Pero quién os va a tener envidia a vosotros, lamentables argentinos
El problema no es que Argentina atraviese dificultades. Todos los países las atraviesan. El problema es que los habitantes de un país que es mas causa de lástima que de admiración lleven demasiado tiempo repitiéndose frente al espejo: «Nos envidian.»
Sostienen los argentinos que el mundo los envidia por su cultura, su talento, sus recursos, su fútbol, porque según dicen, son un país destinado a la grandeza.
Pero la pregunta incómoda sigue sin respuesta. ¿Quién os va a tener envidia? ¿Quién envidia una economía que ha pasado décadas alternando crisis, devaluaciones, inflación y defaults? ¿Quién envidia un país del que generaciones enteras de jóvenes sueñan con marcharse porque sienten que el futuro está en cualquier otra parte?
Argentina fue una de las economías más prósperas del planeta. Hoy vive, una y otra vez, atrapada en discusiones que otros países resolvieron hace medio siglo. Cada gobierno promete empezar de nuevo y cada fracaso se explica culpando al anterior. Y mientras tanto, el reloj sigue avanzando.
Cada vez que alguien señala el deterioro de Argentina, aparece una explicación mágica: la culpa es del extranjero, de los mercados, del imperialismo, del capitalismo, del socialismo, de la derecha, de la izquierda o de cualquier enemigo conveniente. Nunca del propio país. La autocrítica siempre queda para mañana.
Los argentinos tienen una peligrosa costumbre de vivir de recuerdos. Del granero del mundo, de la inmigración europea, de Maradona, de Messi, del tango, de la carne… Del potencial infinito. El problema es que la nostalgia no reduce la inflación. Un país no vive eternamente del prestigio que tuvo hace cien años. Ninguna nación puede construir su futuro creyéndose excepcional mientras ignora los problemas que tiene delante.
El patriotismo no consiste en repetir que se pertenece al mejor país del mundo y sí en preguntarse por qué un país que lo tenía casi todo lleva décadas desperdiciando oportunidades.
Las sociedades maduras no necesitan convencerse de que son admiradas.
Necesitan instituciones que funcionen, reglas estables, seguridad jurídica, educación de calidad y una economía capaz de ofrecer oportunidades.
Eso y no los discursos grandilocuentes es lo que genera respeto.
Argentina posee enormes fortalezas: talento, recursos naturales, capacidad científica, creatividad y una cultura extraordinariamente rica. Precisamente por eso resulta tan frustrante verla atrapada en un ciclo interminable de expectativas incumplidas.
El verdadero problema nunca fue la falta de potencial y sí en cambio la dificultad para transformar ese potencial en estabilidad, prosperidad y confianza.
Mientras una parte del debate siga prefiriendo los relatos reconfortantes a los diagnósticos incómodos, el país seguirá discutiendo sobre su grandeza pasada en lugar de construir la futura.
La admiración internacional se gana y no se exige. Tal vez por eso, hoy Argentina sea el país más detestado del planeta.











