Solo un cobarde como Sánchez es capaz de acusar a Rusia de la invasión de Ceuta para que el matón alauita siga creyéndose intocable
Ignacio Loring.- Resulta de una desvergüenza difícil de disimular que Pedro Sánchez pretenda señalar a Rusia como responsable de la invasión de Ceuta si con ello busca desviar la atención de Marruecos. Culpar a una potencia extranjera para evitar exigir responsabilidades a quien está directamente implicado en la invasión es una maniobra política tan burda como irresponsable. Sánchez tendría que explicar con qué pruebas sostiene dicha acusación; porque convertir una cuestión de soberanía y seguridad nacional en un ejercicio de propaganda para proteger a Marruecos, nuestra principal amenaza, es no solo repugnante sino también temerario incluso en un contumaz embustero como él.
Y es que hay días en que la política española parece escrita por un guionista con exceso de café y escasez de vergüenza. La reciente afirmación del presidente Pedro Sánchez de que Rusia habría alentado la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta desde oscuros foros digitales— pertenece a esa categoría de relatos que uno escucha dos veces: la primera con incredulidad, la segunda con risa nerviosa. Porque, seamos serios: convertir una invasión moruna, promocionada por Mohamed VI, en una novela de espionaje internacional es una hazaña narrativa digna de estudio psicopático.
En el imaginario presidencial, Ceuta no sufrió un ataque marroquí contra la integridad nacional sino una operación híbrida coordinada desde Moscú y Tel Aviv, como si Putin y Netanyahu se hubieran reunido para decidir cuántos miles jóvenes magrebíes musculados debían saltar el espigón. La escena es tan improbable que casi merece un premio literario.
La teoría, presentada con solemnidad, tiene todos los ingredientes del thriller político contemporáneo: enemigos externos, redes sociales, desinformación, amenazas híbridas y un toque de misterio geopolítico. Solo falta que aparezca un dron israelí proyectando memes frikis en la playa del Tarajal mientras un hacker ruso pulsa el botón de “Enviar oleada”. La imaginación es libre, pero la política debería tener límites.
Lo más llamativo no es la acusación en sí, sino su utilidad narrativa. En lugar de reconocer fallos de gestión o tensiones diplomáticas, se opta por la explicación más aparatosa: “Nos atacan desde Internet”. Es una versión actualizada del viejo recurso del “enemigo exterior”, que nunca es Marruecos, ahora con estética digital. Antes se culpaba a potencias extranjeras; hoy, a foros anónimos y algoritmos malvados.
El problema de estas patochadas es que degradan la realidad transforman un asunto gravísimo en un burdo vodevil. Y, sobre todo, infantilizan al ciudadano, como si necesitara una trama épica para comprender lo que ocurre en la frontera sur.
El siniestro Sánchez ha convertido la política se convierte en un episodio de ficción donde cada crisis es obra de un villano internacional. Mientras tanto, Ceuta sigue ahí, con sus problemas sin resolver, con cientos de invasores provocando un caos y poniendo en peligro la integridad física de los ceutíes. El lío de Ceuta no se resuelve invocando conspiraciones digitales. La responsabilidad institucional exige menos fantasía y más gestión; menos épica y más diplomacia; menos ruido y más verdad.
Afortunadamente, las patrañas de Sánchez tienen ya poco calado. La abrumadora mayoría de españoles (incluyendo a los propios socialistas) saben que la invasión de Ceuta no fue obra de Rusia, sino de algo mucho más mundano: la realidad: Marruecos presiona porque ve la debilidad del Gobierno de España. Solo un cobarde tan repugnante como Sánchez acusa al incocente para que el matón alauaita siga creyéndose intocable.











