Hay que expulsarlos a todos y devolverle Ceuta a los ceutíes
AN.- Ha pasado ya más de un mes y Ceuta sigue invadida. Es un hecho al que nos hemos acostumbrado, como si fuera normal, no hubiera nada que hacer al respecto y la única discusión posible fuera sobre quién se encarga del asunto de mantener a los asaltantes y dónde.
Es decir, se renuncia ya de antemano, sin hablar siquiera de ello, de lo único que debería hacerse: proceder con urgencia al desalojo, sin excepciones más allá de aquellas temporales que afecten a enfermos y menores de edad. Decir lo obvio parece revolucionario o, aún peor, inhumano, radical, extremista o ilegal, según la variada selección de epítetos que nos reservan a quienes, pese a todo, lo decimos: todos los que han entrado ilegalmente en Ceuta deben ser expulsados y no puede haber ley que obligue a los ceutíes a dejarse invadir y perder todos sus derechos, para escuchar encima un «Cállese, facha».
Y si la hay, cámbiese, y si no da tiempo, asúmanse las consecuencias: qué es es una inhabilitación al lado de liberar a los 80.000 ceutíes secuestrados en su propia ciudad por una horda teledirigida por Mohamed VI con el objetivo de anexionarse Ceuta, luego Melilla y, si puede, Canarias.
Ninguna ley puede consagrar una injusticia, legalizar un abuso, allanar el camino para que se repita y olvidar a las víctimas de todo ello, condenadas a soportar una invasión infame y, si protestan, descalificaciones atroces desde confortables sillones peninsulares: que si no son humanos, que si son xenófobos, que si son ultras; utilizando a esa ínfima representación de radicales marginales que se persona en cualquier fiesta para definir a toda una sociedad caracterizada, encima, por convivir sin problemas en un magma de procedencias, culturas y confesiones.
Si el debate sobre Marruecos debiera versar sobre cuál ha de ser la respuesta obligatoria del Gobierno de España a la evidencia documentada de que está detrás de esta violación del territorio nacional, y no el sainete interesado sobre si el presidente tuvo antes, durante o después uno, dos o tres informes; el de la solución al problema de fondo debe ser, exclusivamente, a cuándo y cómo se acaba de la manera más rápida y cómo se garantiza que no vuelva a suceder.
No hay derecho superior a que un niño baje a su playa, especialmente cuando la alternativa es que miles de jóvenes acampen en ella por imposición, sin respetar regla alguna y sin tener la justificación de que huía de una guerra, de una epidemia o de la represión: de donde vienen los invasores, que es como hay que llamarlos, se vive mejor que en una chabola improvisada; así que cabe concluir que vienen para aprovecharse de las ayudas públicas, escapar de sus responsabilidades penales en origen o atender las ordenes reales de presionar a Ceuta para robársela a España.
En cualquiera de las tres opciones, la respuesta tiene que ser la misma: la expulsión inmediata. Que vuelvan por donde han venido. Y que se vayan sabiendo que si lo intentan de nuevo recibirán la misma respuesta o peor.
¿Pero qué país se deja invadir y responde sintiéndose culpable de la invasión, permitiendo que sufran los invadidos, enfrentándoles entre ellos en función de bastardos intereses políticos y buscando de dónde sacar para mantenerles mientras ellos se ríen, juegan al fútbol, haraganean, estudian cómo aprovecharse del Estado y presumen de su proeza?
España ha dejado de ser un país serio, y tantos días después su presidente ha dedicado más tiempo a estimular el conflicto civil, a atender al invasor y a disculpar al promotor del asalto que a lo único que era verdaderamente su obligación: echarlos de inmediato, poner en su sitio a Marruecos, restituir el orden en Ceuta y reforzar su protección. Salvo que no pueda, porque es rehén de Rabat; o no quiera, por buscar un conflicto que desvíe la atención del fraude corrupto que encarna.
Que no digan que no se puede hacer que lo justo sea además lo legal: quien de verdad quiere, lo consigue. Y aquí el problema es que Sánchez, por alguna oscura razón, prefiere abandonar Ceuta a su suerte, contentar al jefe de un narcoestado y si puede sacar partido de ello.











