Si el PP vuelve a jugar a no perder, le estará haciendo la campaña a Sánchez
Ignacio Andrade.- Un partido que aspira a gobernar no puede pasarse la campaña defendiendo su ventaja, respondiendo a los golpes del adversario y recordando lo que hace mal el Gobierno. Tiene que tomar la iniciativa, imponer su propio relato y ofrecer razones para que los ciudadanos quieran cambiar.
El Partido Popular corre el riesgo de volver a tropezar con la misma piedra que en las elecciones generales de 2023: plantear una campaña a la defensiva, permitir que el Partido Socialista marque los tiempos y los asuntos de debate y terminar dedicando una parte sustancial de sus esfuerzos a responder a los movimientos del adversario, en lugar de obligarlo a responder a los suyos. En política, eso tiene un coste enorme.
Jugar a no perder es una forma de empezar a perder
Imaginemos un partido de fútbol en el que un equipo llega a la vuelta con un resultado favorable en la ida. Tiene la eliminatoria encarrilada, cuenta con argumentos para rematarla y sabe que dispone de una oportunidad para imponer su superioridad. Sin embargo, en lugar de salir al campo a buscar el gol que sentencie el encuentro, decide encerrarse atrás, renunciar al balón y dedicar los noventa minutos a impedir que marque el contrario.
¿Qué puede ocurrir? Que el rival se crezca, gane metros, encuentre espacios, genere ocasiones y acabe convirtiendo el partido en una agonía. El equipo que tenía la ventaja termina jugando a merced del contrario. Cuando uno se limita a defender, basta un error, una jugada desafortunada o un golpe de inspiración del adversario para que todo se venga abajo.
Esa es precisamente la imagen que transmite una estrategia política que se conforma con administrar una posición favorable, sin asumir los riesgos necesarios para consolidarla.
El PP tiene que salir a marcar sus propios goles, no puede limitarse a evitar que el PSOE marque.
Las campañas electorales no se ganan únicamente demostrando que el adversario tiene problemas. Se gana convenciendo a los ciudadanos de que existe una alternativa capaz de resolver los suyos. Esa diferencia, que parece elemental, es la que separa una campaña con ambición de otra que se conforma con sobrevivir a cada jornada.
El fantasma del 2023 sigue ahí
Lo sucedido en las generales del 23 de julio de 2023 debería haber dejado una lección difícil de olvidar. El PP fue la fuerza más votada, con 136 diputados, pero no consiguió la mayoría parlamentaria necesaria para gobernar. El PSOE obtuvo 122 escaños y logró conservar opciones para continuar en el poder. La victoria popular en votos y escaños no se tradujo en el cambio de Gobierno que sus expectativas habían alimentado.
El resultado demostró que ganar una elección en términos relativos no equivale necesariamente a alcanzar el objetivo político perseguido. También dejó al descubierto los riesgos de una campaña en la que los errores propios, los cambios de agenda y la capacidad de reacción del adversario pueden alterar las expectativas iniciales.
Aquella campaña estuvo marcada, entre otras cuestiones, por la controversia sobre los pactos con Vox, los tropiezos comunicativos y la capacidad del PSOE para recuperar la iniciativa en determinados momentos. No se trata de atribuir todo el desenlace a una sola causa, sino de reconocer que una ventaja inicial no garantiza el resultado final.
La pregunta es por qué el PP parece dispuesto a reincidir en un esquema que debería haber revisado a fondo.
¿Por qué volver a jugar a la defensiva? ¿Por qué aceptar que el PSOE decida de qué se habla, cuándo se habla y en qué términos se plantea la discusión? ¿Por qué gastar tantas energías? ¿Por qué gastar tantas energías en desmontar el relato del adversario sin construir, con la misma intensidad, un relato propio?
Un partido que aspira a gobernar España no puede vivir permanentemente pendiente del siguiente movimiento de Pedro Sánchez. Tiene que tener iniciativa, agenda y capacidad para sorprender. No basta con reaccionar con rapidez: hay que conseguir que sea el otro quien tenga que reaccionar.
La corrupción del adversario no puede ser el programa electoral
Hay un problema adicional en esta estrategia como es la tentación de convertir los casos de corrupción y los escándalos que afectan al entorno socialista en el centro de toda la campaña.
La corrupción debe investigarse, denunciarse y exigirse que se depuren las responsabilidades que correspondan. No hay ninguna razón para rebajar su importancia ni para renunciar al control democrático del poder, pero una cosa es ejercer una oposición firme y otra muy distinta convertir la oposición en el único argumento político.
Los ciudadanos no necesitan escuchar indefinidamente la misma enumeración de episodios que ya conocen. Necesitan saber qué consecuencias tienen, qué responsabilidades se exigen y qué medidas se proponen para evitar que vuelvan a producirse. Y, sobre todo, necesitan conocer qué haría de manera diferente un Gobierno alternativo.
Si cada jornada comienza y termina con la corrupción del PSOE, el PP corre el riesgo de quedar atrapado en la agenda que le interesa al propio PSOE: una campaña centrada en la confrontación, en la respuesta inmediata y en la polémica del día.
El PSOE plantea una controversia y el PP responde; el PSOE introduce un asunto y el PP se ve obligado a pronunciarse; el PSOE cambia el foco y el PP vuelve a perseguirlo. Así, la campaña deja de tener un rumbo propio y se convierte en una sucesión interminable de reacciones.
Y mientras tanto, ¿dónde quedan la vivienda, el empleo, los salarios, la presión fiscal, la sanidad, la educación, la seguridad, la arribada masiva de inmigrantes, el chantaje de Marruecos a Sánchez, la despoblación o las oportunidades para los jóvenes? ¿Dónde queda la explicación concreta de cómo piensa el PP mejorar la vida cotidiana de los españoles?
La corrupción puede ser una parte relevante de la crítica al Gobierno, pero no puede sustituir a un proyecto de país. Denunciar lo que está mal es una obligación de la oposición, de la misma forma que explicar cómo se puede hacer mejor es una obligación de quien aspira a gobernar.
Falta una idea capaz de ilusionar
Este es, probablemente, el problema más importante: la diferencia entre una campaña que genera rechazo al adversario y otra que despierta ilusión por una alternativa.
El rechazo moviliza a una parte del electorado, pero no siempre basta. La indignación puede atraer la atención durante un tiempo, aunque difícilmente sustituye a una propuesta reconocible, coherente y capaz de conectar con las preocupaciones reales de la sociedad.
Un partido con vocación de Gobierno debe ofrecer algo más que una lista de reproches ni basta con repetir que el Gobierno lo hace mal. Hay que explicar por qué una alternativa lo haría mejor y qué diferencias notarían los ciudadanos en sus vidas.
Tampoco basta con prometer un cambio. Hay que darle contenido, ponerle objetivos y convertirlo en una propuesta comprensible. La gente necesita poder imaginar cómo sería el día después de ese cambio: qué ocurriría con el acceso a la vivienda, qué perspectivas tendría quien busca su primer empleo, qué esfuerzo fiscal soportaría una familia o qué mejoras cabe esperar en los servicios públicos.
Sin esa explicación, la campaña puede acabar girando alrededor de una sola pregunta: por qué no debe continuar Sánchez. Pero un proyecto político necesita responder también a otra, mucho más exigente: por qué merece la pena confiar en la alternativa. Esa respuesta se construye con ideas, propuestas, liderazgo político y una comunicación capaz de hacerlas llegar a la sociedad, no únicamente con denuncias, comparecencias y declaraciones contra el presidente del Gobierno.
Los errores organizativos también cuestan
A los errores de planteamiento se suman los problemas organizativos, que pueden terminar amplificando las debilidades de cualquier estrategia.
Una campaña necesita coordinación, claridad en los mensajes, disciplina en la comunicación y una distribución inteligente de los recursos. Los dirigentes deben saber no solo qué objetivos persiguen, sino también qué asuntos quieren situar en el centro del debate y cómo encaja cada intervención en el mensaje general. Si cada cual transmite una idea distinta, improvisa su propia agenda o contradice el discurso del conjunto, el partido termina regalando al adversario oportunidades que no necesitaba ofrecerle.
La organización no es un asunto secundario ni una cuestión reservada a los equipos internos. Se trata de una parte esencial de la estrategia política. Una buena propuesta mal comunicada puede pasar inadvertida; un mensaje acertado lanzado en el momento equivocado puede perder eficacia; y una sucesión de errores evitables puede desplazar del debate los asuntos que el partido pretendía situar en primer plano.
En 2023 hubo episodios públicos que ilustraron ese problema, desde las dificultades para gestionar el debate sobre los pactos con Vox hasta diversas controversias de la recta final. Las crónicas de aquellos días recogieron cómo algunas decisiones y rectificaciones alteraron el desarrollo de la campaña. Balance de los errores de campaña de 2023.
La lección debería ser clara: una campaña no puede depender exclusivamente de la capacidad de su candidato para responder a las dificultades. Necesita un equipo que se anticipe a ellas, un discurso compartido y una planificación que reduzca la improvisación.
Importante es también que cuando se comete un error (y el PP ya lleva algunos en estos pocos días de precampaña), debe corregirse sin convertir la rectificación en otro episodio de desgaste.
El PP necesita revisar su planteamiento desde la raíz y evitar que los errores organizativos ocupen el espacio de las propuestas. Debe conseguir que sus dirigentes hablen con una dirección común sin caer en la monotonía ni en la repetición automática de consignas.
El PP debe dejar de confundir la firmeza con la confrontación permanente. Feijóo no debe renunciar al ataque político, pero es imperativo que sus ataques formen parte de una estrategia más amplia, en la que también haya iniciativa, propuestas y capacidad para marcar el terreno de juego. La razón es muy sencilla: el partido que obliga al adversario a defenderse tiene más oportunidades de hablar de lo que realmente quiere discutir. El que se limita a contestar termina consumiendo su tiempo y sus energías en la agenda de otro.
La obligación de un partido que quiere gobernar
La política no consiste en administrar una ventaja como si fuera un resultado definitivo. Consiste en convertir el respaldo recibido en una propuesta de futuro, convencer a quienes todavía dudan y demostrar que existe una alternativa preparada para asumir responsabilidades.
Por eso, el PP debería preguntarse si está construyendo una campaña para ganar la iniciativa o una campaña para minimizar riesgos. Si está hablando de los problemas que preocupan a los ciudadanos o si está respondiendo, casi exclusivamente, a los asuntos que el adversario coloca sobre la mesa. Si está transmitiendo una imagen de proyecto, de dirección y de ambición o si está dejando que el debate se reduzca a una sucesión de reproches.
No son preguntas menores. Son preguntas sobre el sentido mismo de una campaña electoral.
En fútbol, un equipo que se encierra atrás puede resistir durante muchos minutos; ahora bien, si renuncia por completo a atacar, acaba entregando al rival la iniciativa, el balón y la posibilidad de decidir el partido. En política ocurre algo parecido: quien no marca su propio relato termina discutiendo el del adversario.
El PP no puede pasarse la campaña intentando que el PSOE no marque. Tiene que demostrar que sabe adónde quiere llevar a España.
Si repite los errores de 2023, no podrá decir que nadie le advirtió de los riesgos de una estrategia defensiva, de una campaña sin suficiente capacidad de ilusionar o de una organización que no consigue poner todas sus piezas al servicio de un mismo objetivo.
La crítica al Gobierno es tan necesaria como la denuncia de la corrupción, pero ninguna de las dos sustituye a la obligación de construir una alternativa reconocible, creíble y preparada para gobernar.
Al final, una campaña no consiste solamente en demostrar que el contrario no merece ganar. Consiste también en explicar por qué uno merece gobernar.
En definitiva, quien sale al campo pensando únicamente en no encajar un gol puede terminar descubriendo, demasiado tarde, que ha dejado de jugar el partido.










