Los argentinos odian a España… hasta que llega la hora de pedir el pasaporte
A7.- Existe una forma particularmente cómica de demostrar la superioridad de un país: pasar años explicando al vecino lo inferior que es y, cuando se presenta la oportunidad, pedirle su nacionalidad.
Ese es el espectáculo que deja una parte de la retórica antiespañola procedente de Argentina. Dicen que España es decadente, que España es atrasada, que España es culpable de todo, que España no tiene nada que enseñar a nadie. Perfecto. Entonces llega la Ley de Nietos.
Y de repente, el mismo país al que algunos dedican toneladas de desprecio histórico se convierte en una nacionalidad extraordinariamente conveniente.
Aparecen los abuelos españoles. Los apellidos españoles. Las partidas de nacimiento. Los expedientes familiares.
El discurso se vuelve sorprendentemente pragmático: “España es una mierda… pero quiero ser español.”
Es difícil imaginar una contradicción más perfecta.
El problema no es que un argentino quiera ser español. Al contrario: tiene todo el derecho del mundo a solicitar la nacionalidad si cumple los requisitos. El problema aparece cuando alguien pretende simultáneamente despreciar aquello que desea obtener y presentarse además como ejemplo de superioridad nacional.
Y es entonces llega la pregunta que nadie parece tener demasiadas ganas de contestar: ¿Dónde está la cola de españoles solicitando la nacionalidad argentina? ¿Dónde están los españoles buscando desesperadamente un antepasado argentino para poder acceder a ese magnífico pasaporte? ¿Dónde están los españoles diciendo que Argentina es el futuro y que necesitan marcharse allí para mejorar su vida?
No hace falta inventar estadísticas ni lanzar insultos, miremos simplemente el sentido de la corriente.
Y es que cuando una persona puede elegir entre dos nacionalidades y una de ellas abre la puerta a España y, por extensión, al espacio europeo, la elección tiene consecuencias prácticas. No es una cuestión de sentimentalismo sino de oportunidades, estabilidad y expectativas. Y por eso resulta especialmente ridículo el nacionalismo basado exclusivamente en gritar que uno es superior.
La superioridad se demuestra cuando los demás quieren parecerse a ti, no cuando tú necesitas convencerlos a gritos.
España tendrá problemas. Por supuesto. Tiene políticos incompetentes, impuestos elevados, burocracia, corrupción y una interminable colección de asuntos que merecen crítica, pero hay una diferencia entre criticar España y construir una identidad política basada en despreciarla, porque cuando el discurso dice una cosa y los hechos dicen exactamente la contraria, conviene creer a los hechos. Y aquí los hechos son bastante crueles con la propaganda:
Se puede insultar a España todo lo que uno quiera. Lo difícil es explicar por qué, cuando aparece la oportunidad, tantos quieren convertirse precisamente en españoles.
Quizá la verdadera lección no sea sobre España. Quizá sea sobre la distancia que puede existir entre el orgullo que se proclama y el país que realmente se elegiría si uno pudiera escoger.











