Por qué suníes y chiíes siguen enfrentados desde hace 1.400 años y cómo eso está cambiando el mundo en 2026
Mahoma murió sin dejar un mísero trozo de papel que dijera quién debía quedar al mando. No dejó testamento. No había un sucesor claro. Solo un cadáver caliente, una habitación llena de parientes ambiciosos y una religión que acaba de nacer y ya se estaba partiendo por la mitad. Eso fue lo que ocurrió en Medina en el año 632, cuando el Profeta cerró los ojos por última vez. Y ese vacío de poder es la razón por la que hoy, catorce siglos después, el mundo islámico sigue siendo un campo de minas. La pelea fue, en esencia, una disputa sucesoria que se les fue de las manos y se convirtió en un cisma.
Por un lado, estaban quienes defendían que el jefe debía ser el mejor, el más capaz y el elegido por la comunidad. Los suníes. Por el otro, quienes aseguraban que el poder solo podía permanecer en la sangre del Profeta, encarnada en su yerno Alí. Los chiíes.
Ganaron los primeros. Alí terminó asesinado y su hijo Hussein murió en Kerbala en el año 680, rodeado por cuatro mil hombres del califa omeya Yazid mientras su guardia, apenas setenta y dos fieles, era aniquilada. Allí, bajo el sol de Irak, nació el ADN emocional del chiismo: la idea de ser el oprimido, el que resiste, aunque el otro sea gigante. Para un chií, Kerbala no es un lugar histórico, sino una afrenta que sigue abierta.
Durante siglos, el mundo islámico fue dominado sobre todo por los suníes. El Califato Omeya primero y el Abasí después extendieron su religión desde España hasta las puertas de China. Los chiíes quedaron relegados a montañas, oasis y zonas poco estratégicas, convertidos en una minoría que no se fiaba de nadie y sospechosa para todos. Aun así, sobrevivieron. El cisma permaneció latente, esperando su momento.
Ese momento llegó en el siglo XVI con un terremoto geopolítico: la aparición de la dinastía safávida en Persia. Hasta entonces, Irán era mayoritariamente suní, pero el sha Ismail I decidió que necesitaba una identidad distinta, para diferenciarse del gigantesco Imperio Otomano, la gran potencia suní de la época. Convirtió el chiismo en religión de Estado a golpe de decreto y espada. Fue una estrategia política para cohesionar un país frente a un vecino descomunal. El fervor religioso y la espiritualidad eran lo de menos.
A partir de ese momento, la frontera entre Irán y el mundo otomano se convirtió en el muro de Berlín del islam. Las dos potencias se enfrentaron durante dos siglos en guerras agotadoras que dejaron una lección que Trump parece haber olvidado hoy: cuando religión e identidad nacional se funden, un país es indestructible.
Aquella guerra tuvo una pausa tras la Primera Guerra Mundial, cuando ambos imperios se derrumbaron. Pero la chispa volvió a saltar en 1979. Si Kerbala fue el origen y los safávidas la consolidación, la Revolución Islámica de Jomeini abrió la puerta a la expansión. Por primera vez en siglos, los chiíes tenían no solo un país, sino una teocracia con ambición de influencia exterior. Jomeini no aspiraba solo a dirigir Irán: aspiraba a liderar a todos los “oprimidos” del planeta, y eso fue recibido con alarma en Riad, capital del islam suní.
Arabia Saudí reaccionó financiando movimientos y redes religiosas para frenar la expansión chií. El resultado fue la guerra Irán-Irak (1980–88): una de las mayores carnicerías del siglo XX, con un millón de muertos. Sadam Husein, suní, actuó como barrera regional apoyada por las monarquías del Golfo y las potencias occidentales. Fue una versión contemporánea del choque fundacional: una potencia chií tratando de afirmarse y un bloque suní empeñado en contenerla.
La invasión estadounidense de Irak en 2003 fue un regalo estratégico que Teherán no había imaginado ni en sus mejores sueños. Al derrocar a Sadam, Washington derribó el dique suní y permitió que la mayoría chií tomara el poder en Irak. Por primera vez, un gran país árabe caía bajo la influencia de Irán. Nació así un corredor terrestre chií desde Teherán hasta el Mediterráneo, algo que llevaba siglos sin existir.
Ese corredor ha marcado todos los conflictos recientes: en Siria, el régimen alauí de Bashar al Asad sobrevivió gracias a Irán y a Hezbolá; en el Líbano, Hezbolá se convirtió en un Estado dentro del Estado y paralizó las instituciones cuando le vino en gana; en Yemen, los hutíes han puesto contra las cuerdas a la maquinaria militar saudí durante años.
A partir de entonces, la guerra eterna entre suníes y chiíes dejó de ser una disputa sobre rituales religiosos y se convirtió en un pulso geopolítico con implicaciones globales.
Así llegamos a 2026. Mientras los tanques de petróleo arden en Teherán bajo la ofensiva de Estados Unidos e Israel, lo que vemos es el último capítulo de una rivalidad iniciada hace mil cuatrocientos años. Washington, y sobre todo Israel, quieren romper esa cadena chií que une el Índico con el Levante y que ya ha sufrido golpes importantes con el colapso del régimen de Asad en Siria y Hezbolá viviendo el momento más crítico de su historia en el Líbano. Las monarquías suníes observan con un ojo puesto en su seguridad y otro en su opinión pública. Pero la historia demuestra una y otra vez que, cuanto más se presiona al chiismo, más recurren sus líderes a la mística del sacrificio.
Los chiíes han sobrevivido a omeyas, abasíes, otomanos, británicos, iraquíes y a todos los que se creyeron más fuertes. Lo más probable es que Trump acabe siendo solo un nombre más en una lista que empezó hace catorce siglos. Pero el choque actual tiene un matiz que lo hace distinto. Cuando Irán mira al sur ve a Arabia Saudí; cuando mira al oeste, esta vez, ve a Israel.
Y ahí la historia deja de servir de guía.
La lista de quienes han intentado destruir a Israel es mucho más larga y antigua, y los resultados siempre han sido imprevisibles. Si las dos fuerzas más tercas de Oriente Medio —el chiismo y el Estado israelí— chocan de frente, no estamos ante una repetición del pasado. Estamos ante algo que ni los imperios antiguos ni los modernos lograron anticipar.











