Una crítica ética y social al discurso en favor del aborto
Alicia Ruffé.- En el debate contemporáneo sobre el aborto, una parte del activismo pro-aborto ha logrado imponer un lenguaje que reduce una cuestión profundamente humana a un simple problema de “derechos individuales”. Sin embargo, esta simplificación ignora deliberadamente al tercer involucrado en la ecuación: el ser humano en gestación.
La ciencia es clara en un punto fundamental: desde las primeras semanas existe un organismo humano vivo, con un código genético propio y distinto del de la madre. Negar esta realidad biológica no es una postura científica, sino ideológica. El discurso abortista suele evitar este hecho porque reconocerlo obligaría a enfrentar una pregunta incómoda: ¿quién defiende los derechos del más débil?
Otro aspecto preocupante es la manera en que se presenta el aborto como solución a problemas sociales complejos. La pobreza, la violencia sexual, la falta de apoyo a la maternidad o la ausencia de políticas de acompañamiento no se resuelven eliminando vidas humanas, sino atacando las causas estructurales que llevan a situaciones límite. Convertir el aborto en respuesta automática es, en muchos casos, una renuncia del Estado y de la sociedad a proteger tanto a la mujer como al niño.
Además, el discurso abortista tiende a silenciar a mujeres que han sufrido consecuencias físicas o psicológicas tras un aborto. Sus testimonios rara vez encajan en la narrativa oficial, que presenta el procedimiento como algo trivial y sin impacto emocional. Invisibilizar estas experiencias es una forma de censura que empobrece el debate público.
Defender la vida no implica negar las dificultades reales que enfrentan muchas mujeres, sino apostar por soluciones más humanas: apoyo psicológico, redes de contención, adopción, educación sexual responsable y políticas públicas que no enfrenten a la mujer con su propio hijo.
Una sociedad verdaderamente justa no es la que decide quién merece vivir según su grado de dependencia o conveniencia, sino la que protege con mayor firmeza a quienes no tienen voz. El progreso no se mide por la facilidad para eliminar al más débil, sino por la capacidad de acompañar, cuidar y ofrecer alternativas que respeten la dignidad de todos.
*Ex profesora en la Universidad de la Sorbona y colaboradora de AD











