Moreno anestesia a Abascal y a Montero

El presidente del PP, Alberto Nuñez Feijóo, en Málaga, hoy domingo, en su primer mitin de esta campaña, junto a Juanma Moreno.
La campaña andaluza ha entrado en su ecuador con una sensación muy parecida en todos los cuarteles generales: el tablero apenas se mueve, Juanma Moreno sigue instalado en una posición de dominio y el resto de los partidos buscan, a la desesperada, un acontecimiento que altere una dinámica que hoy parece que está demasiado estabilizada como para que cambie de aquí a una semana.
Los trackings internos que maneja el Gobierno andaluz dibujan, precisamente, esto: un escenario de continuidad y con el PP prácticamente calcando sus resultados de 2022 (reteniendo una horquilla que le mantiene dentro de la mayoría absoluta), mientras el PSOE retrocede, Vox resiste con dificultades y la izquierda alternativa sigue pagando su fragmentación.
Esta fotografía explica buena parte del clima político que atraviesa la campaña. No hay margen para la sensación de remontada en el PSOE, pero tampoco un hundimiento de Vox tan grande como para que se pueda hablar de voto útil conservador.
En San Telmo dicen que la campaña está funcionando exactamente como quería Juanma Moreno, con una baja intensidad emocional, marcada por la gestión y la estabilidad y con pocos sobresaltos. El presidente andaluz ha conseguido algo tan poco habitual en la política española como convertir unas autonómicas en una elección casi administrativa.
El precipicio del PSOE andaluz
Por eso la batalla por el voto discurre con una temperatura extrañamente baja para el contexto nacional. Ni la tensión judicial sobre el PSOE, ni la guerra política estructural, ni la nueva crisis política por el hantavirus han contaminado de manera decisiva el voto andaluz, al menos según lo que pronostican los sondeos.
Este marco preocupa, sobre todo, al PSOE. María Jesús Montero no tiene agenda propia ni tampoco está consiguiendo separarse del desgaste del Gobierno de coalición. Su paradoja es evidente porque, por un lado, necesita nacionalizar la campaña para movilizar a la izquierda, pero, cada vez que la campaña se nacionaliza un poco más, reaparecen los casos judiciales, la corrupción o el bloqueo parlamentario por el fin de ciclo político en el que están ya instalados todos los socios de Pedro Sánchez.
Así, los socialistas se han instalado en un pesimismo sereno, y se entretienen con apuestas sobre cuántos serán los escaños que pierdan o sobre cuál será el verdadero destino de la exvicepresidenta y exministra, la candidata María Jesús Montero, después del domingo electoral. Ni siquiera les funciona ya como bálsamo el recurso de colocar la esperanza en la abstención diferencial y en una movilización tardía de votantes progresistas urbanos porque los datos de los trackings no muestran. por ahora. ningún movimiento significativo.
Mientras tanto, Vox ha entrado en una fase distinta de campaña. La dirección percibe que el escenario se les está escapando hacia una especie de «normalización morenista», donde el PP absorbe centralidad, institucionalidad y voto conservador templado. En Vox saben que una campaña convencional beneficia directamente a Moreno y, por eso, intentan romper esa lógica mediante una estrategia de alarma permanente. La ofensiva sobre el hantavirus y las alertas epidemiológicas responde, justo, a esa necesidad política: introducir miedo, sensación de descontrol y clima de excepción en una campaña excesivamente plana y controlada por el equipo del candidato popular.
Como creen que sólo una campaña emocionalmente alterada puede movilizar a parte de su electorado más duro, la estrategia la dirigen hacia el endurecimiento del discurso sobre fronteras, inmigración y riesgos sanitarios, con mensajes tan forzados como el de culpar al presidente del Gobierno de «provocar una pandemia para tapar su corrupción». El problema para Abascal es que el contexto no termina de acompañar ni siquiera con la crisis sanitaria porque el Gobierno central transmite improvisación en la gestión, pero la percepción social no ha escalado, al menos aún, hacia una sensación real de amenaza colectiva.
Esta radiografía política confirma que el gran éxito estratégico de Juanma Moreno ha sido convencer a buena parte del electorado moderado de que Andalucía puede vivir políticamente aislada del ruido nacional. Y este fenómeno explica también la debilidad de la izquierda alternativa. Por Andalucía pierde fuerza, mientras Adelante Andalucía parece que puede capitalizar parte del voto más identitario y crítico. Pero la fragmentación castiga al espacio situado a la izquierda del PSOE, incapaz de construir una narrativa propia en una campaña dominada por la estabilidad del PP y el intento de Vox de incendiar la conversación pública.
La sensación general es que ningún partido está logrando imponer un gran tema movilizador. El PP no necesita hacerlo porque lidera con claridad; el PSOE no encuentra una grieta eficaz; Vox intenta calmar sus nervios fabricando una atmósfera de emergencia; y la izquierda alternativa permanece atrapada en sus debates demasiado internos.
La Razón











