Mucha cabra, mucho desfile y poca defensa de los españoles cuando hace falta
AD.- Hay algo reconfortante en contemplar a la Legión desfilar. El paso firme, la marcialidad, la cabra, los uniformes impecables. Los Regulares tampoco decepcionan: disciplina, tradición y una puesta en escena que haría las delicias de cualquier productor de cine histórico. España puede respirar tranquila: para desfilar, desde luego, tenemos un ejército magnífico. Claro que el problema es otro cuando uno deja de mirar la tribuna y mira al territorio.
Y es que mientras la Legión desfila y la cabra se convierte, una vez más, en protagonista involuntaria de la solemnidad patriótica, Ceuta sufre una invasión salvaje sin precedentes promovida por Marruecos y los ciudadanos españoles ceutíes lo que reclaman es algo bastante menos vistoso: seguridad, protección, control efectivo de la frontera y la sensación elemental de que el Estado está presente cuando las circunstancias se complican.
¿Para qué queremos unas Fuerzas Armadas si su imagen pública está mucho más asociada al desfile que a su capacidad para responder ante los problemas reales que afectan a la defensa y a la seguridad nacional?
Es de manual que ante una situación de emergencia como la que sufre Ceuta, el Ejército debe convertirse en una policía de fronteras de acuerdo con las necesidades estratégicas de España. Eso es lo que ocurriría en cualquier país serio si sufriera una avalancha invasora de las proporciones vistas en Ceuta.
Ceuta no es un decorado para los actos del Día de las Fuerzas Armadas. Es España y su situación geográfica convierte cualquier cuestión relacionada con su seguridad, sus fronteras y su integridad territorial en un asunto que debería ocupar un lugar central en la planificación de la defensa nacional.
El contraste sin embargo resulta difícil de ignorar. Para el desfile siempre hay recursos, uniformes planchados, música, autoridades y cámaras. Para exhibir tradición militar, tampoco falta entusiasmo. La cabra, por supuesto, cumple su misión con una profesionalidad admirable.
Lo que echamos en falta es que alguien explique al ciudadano cuál es la respuesta operativa cuando la situación deja de ser ceremonial.
La defensa nacional no consiste en parecer un ejército sino en tener las capacidades necesarias, mantenerlas disponibles y utilizarlas cuando corresponda. La disuasión no se construye únicamente con fotografías de soldados marchando al mismo compás ni la seguridad de un territorio no mejora porque una unidad desfile magníficamente una vez al año.
¿Para qué sirve un Ejército que presume de medios, efectivos y presupuesto si es incapaz de garantizar la protección efectiva de las fronteras nacionales? De poco valen los desfiles, las exhibiciones de material o los discursos sobre defensa cuando muchos ciudadanos perciben que la soberanía del país se pone a prueba y la respuesta es la inacción. Si las Fuerzas Armadas tienen las manos atadas por decisiones políticas o por un marco legal que les impide actuar en una cuestión tan básica como la defensa del territorio, entonces el problema es aún más grave: España mantiene un Ejército al que no se le permite cumplir la misión que buena parte de la población considera esencial. Un Estado que no demuestra capacidad para controlar sus fronteras proyecta una imagen de debilidad, erosiona la confianza de sus ciudadanos y alimenta la sensación de que la soberanía nacional ha quedado relegada a un mero concepto retórico.
Desde la muerte de Carrero Blanco, España es un país débil. Franco estaba ya demasiado viejo para impedir las maniobras de la CIA y de los británicos para entregar a Marruecos el Sahara español y asegurar un futuro de España sometida a los anglosajones y a su estrategia mundial de dominio, incluyéndola en la OTAN y convirtiéndola en enemiga de Rusia.
Carrero Blanco, empeñado en que España fuera un país con bombas atómicas, fue eliminado por ETA, que fue una creación de los servicios secretos anglosajones, para castrar la independencia española.
Carrero Blanco fue eliminado porque era el defensor tozudo de la independencia española y el impulsor del Proyecto Islero, uno de los planes más secretos del franquismo, que tenía como objetivo dotar a España de los medios para una política exterior y de defensa independiente. Esta visión era inseparable de la ideología nacionalista del régimen, que, aunque poco atlantista, se había visto obligado en 1953 a pactar con Estados Unidos por razones de supervivencia.
El proyecto Islero incluía dotar a España de armamento nuclear porque Carrero estaba convencido de que poseer armas atómicas sería lo que distinguiría a las potencias de los países irrelevantes y débiles. Ese proyecto contaba con el apoyo de la Francia del general De Gaulle.
Pedro Sánchez ha logrado lo que parecía imposible: debilitar aún más a unas Fuerzas Armadas que, durante el franquismo, fueron un pilar de la independencia y la defensa nacional. Hoy, los militares se han transformado en un grupo de funcionarios uniformados, sensibles al dinero y las prebendas, que el gobierno ha distribuido generosamente para neutralizarlos y someterlos, especialmente a los altos mandos. Desde hace años, los ascensos a coronel y más allá están teñidos de influencias políticas; llegar al generalato parece reservado casi exclusivamente a quienes se pliegan al socialismo gobernante.
Nada ilustra mejor este declive que la figura de la ministra de Defensa, Margarita Robles. Ataviada con uniforme, su porte marcial recuerda más a una cacatúa que a un líder militar, y su actitud, tan combativa como la de un caracol, la ha convertido en objeto de burla en todo el país.
Nadie duda de que Marruecos es la peor amenaza exterior de España y son cientos de miles los españoles que creen que tarde o temprano estallará una guerra entre los dos países. Sin embargo la influencia norteamericana, protectora de Marruecos, ha impuesto que España considere a Rusia como su peor enemigo y que a Marruecos lo proteja y colme de ayuda y regalos, incluyendo la final del Mundial.
La Legión, la cabra y los Regulares pueden seguir desfilando, pero después del aplauso, alguien debería hacerse una pregunta mucho más seria: ¿Está España preparando a su Ejército para defender a España o simplemente preparando al Ejército para desfilar?
Si la respuesta es lo segundo, tendremos una magnífica fotografía. Lo irritante es que una fotografía, por muy marcial que sea, no defiende ninguna frontera.











