Decrépito Zapatero
Gabriel Albiac.- Pero, ¿cómo ese hombre pudo llegar a ser primer ministro de un país civilizado? Todo en él –cada gesto, cada palabra, cada aterradora sonrisa…– era, es, carne de pésima zarzuela. Pero lo fue. Durante los más de siete horrendos años que empezaron con la peor matanza de este siglo, para cerrarse en su peor bancarrota. Un gobernante perfecto. De principio a fin. Perfecto. Ni una sola de las indignidades que deben adornar al político contemporáneo faltó en sus habilidades. Como modelo de lo que llamamos hoy un político, Rodríguez Zapatero no tiene precio. En otras cosas, sí lo tiene: eso nos contó anteayer. Sírvanos para entender qué es lo que podemos esperar de un político. Que se haga millonario. Misteriosamente.
Hubo quienes, en 2004, creyeron que un tipo tan simplón, tan rezumante de almíbar infantil, no podía del todo ser verdaderamente malo. Le faltaba envergadura. Y, además, daba tantísima risa oírlo hablar o emitir píldoras de novelita rosa, que es lo que él parecía –parece– entender por hablar. No iba a durar mucho, nos decíamos todos, en medio de la selvática balsa donde vivaqueaban cocodrilos de la envergadura de González o Bono. Olvidábamos que la fortuna es siempre bondadosa con los más cortitos. Siempre que sean malos. Por supuesto.
Tuvo suerte. Es indiscutible. Sin el 11 de marzo, su destino hubiera sido el bofetón contra el muro que habían planificado para él sus camaradas de partido, porque algún don nadie tenía que cargar con lo que todo el PSOE daba entonces como elecciones perdidas. Tuvo suerte. En un día que, para tantos, fue el del mayor infortunio. Aguantó como pudo, luego. Aunque al final tuvo que ser la administración demócrata estadounidense –el venerado Obama de su fiesta de disfraces en familia– la que le indicara el camino de la puerta en 2011. Sin miramientos. Tampoco es que fuera eso un drama. Pasó de la Moncloa a la riqueza. Nadie sabe cómo. Por lo que contó en el Senado anteayer, puede que ni él lo sepa: lo de saber no ha sido nunca demasiado asunto suyo. Alguien –alguienes– lo ha hecho rico. A cambio de plagiar informes sacados de Wikipedia y otras autoridades académicas mayores. No ha sido el primero en rentabilizar los plagios. Las cifras que confesó haber cobrado por ello, me temo que acabarán por quedarse bastante cortas.
Ese caballero que hablaba anteayer ante la comisión investigadora, era el mismo pésimo actor que exhibía sus angélicas bondades desde la Moncloa hace veinte años. Pero ahora el maquillaje se ha corrido, la careta está deplorablemente resquebrajada. Y verlo enfilar inverosimilitud tras inverosimilitud no es asistir a uno de aquellos sketches de Mr. Been en los que siempre estuvo supremo. La gangrena gestual ahora no miente: ella no. Da miedo.
Miedo. Porque es el rostro de quien fue cómplice de Jatamí y sus genocidas iraníes: lapidadores de adúlteras, ahorcadores de homosexuales, ejecutores de cualquier género de infieles. Con el Guía Espiritual y con sus ayatolás selló aquella providencial alianza santa, que él llamaba «Alianza de Civilizaciones». No integraron en ella a Jack el Destripador, porque no consiguieron sacarlo de la fosa. Hubiera resultado la mar de armónico.
Miedo. Porque es el rostro de aquel tipo que se llevó por delante la única diplomacia internacional verosímil, el día en el que decidió darse el grosero gustazo de quedarse sentado –y solo– al paso de la bandera del primordial aliado que había sido invitado al desfile de las fuerzas armadas españolas. Hay onanismos mucho menos costosos. Pero no iba a pagar él por su gustazo. Naturalmente. Pagaríamos todos.
Miedo. Porque en una España que, al fin, había dejado al cuidado de los historiadores aquella bárbara guerra civil de 1936, él puso todos los medios para resucitarla. Soñando sacar de ella suculenta tajada en las urnas. Que de un espanto así se busque hacer masa de votos, es ya más que repugnante. Que funcione, como ha funcionado, simplemente da pánico.
Miedo. Porque, cuando por fin una llamada telefónica de Obama lo puso de patitas en la calle, de la Moncloa pasó a la opulencia. Sin transiciones. Y todos supimos que en esta país nadie paga nada. Sólo cobra. En política, es un axioma español.
Resultaba desasosegante anteayer verlo montar, de nuevo, la escena del Mr. Bean de siempre. Pero ahora, Mr. Bean se parecía demasiado a un descompuesto vampiro de la Hammer. Él cobraba, eso sí, «su precio de mercado», nos explicó a todos: el de un expresidente debía ser, en su opinión, muy alto. Y a «precio de mercado» colocaba a sus hijas como apéndice del contrato paterno. Aleccionador, muy aleccionador todo. A su altura exacta. Moral, por supuesto.
La fortuna es bondadosa con los más necios. Siempre que sean los más inmaculadamente malos.












