La llegada del ‘wokismo’ II: jerarquía de víctimas, catálogo de «herejías» y un sistema de sanciones sin perdón
Karina Mariani (R).- Hace unos días, en un programa del medio norteamericano ABC, el periodista Jonathan Karl le preguntó a una de las estrellas del firmamento del Partido Demócrata, Alexandria Ocasio-Cortez, por Francesca Hong, en ese momento candidata de los Socialistas Democráticos a gobernadora de Wisconsin. Hong arrastraba un prontuario completo de la época dorada del wokismo: abolir las cárceles, desfinanciar a la policía e incluso cancelar el Día de Acción de Gracias porque incomodaba a «algunas personas». ¿Cómo se defiende eso ante un electorado normal? AOC no lo defendió. Se rio. Citó a un concejal de su ciudad que tiene un dicho, «Woke 1 was crazy», el woke 1 fue una locura, y se tentó. El periodista se rió con ella.
La frase no era suya. El concejal neoyorquino Chi Ossé la había posteado en mayo, con varias «y» de más, como corresponde a un posteo efectista. Pero en boca de una figura que buena parte del partido demócrata quiere ver como candidata presidencial, la broma fue reveladora, no sólo porque nos pone a pensar si alguna vez creyeron en la ideología que profesaban, sino por el hecho de que si hubo un woke 1: ¿Es porque hay un woke 2?
La risa de AOC es un insulto. Los años más enloquecidos del wokismo se tradujeron en mutilaciones de niños en nombre de la autopercepción, en destrucción de riqueza, matrices energéticas, suicidios, cancelaciones, miseria, persecución, despidos, escraches y vidas arruinadas. Ahora, una de sus caras visibles se ríe al recordarlo como si hubiera sido una travesura, una estudiantina que finalmente se abandonó cuando se volvió invotable.
Para entender qué viene, hay que recordar qué fue lo que se está yendo. La rama más estridente del woke 1 fue el género. La famosa “ideología de género” y sus derivadas como el fin de la presunción de inocencia para los varones y su criminalización por defecto, el terrorismo de la autopercepción que derivó en una industria del “auténtico yo” que abarcaba desde cosméticos a una gama aberrante de intervenciones quirúrgicas y mutilaciones. También una miríada de instituciones estatales como observatorios, ministerios, evaluaciones y acciones afirmativas, imposiciones de “diversidad-equidad” corporativa y educativa, delirantes pronombres y el tristemente célebre lenguaje inclusivo que va menguando pero que nos dejó ya instalado el sintagma más lelo de la historia: “todos y todas” (y similares).
Es cierto que hubo más variantes, la agenda climática, el animalismo, el indigenismo, y muchos ismos más y que todo eso persiste. Pero el género fue la droga ideológica de bajo costo y efecto inmediato: el desecho que queda al final del proceso, lo más tóxico y lo que más pega. Ninguna otra rama del progresismo tuvo una relación costo-beneficio tan eficaz en los últimos años. Con un insumo teórico mínimo producía un daño máximo: bastaba un pronombre mal usado para destruir una reputación, y un cartel en un baño para reorganizar una institución entera.
Pero el residuo se consume rápido y deja secuelas a la vista. El woke 1 entró en combustión y cayó en el ridículo, y el ridículo fue lo único que logró frenarlo. Ningún argumento conservador le hizo tanto daño como sus propios materiales de capacitación. Lo que se anuncia ahora no es una desintoxicación. Es un cambio de etiqueta.
Tres autores, un mismo pronóstico
En los últimos meses, tres autores llegaron por caminos distintos a la misma conclusión y la pusieron en el título: el woke 2 será peor.
Spencer Klavan lo escribió en The American Mind: «Woke 2.0 Will Be Worse». Su punto de partida es que todo wokismo, en cualquiera de sus versiones, es política del agravio: la idea de que en el corazón de Occidente hay una injusticia original que obliga a expiar ante determinados grupos de inocentes. Lo que cambia de una versión a otra no es la esencia, sino el reparto. El woke 1 había coronado a la mujer y, por contagio teórico, a la “mujer trans”. Ese esquema tenía infinidad de grietas. El woke 2 resuelve esas contradicciones con un nuevo protagonista: el palestino en lucha de liberación. La biblioteca cambia de Judith Butler a Frantz Fanon y Los condenados de la tierra. Klavan cita a Zohran Mamdani, hoy alcalde de Nueva York, diciendo en 2023 que la bota de la policía neoyorquina viene con cordones de las fuerzas israelíes. Cada agravio local pasa a ser un capítulo de una única guerra anticolonial global. Y advierte que los trans no desaparecen del programa. Sólo se los manda al fondo del escenario hasta recuperar el poder.
Miguel Ángel Quintana Paz tituló en el mismo sentido en The Objective: «Llega el wokismo 2, y será peor que el 1″. Coincide con Klavan en el paso de Butler a Fanon, pero pone el eje en el inmigrante y, en particular, en el musulmán, que en Europa es el que menos se integra. Su ejemplo es demoledor: la ministra de Igualdad española, que durante años atribuyó cada agresión a una cultura patriarcal colectiva, descubrió de repente que la culpa es estrictamente individual cuando el agresor desembarca en Ceuta. Quintana Paz agrega dos observaciones muy interesantes. La primera es que el giro convierte a los judíos, que en el woke 1 podían usarse como una minoría más, en el blanco principal del woke 2. La segunda, desarrollada en un artículo posterior, es que este wokismo tiene algo que el anterior nunca tuvo: financiamiento estable. Lo canaliza una red de ONG de acogida que viven casi enteramente del presupuesto público, incluidas varias vinculadas a la Iglesia. Y recuerda que nada de esto es nuevo: Pierre-André Taguieff habla de islamoizquierdismo desde hace más de un cuarto de siglo.
Víctor Kumar llega por un tercer camino: para él, el woke 2 tratará sobre los detractores de la inteligencia artificial, y cree que «va a ser una locura». Su argumento es de intereses: las causas woke siempre coincidieron con la conveniencia de quienes las promovían, y la IA amenaza directamente el sustento y el estatus de los académicos, periodistas y artistas que fijan el discurso. Kumar ubica a Gaza como un woke 1.5, una estación intermedia en la que ya no alcanzaba con condenar a Israel: había que llamarlo genocidio, so pena de castigo. Pero su tesis de fondo es que las posturas se moderan, el aparato de castigo se queda y se muda de tema.
Los tres autores tienen variaciones sobre la causa, pero parecen coincidir respecto de la maquinaria: una jerarquía de víctimas, un catálogo de herejías y un sistema de sanciones sin perdón. Cuando el contenido es intercambiable, lo que define al movimiento es la forma.
La penetración decide quién tiene razón
¿Cuál de las tres lecturas describe mejor lo que está pasando? Si se mide por penetración, y no por pronósticos, la respuesta es bastante clara. Quienes ven en el woke 2 una amalgama de antioccidentalismo, anticapitalismo y palestinismo parecen estar acertando en el diagnóstico. Los hechos no dejan mucho margen. Nueva York eligió a un alcalde que juró sobre el Corán y prometió supermercados estatales. Este año, candidatos socialistas veinteañeros ganaron primarias demócratas sosteniendo un programa islamoizquierdista aún más radicalizado. En Alemania, Gran Bretaña, España o Francia, ese patrón se repite.
La inteligencia artificial y la «clase social» podrían parecer marginales en esta matriz. Pero tal vez sean sus vehículos. La clase aporta el envase electoral: alquileres/vivienda, salarios/pensiones, educación, salud; todos tropos tan antiguos como eficientes en la agenda electoral y de movilización marxista. El palestinismo aporta el nuevo núcleo moral que hace pocos años protagonizaba la protección de “el planeta” o la lucha contra “el patriarcado”.
Y finalmente, el decolonialismo es la doctrina que los cose entre sí: la misma que en el woke 1 pedía «descolonizar» los programas universitarios y los peinados, ahora aplicada a la política exterior, a las fronteras y a la economía. No hubo ruptura entre el 1 y el 2 sino más bien una «evolución», un ascenso de escala. Otro autor, Matt Taibbi, describió esta operación con un nombre que tomó del golf: el woke 2 pide un mulligan, ese tiro que se repite como si el anterior no hubiera contado. Antes intentaron imponerlo a fuerza de escándalo. Ahora quieren llegar directamente al gobierno.
Lo que se repite es la conducción, claro: los mismos organizadores, el mismo dinero, la misma prensa que en 2020 rebautizó los saqueos como un «ajuste de cuentas racial» y ahora justifica pogromos. La sustitución es casi mecánica: donde antes estaban las minorías locales, ahora están los pueblos de Medio Oriente.
No son pocas las voces progresistas que dicen que el woke 1 fue identidad y que el woke 2 será clase: una vuelta oportuna a las preocupaciones materiales. Cuando el gobierno británico creó una «unidad de clase», la puso en la misma oficina que ya tenía las unidades de raza, mujer, LGBT y discapacidad. Joanna Williams lo describió con precisión: el trabajador no es un sujeto político con intereses propios, sino un casillero más en el catálogo de víctimas. Y la promesa de prosperidad llega, como señala Quintana Paz, después de la década en que la clase media occidental vio caer su nivel de vida, que fue precisamente la década woke. El motor vengativo sigue siendo el mismo; sólo cambió el combustible.
Del desecho al producto refinado
Entonces, ¿el woke 2 es un mito? No. El mito es que sea algo nuevo. El woke 1 fue apenas una fase de la ideología trastornada que viene modelando la narrativa occidental desde comienzos de siglo. El filtro opresor/oprimido goza de buena salud, pero es claro que necesitaba de un ajuste luego de que uno de sus tentáculos (el género) se hubiera convertido en burla radiactiva y autodestructiva. Su propia toxicidad lo volvió vulnerable. El woke 2 es el mismo veneno pero refinado, el regreso a los clásicos y con mejor distribución.
Tal vez por eso sea peor, tan destructivo como su hermano bobo, pero más consolidado, financiado y habiendo aprendido la lección del fracaso: que el ridículo mata. La risa de AOC debería hacer sonar las alertas. Esta vez no hay excusa.











