El patriotismo de Abascal acaba donde empiezan los intereses de Trump y Netanyahu
Eso es precisamente lo que ocurrió cuando Santiago Abascal fue preguntado ayer por las relaciones entre España y Marruecos. Ante una cuestión que muchos españoles consideran de enorme trascendencia por las constantes tensiones diplomáticas, la presión migratoria o la situación de Ceuta, Melilla y las aguas canarias, la respuesta del líder de Vox resultó sorprendentemente tibia.
Muchos votantes de Vox que defienden un discurso de firmeza en la defensa de la soberanía nacional esperaban una contestación mucho más contundente. Sin embargo, el mensaje transmitido fue el de un dirigente que evitó la confrontación política con Rabat y que optó por un tono mucho más conciliador del que acostumbra a emplear en otros asuntos.
La crisis de Ceuta desenmascaró el supuesto patriotismo de Santiago Abascal. Mientras Marruecos utilizaba la inmigración como instrumento de presión contra España, quien presume de no dar un paso atrás en la defensa de la soberanía nacional optó por una llamativa tibieza. La impresión que dejó fue clara: antes que incomodar la estrategia geopolítica de Donald Trump y Benjamin Netanyahu en la región, prefirió rebajar el tono contra Rabat. Un patriotismo que se pliega cuando entran en juego los intereses de sus referentes internacionales deja de ser patriotismo para convertirse en simple subordinación ideológica. Si el líder que ha hecho bandera de la llamada «prioridad nacional» antepone las alianzas geopolíticas de otros países a la defensa inequívoca de las fronteras y de los intereses de España difícilmente puede presentarse como el mayor defensor de la nación. Mucha bandera, mucha épica y muchos discursos, pero cuando llegó la hora de exigir responsabilidades al régimen marroquí con la contundencia que la situación reclamaba, el supuesto patriotismo acabó diluyéndose en un silencio demasiado conveniente. Tal vez porque en política hay momentos que separan la retórica de la realidad.
Resulta difícil no preguntarse por qué. Una posible explicación es que una crítica frontal a Rabat habría chocado con el nuevo equilibrio geopolítico impulsado por Donald Trump tras el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, una estrategia que también encajaba con los intereses de Israel en la región. Si esa fue la lógica, la conclusión política es incómoda: el líder de Vox habría mostrado más cautela para no cuestionar la estrategia de sus aliados internacionales que determinación para defender los intereses de España.
Y ahí es donde el discurso patriótico empieza a resquebrajarse, ya que el patriotismo deja de ser creíble cuando se aplica con doble rasero. Si se exige firmeza frente a Bruselas, frente al Gobierno español o frente a cualquier actor que perjudique los intereses nacionales, esa misma firmeza debería dirigirse también hacia Marruecos y sus aliados internacionales cuando utiliza la presión migratoria como instrumento político. De lo contrario, el patriotismo se convierte en una cuestión de conveniencia ideológica.
Por ese motivo, quienes presentan a Abascal como el político que nunca se pliega deberían explicar por qué, en una de las mayores crisis fronterizas sufridas por España en décadas, el tono hacia Rabat fue mucho más contenido de lo que cabría esperar de alguien que proclama que la defensa de las fronteras es una línea roja innegociable. La fortaleza de un líder no se mide por la dureza de sus discursos ante adversarios cómodos, sino por su disposición a mantener el mismo criterio cuando hacerlo puede incomodar a sus aliados.
Quizá ese sea el verdadero problema del patriotismo de cartón: que ondea con fuerza cuando no tiene coste, pero se dobla cuando entra en conflicto con las lealtades internacionales. Si la prioridad de un dirigente español acaba siendo no incomodar las estrategias geopolíticas de sus referentes extranjeros antes que defender sin ambigüedades los intereses nacionales, entonces conviene preguntarse qué bandera está defendiendo realmente Abascal.












