León XIV llama a los jóvenes españoles a «transformar» la sociedad sin más armas que la caridad
Se hace el silencio. En medio de la noche. Y cuando parece imposible. Después del griterío generalizado que se generó cuando en las pantallas se avistaba el Papamóvil. Después de la frescura del musical «Godspell» de Antonio Banderas en versión reducida. Después del cameo de Rafa Nadal dirigiéndose a León XIV de tenista a tenista. Después de una tarde de «catholic fest». El medio millón largo de jóvenes que poblaban ayer el Paseo de la Castellana y alrededores enmudeció. Con la mirada al altar ubicado en la Plaza de Lima. En dos momentos. Durante la adoración del Santísimo. Y mientras León XIV se dirigió a ellos. La vigilia presi-dida por el Papa se erigió como un encuentro desde fuera hacia adentro. Desde la algarabía al recogimiento orante. En un diálogo con Dios. En un diálogo con el Sucesor de Pedro.Sí, porque Robert Prevost se dirigió a la multitud a modo conversación. En tres turnos, respondiendo a seis jóvenes que entrevistaron al Pontífice agustino, mostrándole sus inquietudes y sueños. Fueron correspondidos por lo que el Papa espera de ellos, especialmente ante las preguntas de los dos últimos peregrinos que intervinieron. «¿Cómo podemos vivir los jóvenes cristianos comprometidos con esta sociedad?», preguntó… «¿Cuál es la misión concreta que usted nos pide a los jóvenes de la Iglesia?», expresó.
«Sed vosotros mismos chispa de una humanidad nueva». Es el encargo firme que lanzó para esta generación de católicos que ha nacido con un móvil en la mano, que solo considera relevante el story que aguanta más de cinco segundos delante de sus hijos y que parece desencantada, aunque aparentemente teniéndolo todo.
Para León XIV «el joven cristiano se vuelve luminoso tanto en la alegría como en la prueba, dando sabor a la realidad porque la habita como una persona que disfruta de la vida en su interior, sin esperar que el gusto se lo den la riqueza, el placer o el poder». «Esta es nuestra libertad, que tiene su fuente en la fe, que es capaz de dar luz y buen sabor a toda sociedad, a toda experiencia humana», añadió justo después.
No utilizó ese «hagan lío» de Francisco, pero en el fondo les hizo el mismo llamamiento: ser protagonistas de un cambio social. O visto a la inversa, no quedarse en la burbuja de su parroquia, de su movimiento. «Os invito, por tanto, a todos, a ser juntos sal de la tierra y luz del mundo», expresó, actualizando este mandato dado por Jesús a sus primeros seguidores: «Para vivir así es necesario ante todo interpretar la sociedad presente, viviendo con sabiduría, para poder después transformarla como testigos del Evangelio».
Desde el altar, el Papa matemático no dibujó un perfil de jóvenes católicos con un cordón sanitario respecto a sus coetáneos. Pero tampoco aderezados de un misticismo desencarnado. «La misión que os confío es precisamente ésta: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables», señaló el Papa norteamericano, que incidió en la necesidad de ese compromiso social que mostró horas antes en el centro de Cáritas de Carabanchel. El Pontífice quiere «personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día».
Es más, los invitó a llevar una «vida honesta y recta». Pero lejos de detenerse en moralinas para justificar este «lifestyle», la honestidad y rectitud para el Papa se rige hacer «gustosamente» a «los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas». Evangelio puro y duro. Por eso, justo después sentenció: «Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo».
Y sabedor de que se mueven en un ambiente de increencia entre sus amigos y sus familias, les animó a seguir la estela de los primeros cristianos, «habitantes de un mundo pagano». «Siguiendo su ejemplo, sed misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad». La caridad. El amor. La entrega a los demás, especialmente a los excluidos. Así se despidió el Papa de ellos hasta la mañana de hoy en la misa del Corpus: «La caridad, queridos jóvenes, es la virtud que cambia la historia más que ninguna otra».
Pero esta no fue la única encomienda del tú a tú que mantuvo con sus interlocutores en el escenario. Tras pedirle consejo para descubrir la voz de Dios en medio de otros tantos posibles cantos de sirena, León XIV les remitió en primer lugar al silencio orante frente al «estruendo de mil voces». «En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece», dijo, en una reflexión nada baladí. No en vano, ya por la mañana en el Palacio Real a las autoridades alertó de la ideologización de la sociedad. Y más aún, el pasado noviembre, en su primer encuentro con los obispos españoles, el Papa les manifestó a todos y cada uno su preocupación por una deriva ideológica en la Iglesia. «La oración es una voz libre justamente porque no habla para rendir cuentas, para demostrar que estamos preparados o para hacernos sentir importantes», expuso el Papa a sus compañeros de escenario y a los miles que le seguían en el asfalto.
Más parco fue al hablar de su experiencia personal como misionero. Sin entrar en detalles concretos, visibilizó «el testimonio de fe de la gente, marcada por muchas dificultades, pero llena de esperanza». Eso sí, de nuevo, lejos de hablar de una evangelización etérea, compartió que «la palabra del Señor lleva paz donde hay conflicto y se convierte, para todos, en fuente de reconciliación y de justicia». No en vano, vivió en primera persona la era Fujimori y las amenazas del grupo Sendero Luminoso.











