¿Pretende el Gobierno ilegalizar al partido de Alvise por no servirle de muletilla al PSOE?
Borja Fernández.- El rumor fue ayer jueves cogiendo fuerza hasta el punto de que fue el propio Alvise Pérez quien se refirió a la ilegalización de Se Acabó la Fiesta (SALF), la formación que lidera, como un objetivo en ciernes. Las noticias apuntan a que el Gobierno estaría estudiando la ilegalización de Se Acabó La Fiesta por considerarlo un “movimiento antisistema incompatible con la estabilidad democrática”.
Los motivos, sin embargo, serían bien diferentes a la pretendida preservación de la salubridad democrática, Se Acabó la Fiesta no encaja en el papel de antagonista útil que durante años ha servido a Pedro Sánchez para movilizar a su electorado. Mientras Vox ha sido convertido con frecuencia en la gran amenaza sobre la que articular campañas de miedo y bloques ideológicos, Se Acabó la Fiesta opera en un terreno mucho más incómodo para el sanchismo: el del voto de protesta transversal, desideologizado y difícil de caricaturizar dentro de los marcos tradicionales. Precisamente por eso, resulta mucho menos eficaz como “muletilla” política o como enemigo conveniente con el que polarizar el debate público.
Durante meses, los partidos tradicionales habían despreciado a Se Acabó La Fiesta como un fenómeno pasajero, una rabieta digital alimentada por redes sociales y vídeos virales. Sin embargo, el tono ha cambiado a medida que las encuestas comienzan a mostrar un crecimiento inesperado entre jóvenes desencantados, autónomos asfixiados y votantes de la política convencional, el tono cambió. Ya no se habla de excentricidad; se habla de peligro. Como si cuestionar a las instituciones fuera peor que decepcionar constantemente a una ciudadanía ya no cree ni confía en sus reglas.
Alvise aparece de pronto rodeado por una narrativa inesperada, ya que muchos electores comienzan a preguntarse si el verdadero antisistema no es quien criticaba el poder, sino quien pretendía limitar la participación política de millones de ciudadanos incómodos.
La ironía final puede ser devastadora: cuanto más intentan presentar a Alvise como una amenaza para la democracia, más consiguen transformarlo en símbolo de una supuesta persecución política. Y de esta forma, el hombre que ha construido su carrera atacando al sistema puede terminar fortalecido precisamente porque el sistema decidió señalarlo como enemigo.













¡Arriba la democracia! ¡Abajo los gobiernos traidores ocupados con malas artes!