Los guarros no pueden con la Fiesta Nacional
La fiesta brava constituye uno de las principales símbolos identitarios de nuestra nación, y no es descabellado atribuir la escalada de violencia verbal y física de los antitaurinos a su pretensión de poner fin a una tradición nacional en beneficio de la cultura global. Odian todo lo nuestro, todo lo que nos resulta propio, todo lo que subraya nuestra singularidad nacional. Ellos preferirían que consumiéramos Coca Cola y carne transgénica, que rezáramos mirando a La Meca…
Podríamos glosar la proyección artística y cultural de los toros a través de los lienzos de Goya, los aguafuertes de Picasso, la poesía de García Lorca, los metrajes de Orson Welles o las narraciones de Hemingway. No haríanos sino referirnos a la tauromaquia como un revulsivo de la conciencia nacional. Los toros refuerzan además nuestros lasos fraternales con las patrias de Víctor Mendes, de Sebastián Castella, de Roca Rey, de César Rincón, de Morenito de Maracay y del maestro mexicano Arruza.
Si fueran personas normales, si no estuvieran tan anestesiados por el odio y el sectarismo, preguntaríamos a los antitaurinos acerca de su manifiesto desinterés por casos tan extremos de crueldad con los animales como los corderos degollados cada año en España durante la fiesta musulmana del Eid al-Adha o las pavorosas condiciones en muchos mataderos y granjas avícolas. Sería perder el tiempo. Odian la Tauromaquia porque la tauromaquia se encuentra en el ADN de la tradición y de la identidad españolas.
Si los antitaurinos fuesen coherentes con los ideales en favor de la vida que dicen defender, los antitaurinos tendrían que tener una posición clara y rotunda en contra del aborto. Si a los antitaurinos les preocupara la pérdida de vidas animales, los antitaurinos no mantendrían el miserable silencio que mantienen con las peleas de gallos, las cacerías de ballenas en aguas australes, las matanzas de focas en Groenlandia, los cotos de caza donde se dan cita algunas de las principales personalidades de la vida española o el salvaje sacrificio que lleva aparejada la elaboración del foie gras. La tauromaquia en cambio es amor a la naturaleza y respeto al medio ambiente, es una simbiosis de hombre y campo, es ver crecer al toro bravo en libertad y rodeado de las atenciones y cuidados de las que, por desgracia, la mayoría de las personas no tienen. Es la belleza de la vida largamente preparada para afrontar con grandeza el rito de la muerte.
Los amantes de la tauromaquia amamos tanto al toro bravo que no cambiaríamos la vida de uno sólo de estos ejemplares por las de todos esos antitaurinos que celebran la muerte de un torero o desean la de un niño por el hecho de querer ser torero. Ni las campañas de acoso en las redes sociales ni la cruzada antitaurina de la izquierda antiespañola, han podido con una fiesta tan española como el pasodoble que hace alegre la tragedia. Los toros gozan de una excelente salud, lo que supone un aldabonazo en toda regla contra la mugre antitaurina.











…….”como el pasodoble que hace alegre la tragedia” ….. pues ya lo está Vd. diciendo : es una tragedia lo que se le hace al toro, una maldad toda esa tortura hasta la muerte del animal para que se divierta el gran público. No dejo de querer a España por ser antitaurina . Por ende, tiene usted mucha razón cuando relata las atrocidades que se perpetran a otros animales. Buenas noches.
Con altiva testa se enfrenta el bravo toro al torero que le tienta con viril aplomo. En esa lucha mítica pone el toro las astas afiladas y el torero la fina, luciente espada. Que no hay desequilibrio pues son iguales el riesgo y el peligro en los dos rivales. Ambos se reconocen en la tragedia del todo inevitable donde asombrosa arrecia la gloria de tan misterioso, ancestral arte. Y en el desenlace, de una inevitable cornada brota la sangre o de una limpia estocada, Al honor se obedece en tan duro trance, que honestidad merece el… Leer más »