonomía, pero Dinamarca sigue siendo responsable de su política exterior y de defensa. Esto implica una obligación clara: garantizar que la apertura económica no se convierta en dependencia estratégica. Permitir que una potencia autoritaria gane influencia sobre infraestructuras críticas, recursos naturales o élites locales no es un acto neutral; es una apuesta con consecuencias.
Hablar de una “rendición” puede parecer exagerado, pero ignorar las señales de advertencia sería irresponsable. La historia demuestra que la influencia extranjera rara vez llega en forma de invasión: suele hacerlo mediante contratos, préstamos y promesas de desarrollo. Dinamarca aún está a tiempo de trazar líneas claras, reforzar la cooperación con sus aliados y asegurar que el futuro de Groenlandia se decida en Nuuk y Copenhague, no en Pekín.
El Ártico será una de las regiones decisivas del siglo XXI. La pregunta no es si China intentará aumentar su presencia, sino si Dinamarca está preparada para defender su soberanía y la de Groenlandia frente a una presión silenciosa, pero constante.











