Decadencia
El fin del hombre como lo hemos conocido o el fin del hombre tal y como nos hemos construido ya no es una posibilidad. Algunos nos hacíamos cruces cuando oíamos sandeces como la deconstrucción del hombre e intentábamos comprender qué podría significar semejante palabro. Rápidamente lo achacamos a la variación de valores masculinos en el cambio de actitud, de comportamiento, de maneras, de vestimenta y que llevaba al macho español a una posición más femenina y dulce, alejada de la rigidez neanderthal supuesta de un pueblo prehistórico como el español. Del “Mi marido me pega lo normal” al “Todo hombre es un violador en potencia”; pero no, esa es la pantalla mediática que esconde algo más profundo, algo que vela lo que el español, por desgracia, ya desconoce.
Durante centurias el hombre se ha formado según la senda marcada por una conciencia occidental. Esa conciencia es el patrón holográfico que marca de forma invisible los límites del crecimiento moral y deja rendijas para que el estudio humanístico fortalezca su esencia y crezca en el sentido hacia el bien, el orden y la plenitud. Gracias a este comportamiento social, la sociedad ha avanzado hasta límites de progreso jamás conocidos por ninguna otra civilización.
Fueron Sócrates, Platón y Aristóteles quienes, en un viaje alucinante de su pensamiento, llevaron al ser humano desde la más íntima intelectualidad hasta la comprensión de la razón y la lógica. Cuando la religión católica tuvo que pasar por el filtro de este análisis filosófico, contrapeso que pudo bien haber derribado las enseñanzas del Galileo, descubrió que no solo no lo derribaba, sino que se complementaban perfectamente y, naturalmente, se complementaron. Surgió así un nuevo hombre y una nueva conciencia: Dios en las alturas y el hombre en las cosas del vivir; aunque una de las cosas más importantes de ese vivir es la comprensión de las alturas y de la senda moral que debe seguir. Parece simple, pero es el germen de la sociedad, de las más grandes artes de la historia, del progreso, de la medicina, del Derecho y de la Libertad. Y todo eso, amado lector, es el hombre occidental. Entonces, ¿a qué nos referimos con la deconstrucción del hombre?
Si nuestra base civilizatoria son estos griegos olvidados y su paradigma religioso posterior, la Iglesia y el cristianismo, la deconstrucción del hombre, por fuerza, ha de venir por o mediante derroteros contrarios. Siempre fue la lógica y la razón; ahora solo hace falta ver noticias diarias para entender que hay una falta evidente de ellas.
Los debates políticos, si los hay; los debates sociales, cuando se dan; las directrices sociales, inevitables y esclarecedoras; nos indican que la pauta ya no es la base civilizatoria, sino el ataque continuo a la esencia occidental que nos regaló nuestra idiosincrasia.
Ante la lógica antigua, la aparición de lo absurdo. Albert Camus lo definía así: ”El absurdo es el conflicto entre la búsqueda humana de significado lógico y un universo que no ofrece ninguno. Aquí, el absurdo es la negación de la capacidad de la lógica para explicar lo cotidiano y lo natural”, y esto ha de ser introducido en el pensamiento mediante la dialéctica; pero la dialéctica hegeliana. Quiero decir que, aunque la dialéctica sigue el motor del pensamiento de la lógica, la contradice. En la lógica una cosa no puede ser la contraria; con este método se asume que sí y es en la evolución de la discusión donde se extrae la verdad, siempre relativa.
Por esto hoy un escándalo político no le parece a España un agravio imperdonable y no lo asume como una traición a la sociedad. Por eso un ladrón político no es un elemento peligroso. Por eso la desfachatez de la clase política nos parecen formas modernas y acertadas de modernidad en las maneras del poder. Y por eso, poco a poco, como se forman las conciencias, nos vamos pareciendo más a nuestros dirigentes. Es ahí cuando llegamos a la máxima que reza: “El pueblo es el reflejo de sus dirigentes”.
Dos connotaciones son las culpables de esto:
La culpa es del pueblo, que no es capaz de elevarse moral e intelectualmente sobre sus dirigentes, e instituciones viciadas que impiden que ciudadanos honestos y capaces puedan acceder al poder.
Y recuerde, amado lector, cuanto más tiempo pase, menos ciudadanos recordarán a los tres griegos y más a Albert Camus. Lo quiera o no, somos el reflejo de Ábalos, Marlaska, Sánchez y Zapatero; así lo hemos querido.
Ave María Purísima.











