Israel, ni olvida ni perdona a Pedro Sánchez (Video comentario de Joaquín Abad)
La política exterior de Pedro Sánchez ha entrado en una deriva preocupante, marcada por declaraciones grandilocuentes y gestos simbólicos que, lejos de fortalecer la posición internacional de España, la están debilitando de forma alarmante.
En su afán por liderar una narrativa moral en el conflicto de Oriente Medio, Sánchez ha optado por elevar el tono contra Israel, alineándose con posiciones que no solo generan tensiones diplomáticas innecesarias, sino que además colocan a España en una posición incómoda dentro de la Unión Europea y entre sus aliados tradicionales.
La política exterior no es un escenario para gestos de cara a la obtención de réditos electorales. Es un terreno donde cada palabra tiene consecuencias. Y Sánchez parece haber olvidado esa regla básica.
El resultado está a la vista: Israel ha respondido con dureza, situando al presidente español en el centro de sus críticas. Este enfrentamiento no es anecdótico. Supone un deterioro real de las relaciones bilaterales, con implicaciones que pueden afectar desde la cooperación en seguridad hasta los intereses económicos y estratégicos de España.
La pregunta es inevitable: ¿qué gana España con esta confrontación? Más allá del aplauso de ciertos sectores ideológicos, el balance es pobre. Se pierde influencia, se tensan alianzas y se proyecta una imagen de improvisación que no ayuda precisamente a consolidar el peso internacional del país.
Además, este tipo de posicionamientos unilaterales ignoran la complejidad del conflicto. Reducirlo a una narrativa simplista no solo es intelectualmente pobre, sino políticamente irresponsable. Un líder serio debe aspirar a mediar, a construir puentes, no a dinamitar relaciones.
Sánchez ha optado por lo contrario: un discurso que puede ser efectivo en clave interna, pero que resulta peligroso en el tablero global. Porque en política exterior, el coste de los errores no se mide en titulares, sino en influencia perdida.
España merece una diplomacia más prudente, más estratégica y menos impulsiva. Porque cuando un presidente decide jugar a la confrontación internacional para ganar votos, no es él quien paga el precio: es todo el país.












