¿Nos compensa compartir el Mundial de 2030 con esta basura?
Ignacio Loring.- ¿Le compensa a España cualquier la organización de la mayor competición deportiva del mundo con un tirano? Resulta difícil no ver una contradicción en organizar un Mundial de fútbol con un país que, como mínimo, genera tensiones y conflictos con el nuestro de forma permanente. El fútbol debería ser un espacio de encuentro, celebración y convivencia entre pueblos, pero esa idea pierde fuerza cuando se otorga un acontecimiento de esta magnitud a un Estado que ataca de forma flagrante nuestra integridad territorial. Más allá del deporte, organizar un Mundial implica legitimidad, imagen y reconocimiento internacional, por lo que resulta inevitable preguntarse si los valores que representa el torneo son realmente compatibles con las actuaciones de Marruecos.
Hay decisiones que pueden presentarse como inevitables, estratégicas o pragmáticas, pero que merecen una pregunta mucho más sencilla: ¿a qué precio? Compartir un Mundial con Marruecos puede venderse como una oportunidad histórica, un proyecto deportivo capaz de tender puentes y una muestra de cooperación entre países. Sin embargo, el fútbol no debería servir para blanquear contradicciones políticas ni para convertir cualquier alianza con un tirano en buena simplemente porque resulte conveniente.
La cuestión es con quién se pacta, bajo qué condiciones y qué principios estamos dispuestos a sacrificar para conseguirlo. Una democracia como España no debería asumir que toda alianza es positiva por definición. Hay colaboraciones que fortalecen nuestros intereses y otras que pueden terminar legitimando prácticas y modelos políticos, culturales y hasta morales incompatibles con los valores que decimos defender.
Se nos habla constantemente de realismo, de intereses económicos, de relaciones diplomáticas y de oportunidades estratégicas. Todo eso importa. Pero el pragmatismo tiene un límite. Si para albergar la sede mundialista estamos dispuestos a mirar hacia otro lado cuando un tirano como Mohamed VI utiliza a miles de sus compatriotas más vulnerables para atacar nuestra soberanía, entonces quizá el problema no sea la falta de realismo, sino la falta de principios.
¿De verdad nos compensa cualquier alianza? La respuesta debería ser no.
España puede y debe mantener relaciones con sus vecinos. Marruecos es un país fundamental para España por razones geográficas, económicas, migratorias y de seguridad. Precisamente por eso, la relación debe ser madura, firme y basada en intereses recíprocos, no en una política de concesiones permanentes ni en la aceptación acrítica de cualquier condición.
Es aquí donde aparece la gran contradicción: se pretende que un acontecimiento como el Mundial simbolice unidad, cooperación y valores universales mientras se pide que dejemos fuera del estadio cualquier consideración incómoda. Como si durante noventa minutos desaparecieran las responsabilidades políticas o como si organizar una competición deportiva bastara para convertir una relación política tóxica en una historia de amistad.
Un Mundial no es solamente un calendario de partidos. Es también una gigantesca plataforma de legitimación internacional. Los países anfitriones reciben visibilidad, prestigio y una oportunidad extraordinaria para proyectar su imagen ante cientos de millones de personas. Por eso importa quién organiza, cómo se organiza y qué mensaje transmite esa elección.
España no debería renunciar a sus principios simplemente para ser una de las tres sedes mundialistas.
El deporte puede tender puentes, sí. Pero los puentes funcionan en ambos sentidos. La cooperación debe construirse sobre el respeto mutuo, la transparencia y unos mínimos democráticos, no sobre la idea de que todo vale cuando existen suficientes intereses geopolíticos.
Lo que está ocurriendo en Ceuta entre Marruecos y España obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿cuántas veces puede nuestro país ser puesto a prueba antes de comprender que, para Mohamed VI, la amistad parece tener un precio que Madrid paga siempre?
El último episodio es especialmente grave. Mientras España afrontaba una crisis migratoria de enormes dimensiones en Ceuta, desde Rabat se volvía a poner sobre la mesa la vieja reivindicación sobre Ceuta y Melilla. El ministro de Justicia marroquí ha llegado a defender que ambas ciudades constituyen un supuesto “derecho histórico y geográfico” de Marruecos y ha reclamado un mecanismo para discutir su futuro. ¿De verdad puede llamarse a esto una relación de buena vecindad?
A menudo se nos habla de la necesaria cooperación, comercio, diálogo, colaboración policial y una relación diplomática privilegiada con Marruecos, sin embargo la poca fiabilidad del monarca alauita. Sin embargo, una relación basada en el respeto mutuo exige algo elemental: respetar también las fronteras, la soberanía y la dignidad del otro.
Ahí precisamente radica el problema. ¿Podemos compartir mesa y mantel con un rey cuya estrategia consiste, demasiadas veces, en recordar a España que dispone de herramientas capaces de generar enormes problemas al otro lado del Estrecho: la inmigración, las fronteras, Ceuta y Melilla, el Sáhara Occidental o la presión diplomática.
La crisis de Ceuta de este verano ha sido el último y estremecedor ejemplo. Decenas de miles de personas intentaron entrar en la ciudad durante los días 30 y 31 de julio, en una situación que volvió a colocar a España ante una emergencia fronteriza y humanitaria. Las informaciones publicadas apuntan a una más que clara pasividad de las autoridades marroquíes, e incluso que fue ordenada personalmente por Mohamed VI.
Lo que sí está acreditado es que, en plena crisis, responsables marroquíes han aprovechado la situación para reabrir la cuestión de Ceuta y Melilla. También se ha puesto sobre la mesa la situación de los menores marroquíes. Es decir, el país que tiene fondos para construir en Casablanca el mayor estadio del planeta, con un coste superior a los mil millones de euros, carece luego de medios para mantener a esos menores.
Eso no es una alianza entre países amigos. Se trata de una relación de permanente chantaje en la que Marruecos recuerda periódicamente a España cuáles son sus cartas.
Y por ello España debería dejar de jugar siempre con las cartas marcadas. La defensa de nuestra soberanía y dignidad nacionales es mucho más importante que compartir sede mundialista con un tirano miserable, más digno de desprecio que de amistad.











