Dinamarca y la indecencia de fingir que Groenlandia es suya
Dinamarca lleva décadas sosteniendo una mentira elegante: que su control sobre Groenlandia no es colonialismo, sino una relación “especial”. Es una afirmación tan cínica que solo puede sobrevivir envuelta en lenguaje técnico, informes bien maquetados y la reputación internacional de país civilizado. Si cualquier otro Estado hiciera lo mismo, sería señalado sin matices. Pero Dinamarca es nórdica, sonríe mucho y recicla, así que se le perdona el imperialismo.
La realidad es brutalmente simple: Groenlandia no es danesa por voluntad propia, sino por herencia colonial. No comparte lengua, identidad ni proyecto nacional con Copenhague, pero sigue subordinada a un Estado europeo que decide sobre su defensa, su política exterior y su valor estratégico. Eso no es “unidad del Reino”; es dominación maquillada.
El argumento danés es siempre el mismo: Groenlandia “no está preparada” para la independencia. El viejo mantra colonial, reciclado con palabras modernas. Antes se decía que los pueblos colonizados eran incapaces de gobernarse; ahora se dice que necesitan más tiempo, más ayudas, más supervisión. El mensaje de fondo no cambia: “sin nosotros, no podéis”. Es paternalismo puro, y profundamente racista en su lógica.
Mientras tanto, Dinamarca explota políticamente la existencia de Groenlandia. Gracias a ella, juega a ser potencia ártica, participa en debates estratégicos globales y se sienta en mesas donde, por tamaño y peso real, no tendría nada que hacer. Groenlandia no es un socio: es una credencial internacional. Un accesorio geopolítico congelado.
Lo más obsceno es la hipocresía. Dinamarca se presenta como defensora del derecho internacional, de la autodeterminación y de los pueblos oprimidos… siempre que no se trate del territorio que le da relevancia global. Ahí, curiosamente, la autodeterminación se vuelve un concepto “complejo”, “gradual” y eternamente aplazable.
Cada deshielo en el Ártico deja más claro el verdadero motivo de este apego repentino a la “unidad”: minerales estratégicos, rutas marítimas y proyección militar. Groenlandia importa más cuanto más rentable se vuelve. Y cuanto más rentable es, menos prisa tiene Dinamarca en soltarla. No es una coincidencia; es la lógica clásica del expolio, aunque se disfrace de cooperación.
Llamemos a las cosas por su nombre. Dinamarca no “protege” Groenlandia. La retiene. La administra hasta que deje de serle útil. Y no actúa como un socio democrático, sino como un Estado que se niega a aceptar que el siglo XXI no admite imperios, por pequeños y educados que sean.
Groenlandia no es una extensión del Reino. Es un país en espera, atrapado en una relación desigual con un Estado que presume de valores mientras se aferra al poder. Y cuanto más tiempo pase Dinamarca fingiendo que esto no es colonialismo, más claro quedará que lo único moderno en su discurso es el vocabulario. La práctica es vieja, sucia y moralmente indefendible.










