Ir presentablemente vestido, portar un crucifijo o lucir un pin de la bandera de Ceuta: el infalible manual para acabar siendo agredido por los acampados de Sol
Ignacio Loring.- Hay una pregunta que quienes han convertido la Puerta del Sol en un estercolero fanático y sectario deberían hacerse antes de reclamar que toda España se sume a su causa: ¿cómo van a convencer a los españoles si en ellos se percibe un odio irracional a quienes defienden posiciones ideológicas distintas?
Una cosa es protestar por la vivienda —aunque resulta pintoresco que para ello haya que echarse en los brazos de quienes durante 8 años no han hecho nada para resolver el problema— y otra muy distinta es convertir una reivindicación legítima en un territorio ideológico donde determinados símbolos, determinadas convicciones o determinadas personas parezcan no tener derecho de entrada. Nadie lo ha dicho, pero basta que alguien aparezca en Sol presentablemente vestido y aseado para convertirse primero en sospechoso y luego en destinatario de insultos, amenazas y hasta agresiones. Nos recuerdan demasiado a determinados sectores de la II República, que asociaban la vestimenta elegante con el fascismo, convirtiéndolos en objeto de hostilidad política.
Ayer mismo, varios manifestantes increparon y expulsaron de la plaza a un hombre que portaba una camiseta con los colores de la bandera de España, al grito de «fuera fascistas de nuestros barrios». ¿Qué clase de transversalidad puede construir un movimiento que identifica automáticamente llevar corbata o llevar un pin de la bandera de la ciudad autónoma con el enemigo?
Si alguien acude a la supuesta protesta por la vivienda en Sol con un pin de la bandera de Ceuta, una corbata o un símbolo cristiano, se convierte al instante en enemigo. La selección ideológica que practica esta gentuza es la misma que nos llevó a una guerra civil.
Así que resulta difícil pedir a millones de españoles que compartan una movilización política cuando perciben que una parte de quienes la protagonizan considera sospechoso, reaccionario o directamente ilegítimo todo aquello que no encaja en su imaginario frentista.
¿Cómo se pretende construir una mayoría social si una parte de esa mayoría es recibida como enemiga?
De ahí que resulte tentador establecer paralelismos históricos con la Segunda República, donde bastaba llevar traje y corbata para ser detenido o literalmente asesinado.
Durante los últimos meses de la República se produjo una escalada de tensión y violencia política de las izquierdas que culminó, entre otros hechos, con el asesinato de José Calvo Sotelo y, posteriormente, con la sublevación militar de julio de 1936 y la Guerra Civil. La Real Academia de la Historia recoge asimismo la enorme dimensión de la violencia política que afectó a miembros de la sociedad civil de aquellos años.
Precisamente por eso, cuando la discrepancia política deja de contemplarse como una diferencia legítima y comienza a tratarse como una contaminación que hay que expulsar del espacio público, la convivencia democrática se convierte en una farsa.
Hay además una paradoja que debería incomodar especialmente a quienes pretenden convertir la vivienda en una gran causa transversal.
En ese sentido, si el problema es que millones de españoles no pueden acceder a una vivienda digna, la respuesta necesita precisamente a millones de españoles, no solamente a quienes ya están convencidos, ni a quienes consideran que España, la bandera nacional, la religión o las posiciones conservadoras son elementos susceptibles de ser atacados.
Una causa social que aspire a transformar las políticas públicas tiene que ser capaz de hablar también con quien vota distinto, piensa distinto, reza distinto o no comparte ninguna de las consignas del campamento.
De lo contrario, corre el riesgo de transformar una reivindicación social en un espacio de identificación política en el que la vivienda es el problema declarado, pero la pertenencia ideológica termina funcionando como contraseña de acceso.
Y una pregunta que refleja las contradicciones políticas de los acampados: ¿Cómo se pretende convencer a millones de españoles de que se echen en brazos de la izquierda para resolver un problema cuando precisamente buena parte de esas personas considera que las políticas impulsadas durante años por gobiernos y partidos de izquierda forman parte del problema?
A esas alturas son multitud los que, aún pudiendo identificarse con el drama de muchos compatriotas que no pueden acceder a una vivienda, dan la espalda a los acampados que han convertido una reivindicación respetable en una toma del espacio público para esparcir su odio contra al menos la mitad de los españoles.











